La Falaguera

Vista de Valencia desde un paraje cercano al Garbí. Sierra Calderona.

Paraje cercano al Garbí. Sierra Calderona.

Hace ya casi un año que abrí este blog con el relato de algo que me había ocurrido la noche anterior. Desde entonces me han ocurrido algunas cosas que podrían considerarse extrañas. Las he manejado con discreción y he preferido contar cosas más normales. A veces, no hablar de lo que te pasa te crea la falsa seguridad de que todo sigue bien, de que los problemas no existen. Recuerdo que una vez me dijeron que toda verdad ignorada prepara su venganza. Hace algunas noches mis verdades me encontraron.

La Falaguera.-

Sentado en el restaurante tailandés espero perdido en mis pensamientos  recapitulando todo lo acontecido en las últimas horas. A pesar de que nos vimos anoche y aunque no es frecuente que repitamos cena tan pronto, hemos vuelto a quedar. La verdad es que necesitaba hablar con ellos acerca de lo que ocurrió ayer.

Separo la camiseta pegada contra mi pecho y soplo para refrescarme la piel. El calor es insoportable a pesar de que el sol ya se está poniendo. Con el dorso de la mano desvío unas minúsculas gotas de sudor que inician el descenso por la frente.

Escucho el chisporroteo de la Coca-cola al disolver con violencia el hielo que flota en ella. Acerco la mejilla y dejo que me salpique la piel, agradeciendo que el frescor húmedo alivie durante un instante el calor que me sofoca. La refrescante sensación distrae mi conciencia que, sin notarlo, vaga hasta la noche pasada. Apenas hace unas horas pero parece pertenecer a otra vida, distante e irreal. Resulta extraño que pueda recordar de forma  tan vívida algunas cosas y, sin embargo, otros momentos los perciba envueltos en una niebla vaporosa de ensoñación…

Tenemos una tradición. Es casi un rito. No nos basta con sentarnos en un bar y compartir unos bocatas. Necesitamos dar más trascendencia a nuestras esporádicas quedadas. Por eso, especialmente en ciertas noches señaladas, solemos buscar la complicidad de la noche para subir a miradores perdidos en las montañas. Allí, desde hace años, hemos pasado horas y horas hablando, riendo, leyendo relatos, de misterio y terror preferiblemente, y, en ocasiones, simplemente disfrutando de la vista y del silencio. Con el tiempo y las obligaciones del mundo de los adultos hemos ido espaciando más y más estos momentos. Ahora, para obligarnos a quedar, nos ponemos excusas tan diversas como mirar por el telescopio o hacer fotografía nocturna. Extraño mucho las noches de antes, cuando hacíamos planes, no para comernos el mundo, tan sólo para disfrutar la vida. Este año hemos perdonado varias efemérides atractivas. Afortunadamente, anoche, solsticio de verano, conseguimos volver a quedar.

–Bueno, ¿dónde subimos esta noche?, ¿al Castillo de Serra? –dijo Álvaro con el tono provocador que suele acompañar sus preguntas.

–Por mí donde queráis, pero después de aquello, casi prefiero evitar el Castillo… –intenté reorientar con un acaloramiento súbito al recordar lo del año anterior.

–Yo también pienso que casi mejor que cambiemos de sitio… –me respaldó Nacho mientras remataba la última patata brava que nos retaba a los tres.

–Vale. Sugerencias, pues. –concedió Álvaro.

–¿Monasterio de Portacoeli? ¿Pí del Salt? –propuso Nacho.

–Me viene a la memoria una historia que leíste, Álvaro, hace muchos años. Fue una de tantas lecturas que compartiste en una noche de Todos los Santos. Trataba de un flor rara que florecía en una noche mágica, en un paraje de por aquí y …, bueno, no me acuerdo de más. –recordé en voz alta.

–La recuerdo. Era la flor de la Falaguera y florecía en San Juan. No me acuerdo de la historia entera, pero si pudiéramos ver el libro sería muy interesante buscar el lugar. –apuntó Nacho.

–No tendrás localizado el librito ese, ¿verdad Álvaro? –pregunté con resignación.

–No. Ni por asomo. Lo tendré seguro, pero, vamos, como para ponerse a buscarlo a estas horas. –apuntó Álvaro mientras apuraba su botellín de agua Vichy.

–¿Y si probamos suerte con Google? Pongo “Falaguera, San Juan” y a ver qué te sale. –acto seguido ya estaba escribiendo en su móvil–. Mira, ésta tiene buena pinta. –Dijo Nacho señalando la pantalla–. Aquí, en la tercera entrada, la que pone “Valencia pintoresca y tradicional”. –Especificó Nacho.

