Fantasmas en la noche

 

Parte I: El torreón.

El pequeño bache me devolvió a la realidad. La noche nos envolvía mientras levantábamos a trompicones nubes de polvo que dibujaban formas caprichosas delante de los faros del coche. La dura luz de la luna llena arrancaba rostros de cada roca, en cada árbol, tras cada curva. Creo que era ese ambiente el que nos invitaba a permanecer en silencio. El cansancio del día y la letanía del Dead Souls de Joy Division, que sonaba de fondo, me habían dejado en un estado de indiferencia reflexiva. Éramos cuatro en el coche. Nosotros tres y la extraña con la que habíamos cenado. Pensaba en ella, sentada justo detrás de mí, callada y ausente. En condiciones normales estaría ideando cómo darle conversación. En otras circunstancias, buscaría cómo despertar su interés. El poderoso magnetismo que irradiaba nos había fascinado a todos durante la cena. Todo resultaba tremendamente irreal. Tan irreal como es mi vida últimamente.

La habíamos conocido tan sólo un par de horas antes.  No había sitio para cenar en “Moreres” y Pepe, el dueño, nos dijo que había una chica sola y que no le importaba compartir la mesa con nosotros. Dimos por hecho que sería conocida suya y, a decir verdad, su aspecto no era para nada desagradable: morena y delgada, alta, ojos de miel con mirada seductora, facciones duras pero atractivas en un rostro agraciado, de piel pálida y mejillas sonrosadas. Ninguno de nosotros dudó en sentarse. Nacho y Lin estaban protegidos, en principio, ya que están muy casados. Yo, sin embargo, me encontraba bajo el peligro que tiene la gente que está vulnerable.

Percibí, desde el primer momento, una conexión entre nuestras miradas. Pude notar como me leía, como sabía todo de mí desde el primer segundo. Lejos de la imponente presencia que tenía y de su atractivo salvaje, transmitía una sensación de paz y calma que incitaba a querer contarle todo y a sentirte importante mientras te escuchaba como si fuera fascinante todo cuanto relatabas. Esa combinación imposible de excitación y relajación la convertía en alguien inevitable.

Se enteró de nuestros planes. Se invitó un instante antes de que nos peleáramos por invitarla. Y debo confesar que sentí competencia con mis amigos, que nunca estuvieron menos casados que durante esa cena. Pero yo no iba a perder esta partida porque la vida, pensé, me debía algo así.

La fase crítica de la cena llegó sin avisar. Fue un sutil movimiento de ella para servirse vino. La botella estaba alejada de su sitio. Se inclinó elegantemente mientras la holgura de su blusa nos invitaba a mirar. Su mirada desafiante recorrió las nuestras. Ellos perdieron. Yo gané. Me anclé a sus pupilas lejos de cualquier otra distracción. Me anticipé para servirle y, al coger la botella, nuestras pieles se rozaron. Calidez. Cuando dos pieles se tocan se hablan. Siempre lo he pensado. Se atraen o se rechazan. No tiene nada que ver con el sexo, aunque también. Pero, sobre todo, tiene que ver con la esencia de las personas. Se conecta o no. Ya no hubo más peligro para mis amigos. O era yo o no era nadie.

Y aquí estábamos ahora. A mitad de camino de un castillo árabe abandonado y en ruinas. En una noche de luna casi llena. Avanzando lentamente por caminos recorridos antes cientos de veces y que, sin embargo, se comportaban esta noche como extraños, bañados de irrealidad y de peligro. El calor tibio de la noche dio paso a una brisa fría que susurraba una melodía hostil de rachas de polvo y arena, que frenaba nuestro camino, hasta hacerlo eterno. Fue entonces cuando ella contó la extraña historia de la Princesa y el Castillo. Una historia que yo ya conocía.

La historia de la Princesa y el Castillo.-

Yo ya la había oído. Me la contó una novia rara que tuve una vez. Tal vez sea porque nunca he sido totalmente normal. Quizás, probablemente por eso, siempre acabo rodeado de la gente más extraña. Sea como fuere, el hecho es que hace casi veinte años estuve recorriendo toda la zona en compañía de una ex. Recogíamos información de interés turístico para un proyecto de su trabajo. Esta chica tenía un problema, decía ser intuitiva, esto es, un poco bruja. Yo tenía dos problemas en ese momento: uno era ella. El otro, creerla. Uno de aquellos días acabamos visitando el castillo. En realidad se trataba de una torre de vigilancia más que un castillo propiamente dicho. Ella no sabía apenas nada acerca de su historia. Yo tan sólo tenía una idea vaga de su origen, árabe, y poco más. Aunque posteriormente intenté encontrar algo de información, apenas hallé nada relevante. Como sucede con la mayor parte de la historia, es imposible encontrar lo que de verdad pasó. Sólo sabemos lo que nos cuentan y siempre está manipulado. La realidad sólo la conoce quien la vive. Y cuando esta gente desaparece, la verdad muere con ellos. La historia es una mentira imposible. En el caso de nuestro castillo no habían perdurado ni siquiera las mentiras intencionadas. Aquel Junio del 97, cuando subimos al torreón,  su buen  humor desapareció de repente y por completo. Recuerdo que me habló de la opresión sobre su pecho. De la falta de aire. Del dolor de cabeza que sentía habitualmente cuando se hallaba rodeada de multitudes y que allí, pese a estar solos nosotros dos, lo percibía con mayor intensidad. Y, sobre todo, me contó acerca de la presencia que allí moraba. Me hablo del dolor y la angustia que le llegaban a oleadas. No sé qué parte de todo era su histrionismo habitual y qué parte era debida al lugar. Pero sé que no mentía. Percibí su agobio, su melancolía, su intensa tristeza. Yo no noté nada. Porque no soy intuitivo. Porque soy un hombre (por definición no percibimos ni lo que es obvio) y  por mi materialismo, que por entonces era incluso más marcado que hoy en día.

