El prisionero

Sí, tropecé con la luz de tu mirada y me caí en el abismo de tu alma. La sorpresa de reconocerte en unos ojos inesperados me hizo contener la respiración durante un instante. Cerré los ojos y me recreé en la visión. Abrí la mente y me vi rodeado por las nieves, en medio del silencio de la noche, bañado en la hermosa lluvia de luz de tu mirada. Tu voz de normalidad me rescató y simulé una conversación. Casi hasta nos creo. Si no me hubieras vuelto a mirar. Si no me hubieras deslumbrado como al perro vagabundo que cruza la carretera en la noche. Porque fue en ese momento cuando me di cuenta de lo extraño que resultaba hablarte sin decir nada y decirte todo sin hablar. Tal vez debido a que soy un prisionero de guerra de la realidad. Y a que solo en la trinchera de tu mirada puedo susurrar en nuestro idioma: “Qué hermosa es la luz de tu mirar. Qué color tan dulce, qué calor tan suave. Seguro que a través de ella el mundo solo puede verse bello.”

Te alejas y te veo marchar, esperanzando volverte a ver, flotando a la deriva en el tenebroso mar de la noche, abandonado a la tormenta de la desesperación, tan solo aferrado al salvavidas de mis ilusiones y esperando a que el fuego de tu alma y la dulce voz de tu mirada me lleven a casa.

 

 

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“…la lluvia de luz de tu mirada”

 

 

 

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