–Esa es. Está escrita por un tal José Soler Carnicer. Y se parece mucho a la que tú leíste. –Dije apoyado en el hombro de Nacho frunciendo el entrecejo para poder distinguir las diminutas letras.

–¿Qué pone Nacho? –Le pregunté desistiendo de intentar leerla desde esa distancia.

–Ummmm. Ah. Ajá. ummmmm. –Perdido en su concentración Nacho apenas me oía–. Vale. Ya lo tengo. Parece que se trata de una leyenda muy extendida por todo el Mediterráneo. De forma resumida cuenta que la Falaguera es un helecho que florece en la medianoche de la víspera de San Juan y sólo perdura esa noche. Quien consiga verla en ese momento mágico…obtendrá todo lo que desee por difícil que pueda parecer: Salud, amor, felicidad, que te devuelva Hacienda… –un conato de sonrisas se elevó en nuestra mesa reclamando la atención de la pareja de la mesa de al lado.

–Sí, es exactamente esa. –puntualizó Álvaro.

–Una cosa interesante es la localización donde crece la planta. –prosiguió Nacho–. Dice que al noroeste de Serra, en plena Calderona, había una zona que se llamaba “La Madroñosa” y en la que crecían entre otras plantas, este tipo de helecho. Hace referencia a un enclave con una casa en ruinas, tapada por un tupido bosque de alcornoques y pinos. Ese sería el sitio que deberíamos localizar si quisiéramos buscarla.

–Si quisiéramos, no: el sitio dónde vamos a buscarla, porque vamos a localizarla, desde luego. –Rectificó Álvaro mientras le hacía el signo de la cuenta a Pepe, el dueño del bar.

–No quiero ser un cortarrollos, pero hoy es 21 de Junio. No es víspera de San Juan…–comentó desanimado Nacho.

–Independientemente de eso, me parece que ante una historia así, no podemos dejar de ir. En cualquier caso y aunque la tradición lo sitúe en la noche de San Juan, yo creo que esta noche es todavía más adecuada. –Intenté animar.

–Explícate –me invitó a seguir Álvaro.

–Voy. Ésta es, desde luego, una de las muchas leyendas y tradiciones paganas que surgen alrededor de la noche del solsticio de verano. Solsticios y equinoccios han señalado ancestralmente momentos fundamentales en la siembra y cosecha, en las diferentes sociedades, desde el neolítico. El cristianismo, en lugar de luchar contra estos eventos, adoptó una estrategia más efectiva: situaron una celebración religiosa solapada con cada rito pagano. De esta forma aprovecharon la inercia de las gentes a celebrar algo en esas fechas. Con el tiempo el pueblo acabaría olvidando lo que inicialmente se celebraba. Con este rollete lo que quiero decir es que, donde pone “San Juan” podría ser, en realidad “solsticio de verano”, es decir, esta misma noche. Aquí y ahora. –Reconozco que me encanto cuando  hablo así. Además acompaño estas historias con cierta teatralidad innata que me hace ganar mucho en el directo.

–No sé si será como dices, pero desde luego te lo compro. –Se apuntó Álvaro.

–Yo también te lo compro. –Se sumó Nacho.

–Pero lo del lugar ya es otra historia. “Noroeste de Serra, en plena Sierra Calderona”…eso es mucho terreno. –Bajé un poco la euforia.

–Si fuera más pronto os propondría buscar en varios sitios –intervino Álvaro– pero a estas horas, salvo que Nacho nos muestre uno de los rincones que sólo él conoce, os propongo ir a la única zona accesible que me viene a la cabeza en la que conozco una casa en ruinas: El Garbí.

–Me parece una opción tan buena como cualquier otra, ¿Subimos con mi coche? – propuso Nacho.

–Id con uno y yo os sigo con el mío. La última nocturna que hice se quisieron volver a casa muy pronto y me faltó un rato para poder hacer las fotos que quería. Así no dependeréis de mí.

Y emprendimos el ascenso por las estrechas carreteras de montaña que conducen hasta el Garbí. Al final, Álvaro se subió conmigo. Nacho iba delante, como buen conocedor que es de la zona. La noche era cálida. Incluso para tratarse de la primera noche del verano. Apenas corría viento, tan solo una agradable brisa de olor a pino que aliviaba el castigo solar sufrido por la tierra durante todo el día. Con las ventanillas abiertas, porque no me funcionaba el aire, íbamos descubriendo, conforme ganábamos altura, las maravillosas vistas que nos ofrecía cada curva. En diez minutos llegamos al final de la carretera asfaltada, donde habitualmente se deja el coche para seguir un  tramo más andando. Había una docena de coches aparcados. Nacho había dejado el coche en marcha y estaba esperándonos. En cuanto detuve el coche se nos acercó por mi lado.