Decidimos poner tierra de por medio.Un rato después, en el coche y ya lejos de allí, me contó una historia de rencillas entre reinos. De secuestros y de rehenes. De meses de aislamiento y continuo miedo. Y, sobre todo, de enorme tristeza y una gran pena. La de saber que no hay salida y que nunca verás de nuevo a los tuyos. Finalmente, me describió, con las lágrimas surcando sus mejillas, el suicidio de una princesa. También me habló de otra presencia, contraria a la chica y atada a ésta para siempre. Me enseñó con palabras cómo era el castillo en otros tiempos. Me contó que la entrada actual era artificial. Que antes se entraba justo por el otro lado. Y también me dijo que jamás volvería a subir allí. No por miedo. Sino por pena.

La extraña del coche me contó una historia parecida y volví a sentir, años después, que compartía una angustia por una vida ajena y que esa simpatía me debilitaba y me hacía sentir una inmensa rabia hacia el ser humano, por estar tan podrido y ser tan capaz de lo mejor y de lo peor. Sobre todo de lo peor.

Las luces del coche iluminaron el llano donde se iniciaba el ascenso al castillo. Pedí un momento sin abrir las puertas del coche porque quería cambiar el objetivo de la cámara y quería evitarle al sensor todo el polvo de fuera. Un minuto después abrí la puerta y salí. Sacamos mochilas y trípodes del maletero y nos preparamos para subir. Me asomé al asiento de atrás para ver si le pasaba algo a la chica. No entendía por qué se demoraba tanto. Pero ya debía haber salido porque no estaba dentro. Les pregunté a Nacho y a Lin por ella. Me miraron con la cara que me pone la gente cuando cree que voy de broma, es decir, siempre. “Te aseguro que si hubiéramos llevado a una chica en el coche nos acordaríamos”, me dijeron. Incluso llegué a pensar que se habían conchabado con ella para tomarme el pelo. No fue así. Parece ser, o eso me dijeron, que me quedé dormido durante parte del trayecto. “Ha sido un sueño. La chica de tus sueños, jajaja”, siguieron bromeando. “Por cierto, ni siquiera te sabes su nombre, Don Juan”, dijeron. Y es cierto. No lo recuerdo. Debió decírmelo. Pero no soy capaz de evocarlo. Aunque sí recuerdo su cara. Y el aroma que la envolvía. También el contacto de su piel. Real. Tampoco olvido el peso en el pecho y la falta de aire que noté cuando me narró la historia.  Hicieron camino riéndose de mí. Les seguí. No sentía miedo conforme me acercaba al oscuro torreón. Al contrario. Sentía la necesidad de llegar arriba y ver si la encontraba allí. No estaba.

No se pareció en nada a cualquiera de las anteriores visitas al castillo. Apenas hice fotos. Inicialmente habíamos subido a hacer el fantasma. Quiero decir, a disfrazarse uno de fantasma y hacer fotos aprovechando la luz de la luna. Les seguí el rollo. Pero no dejé de buscar entre las sombras. Sin disimulo. Con una mezcla de sentimientos. Anhelo y tristeza. Sintiendo que estás viviendo algo único y que se te escapa para no volver. La arena que discurre entre tus dedos y cierras la mano para atraparla y sólo consigues que se escabulla más deprisa… para acabar quedando unos granitos de arena entre tus dedos, un pobre recuerdo de lo que pudo ser y nunca será. O sí. El viento aumentó su presencia. Los árboles iban y venían. Nubes de polvo danzaban extrañamente  delante de las linternas. Nuestras cámaras eran castigadas sin cesar por una fina lluvia de arena y grava. Nacho contó que la entrada actual del castillo no era la original. No me hizo falta que me dijera por dónde era la verdadera. Ya me lo habían contado diecisiete años antes. Nos sentíamos rechazados. Hicimos unas cuantas fotos y nos largamos. El ánimo de ellos también había cambiado.

Durante la vuelta, en el coche, nos sumergimos en una apatía silenciosa. Nos sentíamos como vacíos de energía. Recuerdo que, al regresar a casa, y pese a lo avanzada que era la noche, me costó conciliar el sueño.

Una extraña sensación de desazón me despertó unas horas más tarde. Dediqué todo el día a recapitular y buscarle explicación a todo lo sucedido. Y Llegué a la conclusión de que, por una parte, no podía explicar de forma racional todo lo vivido y que, por otra, no iba a ser capaz de convivir con la incertidumbre sin comprometer mi salud mental. Por eso, unos días después, pacté con mi conciencia que iba a pasar página y que lo iba a aparcar todo en el trastero de mis miserias. Y así he logrado sobrevivir, en una especie de amnesia autoimpuesta, durante semanas. Durante meses. Por el momento.

 

Os dejo una foto de las que hicimos anoche. El “fantasma” es mi amigo Nacho.

castillo serra01

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