–Esto está lleno de gente, chicos –verbalizó con cierto desánimo.

–Ya te digo, parece la calle Colón un sábado por la tarde. ¿Qué hacemos? –dije.

–¿Se te ocurre algo Nacho? –dijo Álvaro.

–Podríamos ir al hito geodésico de Rebalsadors… –dijo a bote pronto.

–Pero estamos muy lejos. Tardaremos un buen rato. –Apunté.

–Si queréis podemos probar a ir a unas rocas más hacia el norte, cogiendo el desvío hacia Segart a la derecha. Las vistas son parecidas a éstas y no lo conoce mucha gente. Aunque me temo que allí no hay casas … –propuso pensativo Nacho.

–Me vale. Así conocemos un sitio nuevo. –secundé la proposición.

–A mí también me parece perfecto. –coincidió Álvaro.

–Vamos pues. Seguidme. –dijo Nacho desandando el camino hacia su coche.

Dimos la vuelta y recorrimos unos dos kilómetros, hasta el desvío que quedaba a la derecha. Al principio la carretera estaba asfaltada y era buena. Pero no tardamos mucho en abandonarla y tomar un camino que yo desconocía. El estado del firme hacía plantearte si era más sensato dejar el coche y seguir a pié. Unas nubes aisladas jugueteaban con la luna ocultándola para descubrirla acto seguido. Podíamos sentir la intensidad de luz fluctuar sobre el camino. Con paciencia y a ritmo de tortuga recorrimos tres o cuatro kilómetros más, que se nos hicieron eternos. Hasta que llegó un momento en que la pendiente desaconsejaba seguir con los coches. Los dejamos en una zona un poco más ancha donde cabían los nuestros y tal vez hasta un par más de coches. Nacho ya había estado aquí y recordaba que éste era el sitio donde los vehículos podrían dar la vuelta cuando regresáramos. Abrimos los maleteros y nos pertrechamos con mochilas, trípodes y la imprescindible neverita con refrescos para amenizar la velada.

Veinte minutos después empezamos a intuir que no debíamos estar lejos de la cima. Desde hacía varios minutos se había ocultado la luna. Con todo, la luz ambiente era suficiente como para seguir el camino sin linternas. Nacho iba en cabeza. Le seguía yo que, como siempre, era el que más trastos cargaba. Álvaro iba algo rezagado y en modo “cargando pilas”, esto es, con la cabeza bien alta, concentrado en que que su respiración no perdonara ninguno de los aromas mediterráneos, de que sus pupilas se impregnaran de cada rincón del camino y deleitándose de los sonidos peculiares de una noche maravillosa.

Las nubes se apartaron y la luna brilló con fuerza como si alguien hubiera encendido la luz. Rellenarse de luna cada palmo de tierra y oírse la potente exclamación de Álvaro fue todo uno. Nacho y yo nos giramos bruscamente hacia él. Rápidamente desvíamos nuestras miradas en la dirección en que mantenía clavada la suya.

Oculta entre la maleza había una especie de construcción. O restos de ella. La luz lunar arrancaba un brillo de la parte superior que delataba su presencia. Al momento las nubes volvieron a tapar el cielo y la construcción quedó escondida, imposible de ser vista salvo que supieras de su existencia.

–¿Habéis visto eso? –dijo Álvaro sin dejar de mirar en esa dirección.

–¿Sabías que eso estaba  aquí, Nacho? –le pregunté con la mirada todavía atada a la aparición que nos había frenado en seco.

–No. Sólo había estado una vez aquí arriba y no me llamó la atención nada. Tal vez de día sea menos visible. O tal vez cuando vine la vegetación ocultara también esa parte que hemos visto.

El silencio se adueñó del momento. Segundos que duraron minutos. Esperábamos que pasara algo. La luna, celosa de su secreto, se resistía a delatar de nuevo a su protegida.

Nacho rompió el hechizo de inmovilidad al dar el primer paso con decisión. Se desvió del camino y a través de unos matorrales, con determinación,  se dirigió hacia el lugar. Le seguimos con la dificultad del campo a través y la carga que llevábamos. En un momento dado tuvimos que parar y dejar las cosas en el suelo. Aprovechamos para colocarnos los frontales y seguimos avanzando en dirección hacia lo desconocido con pasos dubitativos y cada vez más inseguros, debido al accidentado terreno.  Pisamos unas cuantas aliagas y apartamos un sin fin de matorrales y ramas. Pasamos bajo un par de alcornoques. ¿Alcornoques? No recordaba haber visto nunca en esta zona. Nos agachamos para entrar en el círculo protegido de pinos y nos topamos de bruces con un muro. El estado ruinoso era evidente. Con el sólo haz de luz de los frontales y sin suficiente distancia, resultaba difícil imaginar las formas de la edificación.

Álvaro encontró un hueco en el muro y metió la cabeza.

–¿Qué se ve?- pregunté con excitación.

–No gran cosa, la verdad. Una habitación vacía y un techo poco fiable. Mejor rodeamos la casa. Yo no entraría. –dijo un segundo antes de apretarse entre el muro y los matorrales y empezar a recorrer el perímetro de la construcción.

Unos minutos y varios arañazos después llegamos a la parte opuesta de la casa. Se correspondía con el acceso principal y permitía, con algo más de espacio libre delante, imaginar lo que debió ser una mansión imponente en su momento. Se adivinaba un segundo piso y conservaba parte de una torre con un tejado de cerámica o algo parecido. Ese material era el que debía haber delatado, con su brillo, la ubicación de la casona. Me recordó de forma ineludible al “Chalet de Ayora”. Probablemente se tratara de edificios cercanos en época y estilo de arquitectura. Éste había corrido peor suerte, sin ninguna duda. Abandonado a su suerte y olvidado por el mundo, se mostraba desnudo y vejado frente a nosotros, en una noche especial, en una noche de solsticio. Recuerdo que al asomarnos desde la puerta y mirar en su interior sentí el privilegio del descubrimiento pero también tuve la sensación de mancillar con mi presencia su sereno reposo. Creo que, además de por el riesgo real de derrumbe, fue por esta incomodidad intangible por lo que decidimos no profanar su descanso.

Nos reunimos en círculo y apagamos los frontales.

–¿Y ahora que?¿Buscamos la planta en cuestión? –lancé al aire

–Esa era la idea,¿no? Separémonos y si encontráis algo avisáis. –nos organizó, como acostumbra, Álvaro.

Y de esta forma nos fuimos cada uno en una dirección distinta a buscar una planta mágica en medio de la noche.

Tras quince minutos de búsqueda por los alrededores de la casa asumí que no crecía nada que se pareciera, ni remotamente, a un helecho. Lo que si que descubrí es una explanada con una especie de chopos que surgían de la nada y que componían una aceptable foto. Si crecen chopos aquí, pensé, por qué no helechos. Por lo que seguí buscando con tenacidad. Pasaría una media hora, tal vez más, en la que ni encontré nada ilusionante ni oí llamadas triunfantes de mis amigos. En el siguiente cuarto de hora empecé a plantearme en serio que tal vez estábamos perdiendo la noche. Decidí abandonar la influencia de la casa para reencontrarme con mis pertenencias. Las cargué y retorné al lugar. El viento había cambiado y lamenté no haber cogido más ropa. Con la piel de gallina saqué los bártulos y en un santiamén tenía la cámara montada en el trípode. Al menos una foto decente iba a intentar llevarme. La luna se estaba poniendo, lo cual era bueno para poder rescatar la vía láctea en la foto, pero me producía unos primeros planos muy oscuros. Así que decidí iluminar los chopos con el frontal. Al acercarme a ellos me resbalé y acabé sobre el trasero. Me alegré de resultar ileso, de no tener testigos de mi torpeza y sobre todo de no llevar la cámara encima.

No hay nada mejor que no buscar algo para encontrarlo. Recuerdo que pensé eso al ver que, a un metro escaso de mis narices, había una planta solitaria con forma de helecho. De ella, altiva, surgía una flor de belleza singular.

–¿Cómo se supone que era la flor? –grité a pleno pulmón con la emoción del descubrimiento.

–Exactamente así –me respondió a mi espalda una voz cortante de mujer.

Varias sensaciones intensas me asaltaron al mismo tiempo: sobresalto, por tener alguien cerca cuando crees que estás solo; miedo por tratarse de una desconocida en un ambiente que de por sí ya me sobrecogía; frío por el viento que arreciaba y empezaba a mecer a su antojo cada arbusto. Pero, por encima de todo, sentí ridículo por ser descubierto tirado en el suelo, en una postura muy poco digna y gritando fascinado junto a una florecilla. Así somos los humanos. El sentido del ridículo nos hace ignorar los peligros que nos acechan.

Chalet de Ayora. Grao de Valencia.

Chalet de Ayora. Grao de Valencia.

–Señor…

–Señor…

–Disculpe señor, ¿desea que le traiga algo mientras espera a sus acompañantes? –la voz de la camarera me devuelve a la realidad.

–No gracias, espero a que lleguen…mire justamente están entrando ahora. – descubro con alivio como Nacho y Álvaro se dirigen hacia mi mesa comentando algo que les pinta una sonrisa en el rostro.

Tras el habitual abrazo sincero de cada reencuentro nos sentamos en la mesa para disfrutar de la cena.

*     *     *      *    *

–Se coge la lechuga, se pone un poco de zanahoria, un poco de calabacín crudo y soja. El toque especial, para mi gusto, se lo da añadir unas hojitas de menta. Ahora sí, le metemos el rollito vietnamita y envolviéndolo en la mano lo mojamos en la salsa y …buen provecho. –Nos explica la camarera.

Álvaro se queda mirando la fuente de comida con una mezcla de desconfianza y curiosidad. Levanta su mirada de falta de convencimiento hasta encontrarse con la sonrisa tranquilizadora de la camarera. Ella insiste: “muy importante lo de la hojilla de menta… en mi opinión  es lo que le da un punto diferente…”.

Bueno, a mí no me lo tienen que repetir dos veces. Con todo lo especialito que soy para otras comidas, me sorprende la necesidad de experimentación que siento ante la comida asiática.  Explosión de sabores y  sutileza de texturas pienso mientras elaboro el engendro que voy a engullir.

–Me fascina la comida tailandesa, tío. La explosión de sabores y la sutileza de las texturas. –Les comento sin dejar de mirar el rulo vegetal, concentrado en no echar al traste todo el ritual. Que no me olvide de la dichosa menta…

–Cuanto daño ha hecho “Master Chef” –me sonríe Álvaro socarronamente mientras permanece a la expectativa de mi delicada operación gastronómica.

–No lo veo. Master Chef, me refiero. –Me defiendo aceleradamente antes de deglutir el megarrollito vegetavietnamita.

–¿Qué tal?

–mmm… –placer, sabor, delicia, cierro los ojos, levanto la barbilla, éxtasis, abro los ojos, asiento rotundamente.

–La menta, es la menta. La clave es la menta. Atácale Nacho, no te cortes. –vuelvo a mojar en la salsa y repito el delicioso acto.

–Venga, allá voy. –Y Nacho entra en contacto con la exquisita comida tailandesa.

Me acabo mi primer rollo y me dispongo al ensamblaje del segundo. Con la despreocupación de quien está concentrado en una tarea de alta precisión y tiene total familiaridad con sus acompañantes, voy divagando sobre varios temas, a veces dejando frases inacabadas en favor de un poco de soja que se intenta escapar, otras veces, perdiendo algún hilo de conversación. Les cuento que para mí la mezcla de leche de coco y curry rojo define la gastronomía siamesa, que es mi destino preferido, mi gran seductora, a pesar del clima, de esa humedad ardiente e irrespirable. También me sorprendo contándoles que el tatuaje que nunca me haré habría sido una frase en sánscrito. Con un significado muy concreto, que ahora no viene al caso. Y tras entrantes exóticos y otras maniobras de distracción se me acaban las estrategias para demorar el abordaje del tema que nos ha reunido.

–Bueno, ¿cómo acabó la noche? –abre fuego Álvaro.

–Bien, bien, muy bien. –Me resisto inicialmente.

–¿Sólo bien? –insiste Nacho.

–Bueno, vale. –Asumo lo inevitable–. Os lo cuento. Pero primero me gustaría que, sin condicionaros con el resto, me contarais vuestras impresiones sobre lo que ocurrió ayer… –intento negociar a la desesperada.

–Claro, hombre. –Concede Álvaro–. Yo, personalmente, pasé una noche muy agradable. Me pareció interesante encontrar ese nuevo mirador en el que nunca habíamos estado…

–Sigue. –Le animo intentando disimular mi ansiedad.

–…Y fue muy emocionante descubrir las ruinas de la mansión. Deberíamos subir alguna vez con la luz del día… –apunta Nacho.

–La mansión. –Repito con alivio. No lo he imaginado–. ¿Y la flor, la flor de la Falaguera?- digo controlando lo mejor que puedo la emoción de la voz.

–…Ah, la flor, curiosa. Pero, sinceramente, yo no tengo certeza de que sea la susodicha planta. Ninguno de nosotros es botánico y, esa planta que se supone que florece y desaparece en la misma noche…pues yo creo que igual subimos mañana y sigue allí… – continua Nacho.

–La realidad es que de día esa planta no tiene la flor que le vimos anoche. He subido este mediodía. –Afirmo tajante.

–¡No fastidies! –exclama Nacho con sorpresa.

–De todas formas aún siendo una flor peculiar… no necesariamente es la que buscábamos. Quiero decir que … en fin, al menos yo no he notado ningún cambio mágico hoy. Esta mañana he mirado la cuenta del banco y sigo siendo pobre… –comenta socarronamente Álvaro.

–Ya, pero ella dijo que sí se trataba de la Falaguera. –Rebato medio ofendido.

–¿Ella? –Dice Álvaro poniendo expresión de extrañeza.

–Eso, ¿qué “ella”? –se une Nacho.

Me quedo mudo y palidezco. En ese momento estalla en sus caras una carcajada.

–Tranquilo, hombre, habíamos acordado tomarte un poco el pelo. –Recula rápidamente Nacho al ver mi cara de preocupación–. Hubo casa, vimos una flor, aunque sigo dudando que fuera mágica y existió una chica que estaba contigo cuando nos llamaste. No te comas tanto la cabeza porque lo de anoche fue…real. –Apunta Nacho mientras el corazón sigue martilleándome sin piedad.

–Y ahora cuéntanos, por favor, cómo acabó la noche… –aprovecha Álvaro.

–Dejadme que me recupere, desgraciados. –Digo antes de llevarme el vaso de agua a los labios. Ellos disimulan que no perciben el temblor de mi mano. Yo disimulo que no percibo la incomodidad en sus rostros.

–Tranquilo, respira. –La sonrisa, aunque medio forzada, se mantiene en la cara de ambos. –¿Por cierto, cómo se llamaba?

–Irina. –Respondo

–¿De dónde es?

–De Rumanía…

–A ver, enséñame el cuello…ummm no parece que te haya mordido la yugular… –bromea Nacho.

–No claro, estaba protegido por las bravas. –Añade Álvaro uniéndose a las risas de Nacho.

–Venga, fuera de coñas, ¿qué impresión os causó la chica…? –Intento reencauzar la conversación.

–Me pondré serio por un momento. La verdad es que apenas puedo hablar de ella porque estuvo muy callada. Se notaba que estaba interesada en ti, exclusivamente, y que era todo lo extraña que esperas de alguien que te encuentras en un paraje apartado y de noche… –comenta Álvaro con tono serio pero sin borrar la sonrisa del todo–. Y ahora cuéntanos todo lo que no sabemos. Puedes ahorrarte el momento en que nos la presentas. Te perdonamos que nos cuentes cuando nos juntamos alrededor de la flor, invocamos el nombre del helecho y no pasa absolutamente nada. Eso sí, te dejamos que nos agradezcas cuando, muy oportunamente, tenemos que marcharnos para dejarte luz verde.

Sonreímos los tres. Ellos dos con complicidad. Yo con nerviosismo.

Y les cuento.

Les cuento que la extraña que me dio un susto de muerte es bióloga apasionada por la botánica. Que precisamente estaba allí en busca de la Falaguera, noche tras noche, hasta que ayer, por fin, floreció. También me explicó, les digo, que su país está plagado de leyendas a cerca de este helecho. Les narro como, además de un rato de conversación intrascendente, al final, cada uno de nosotros acabó haciendo lo que habíamos venido a hacer: yo fotografías y, ella, estudiar esta peculiar planta.

Y luego…¿os fuisteis cada uno a vuestra casa y eso es todo?- me pregunta Nacho con cierto deje de decepción.

–Casi –continúo– Un rato después de que os fuerais, yo ya había realizado todas las fotos que pretendía y, además, veía que ella no estaba por la labor de darme más conversación, por lo que recogí trastos y me despedí. Y ahí habría acabado toda esta historia si el coche me hubiera arrancado. Pero la verdad es que  me ha vuelto a dejar tirado. Y menos mal que ella estaba allí y se ofreció a acercarme a casa. Este es el principal motivo de que esta mañana volviera allí, he ido con el mecánico a por el coche.

Mientras conducía de vuelta a casa se mostró mucho más sociable. Se le notaba la relajación que sigue a una concentración intensa y, me imagino, que la euforia de los objetivos cumplidos. Recuerdo como, con una adorable ambigüedad, me preguntó cómo me había atrevido a subir en el coche de una extraña…

–Reconoce que no es precisamente sensato que estés yendo en el coche de una auténtica desconocida que has encontrado en medio de la noche en un lugar aislado y tenebroso. –Me dice desviando la atención de la carretera y clavándome su mirada felina.

–Bueno, tampoco era especialmente tenebroso… –me escabullo.

–Tenebroso o no, no dejo de ser una extraña que has conocido hace apenas dos horas. Y no me digas que tienes la sensación de que nos conociéramos desde siempre porque esa peli también la he visto. –Arremete provocadora.

–Tal vez sea un impulso. Una intuición. –Me hago el interesante. O tal vez sea porque eres tremendamente atractiva y tus ojos verdes han cegado mi razón, pienso para mí.

–¿O Tal vez es porque soy tremendamente atractiva y mis ojos verdes ciegan tu razón? Aunque, en realidad, me temo que se trata de que te inspiro menos sensación de peligro que quedarte tirado allí arriba sin coche. –Dice con fingida ofensa.

Respondo con el silencio. No es la primera vez esta noche que siento que cita mis pensamientos. En varias ocasiones ha anticipado en voz alta lo que estaba a punto de responderle.

–¿De qué parte de Rumanía eres?¿No serás de Transilvania por casualidad? –le pregunto con sarcasmo.

–¡¡Vete a hacer puñetas!! –me responde con pretendida indignación haciendo aspavientos con uno de los brazos sin soltar el volante con el otro– ¿Se supone que por ser rumana tengo que ser un vampiro? Perdona, pero estoy harta de ese estereotipo. ¡Cuánto daño nos ha hecho el cine! –continua su interpretación

–Lo siento, pero he leído muchas historias de vampiros. De vampiros de verdad. De los que acojonan y no la mariconada esta de los vampiros metrosexuales que brillan al sol en lugar de encenderse como antorchas humanas, o mejor dicho inhumanas. Me creo con derecho a clasificarte en el reino de los vampiros y prejuzgarte sin remordimientos. Y si no te parece bien…pues sacas las alitas y te vas volando a tu castillo a Transilvania.

–Entonces, como tú eres de aquí tengo derecho a considerarte torero,¿no?

–No, pero te ofrezco un trato. Si aparece un toro es cosa mía y si aparece un vampiro…de tu primo te encargas tú, guapa.

Y para cuando la camarera nos trae un te de jengibre ya les he contado todo. O casi.

–¿Y ahí se acaba todo?

–Claro. ¿Te parece poco? –le recrimino a Nacho.

–Hombre. No sé, dime que te invitó a dormir con ella. Aunque sea mentira. Invéntatelo.

–Siento decepcionarte. Pero me temo que esto no es una película americana. Me llevó a casa. Le di las gracias y… eso es todo.

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*    *    *    *   *

Al menos eso es todo cuanto puedo contarles hoy. Ya que hay cosas que, de momento, me las guardo. No porque no tenga plena confianza en ellos. No porque me preocupe que puedan pensar que estoy, nuevamente, fuera de control. Sino porque si las oigo cruzar mis labios, si las veo escritas de mi puño y letra, soy yo el que pensaré que estoy perdido. Que me he vuelto a perder. Y, en este momento, no puedo permitirme ese lujo.

Por eso, hasta aquí, todo lo que me atrevo a decir en voz alta. Acabo de volver de la cena y he sentido la necesidad de escribirlo en estas líneas. Es una especie de terapia, como “sudar la gripe”. Algunos lo entenderéis. Los que no, creedme, sois unos afortunados.

Y con esto, acabo el relato…

“Fin”.

Me doy una ducha fresca y a dormir, por fin. Me meto en la cama y cierro los ojos. Noto el peso del cansancio en los pies. El colchón me acuna y percibo como mi respiración se hace cada vez más profunda. Siempre me ha resultado curioso ser consciente de cómo me sumerjo en la inconsciencia del sueño. Me fascina ese momento de penumbra entre la vigilia y el sueño.

La oscuridad es absoluta en mi cuarto. Me cubro con la sábana. No importa el calor que haga. Si no me tapo no duermo. Pese a que mi cama es enorme siempre duermo agazapado en el lado cercano a la puerta. Ya estoy casi dormido cuando noto una segunda respiración. Abro los ojos. Oscuridad total. Me ladeo ligeramente y tanteo la otra parte de la cama. Hay un bulto. Meto el brazo bajo la sábana y dirijo sigilosamente la mano. Noto como el colchón se hunde gradualmente. Contacto con un cuerpo caliente. Un tórax que sube y baja al ritmo lento de la respiración de alguien que duerme. Es ella. Sigue aquí y es real. Que tranquilidad se siente al saber que la realidad sigue siendo verdad. Me giro y cierro los ojos.

Noto una mano que me toca el hombro izquierdo. Justamente ahora que estaba en lo mejor del sueño. Intento abrir los ojos pero Morfeo me tiene bien atrapado.

La mano insiste. Oigo una voz en la distancia:

–¿Estás despierto?

–¿Estás despierto?

–No.

–Si prefieres que hablemos luego… no hay problema.

–…Si tienes pacien…cia en que me des…pierte del tooodo… –me molesta muchísimo hablar con los ojos cerrados. Por eso me dejé la medicación para dormir, porque me costaba mucho volver a ser yo. Detesto hablar como si estuviera medio borracho–. Hacía ti..tiempo que no me levan…taba tan… sopa.

–¿Qué tal la noche?

–Ah… La cena… Bien… Muy bien.

–Háblame de esa cena.

–Si … te digo …la verdad… no me creerás… Es más no te conozco lo bastante como para saber …si te vas a molestar…por lo que pensé de ti…o tal vez… pienses que estoy fatal…

–Confía en mi. Puedo ser muy comprensiva.

–Vale…verás. Hace un año. Tuve una experiencia en que…en que …confundí personajes reales…con imaginarios… O al revés… Lo llamaron delirio. Y…anoche. Anoche creí que me había vuelto a pasar…maldita sea. Perdona. Perdona por dudar de ti.

–No me tienes que pedir perdón. Es positivo que seas consciente de un problema. Asumir un problema es el primer paso para solucionarlo.

–Sí. Para mí es…es muy tranquilizador que Álvaro y Nacho me confirmaran que tú existes. Que tú eres real. Que estuvimos los cuatro allí arriba, en la montaña.

–Yo soy real. Y antes de ayer estuviste conmigo. Y ayer también. Aquí. En el hospital. Pero no conozco ningún trabajador que se llame Álvaro y, Nacho, tenemos uno, aunque no está en esta sala. Pero no te preocupes. No debes volver a dejarte la medicación. Ya te recuperaste una vez y volverás a hacerlo. Sigue escribiendo en tu blog que es positivo para ti. Aquí te ayudaremos a que salgas a flote de nuevo.

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*    *    *    *   *

–Dra Romanescu hay un señor que le busca, creo que es familia de su paciente.

–Gracias, Reme. Pásalo a la consulta de información a los familiares y dile que en cinco minutos lo atiendo.–Responde la doctora.

La consulta es muy pequeña. No cabe ni el aire. La mujer morena con la bata blanca está sentada al otro lado de la mesa escribiendo en un teclado y mirando concentrada la pantalla de ordenador.

Llaman a la puerta.

–Adelante –indica la mujer.

–Hola doctora, soy Álvaro González, me han dicho que lleva usted a mi amigo…

–Sí, hola, puede sentarse si quiere. Disculpe, ¿ha dicho Álvaro?

–Sí, así me llamo. Desde que nací, concretamente. ¿Por qué?

–Nada, nada. Cosas mías.–Cambia de tema la doctora.

–El caso es que su cara me suena, doctora… ¿nos conocemos?

–Seguro, nos habremos visto en alguna ocasión. Me encargo de él desde el año pasado… –responde la mujer sin darle mayor importancia.

–Seguramente será eso. ¿Cómo se encuentra hoy?– pregunta con preocupación Álvaro.

–Está en fase aguda, pero parece que va empezando a asumir la situación. Es positivo que reconozca la posibilidad del delirio.

–¿De qué va el delirio esta vez?–continúa Álvaro.

–Bueno, no hay que dar mayor importancia a la temática de los delirios. Éstos son construcciones de la imaginación que pese a estar bien edificados pueden contener elementos que a los ojos de los demás son absurdos. Otras veces pueden no ser tan llamativos…

–La otra vez estuvo convencido de haber cenado con una mujer imaginaria, que al final resultaba…resultaba ser un fantasma. ¿Esta vez ha vuelto a reproducir la misma fantasía? –pregunta Álvaro con gesto grave.

–No. Esta vez es un delirio más coherente. Aunque ha dudado de mi existencia, Jajaja.–responde la mujer con sonrisa enigmática.

En ese momento se abre la puerta y entra en la consulta la Dra. Romanescu.

–Hola Señor Álvaro, disculpe la espera.¡Perdone señorita!, ¿quién es usted y que hace en mi consulta?

FIN (tal vez)

Agradecimientos: Nacho y Álvaro por su ayuda documental y, sobre todo, por el resto de cosas.

La Vía Láctea en uno de los lugares donde crece la Falaguera.

La Vía Láctea en uno de los lugares donde crece la Falaguera.

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