Once cosas

 

Cinco cosas que me ponen triste:

El olor a castañas asadas, porque le encantaban a mi abuela.

La canción “The suburbs” de Arcade Fire, porque la cantaba en el coche con una persona a la que hice daño.

El olor a menta de los collares de perro, porque cuando abracé por última vez su cuerpo peludo y esponjoso, llevaba uno recién puesto.

Coincidir  en mi ascensor con el enterrador de mi abuela.

Londres, porque fue nuestro último viaje.

 

Cinco cosas que me alegran:

El olor a castañas asadas, porque le encantaban a mi abuela.

Que Nacho me dé un abrazo de oso cuando nos vemos cada varios meses.

Despertarme y ver una foto de ella, con sus orejas caídas, en la mesita de noche.

La canción “Ready to start” de Arcade Fire, aunque en sus conciertos me emocione como un gilipollas, porque, ahora sí, estoy preparado para empezar.

Los festivales de Jazz al aire libre.

 

Una cosa que lo arregla todo:

La forma en que me miras.

 

 

 

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Belchite, el viejo

Creo en el destino. Pese a que admito que científicamente es absurdo, tengo la creencia de que el universo conspira para conducirnos hacia ciertas personas y, en ocasiones, ciertos lugares. Hoy, apenas unas horas después de que todo ocurriera, pienso que el destino, y no otra causa, es el responsable de que fracasaran todos mis planes alternativos  y, de forma inesperada, acabara en el coche de Tony camino del curso de fotografía nocturna en Belchite.

Tras tres horas de canciones “remember-de-los-90” por paisajes terrosos y desolados, salpicados de caserones y estaciones de tren abandonados, llegamos a nuestro destino final.

La primera sensación inquietante la había tenido en una de las muchas curvas del camino. Intuí que era más cerrada de lo esperado y pude avisarle a tiempo para que frenara. Lo sorprendente es que el coche que venía en sentido contrario invadió nuestro lado y fue por cuestión de centímetros que solo se quedara en un buen susto.

El segundo aviso lo advertí cuando íbamos a poner en práctica la teoría aprendida durante la tarde.  Nada más entrar en Belchite el viejo, pueblo que quedó devastado tras una encarnizada batalla casa por casa durante la Guerra Civil, saltaron todas las alarmas de mi subconsciente. Mientras todo el grupo rodeaba a la guía responsable escuchando sus recomendaciones y prohibiciones sobre qué no hacer en las maltrechas ruinas, mi mente trascendía la práctica de iluminación fotográfica prevista y empezaba a centrarse principalmente en el lugar tan especial por el que íbamos a deambular durante toda la noche. Una repentina sensación de deja-vu y el súbito escalofrío que me recorrió el espinazo, pese a no ser una noche tan fría como se esperaba, desviaron definitivamente mi atención de la interesante explicación que daba Mario, el profesor de fotografía.

En la primera parada, frente a la cruz, junto a la Torre del Reloj, me uní al grupo mientras se realizaba la fotografía, pero pronto empecé a agobiarme debido a lo numeroso que era. En fotografía nocturna se considera que tres es demasiada gente y a partir de cuatro, una multitud de la que huir. Éramos diecinueve. Además, hace tiempo que acepté que soy un insocial potencialmente sociable, esto es, que pese a que puedo parecer casi sociable en las distancias cortas, me comporto como un tímido convencido en los grupos grandes.

Es por este motivo que cuando vi a un alumno hacer un sigiloso mutis por el foro, le seguí. Me llevaba bastantes segundos de ventaja por lo que tardé unos cuarenta metros en alcanzarle. Cuando llegué a su altura ya había doblado la esquina, perdiendo el contacto visual con el grupo.  La luz fría y titilante de su frontal ocupaba todo el ancho de la polvorienta calle, proyectando sombras chinescas en las derruidas fachadas y violando el interior de las catastróficas moradas a través de lo que antaño fueron puertas y ventanas.

Mi silenciosa y falta de luz llegada le dio lo que podría definirse como un susto de muerte. Justifiqué mi torpe falta de sensibilidad escudándome en que mi visión nocturna es magnífica, por una parte, y en que, además, soy un convencido de que la luz nos vuelve ciegos; la mejor forma de ver en la oscuridad es apagar toda luz artificial y confiar en la naturaleza de tus ojos. Bueno, también admito que, en parte, la luz de su frontal me servió de guía.

Sea como fuera, acabé sumándome a su fuga fotográfica. Parece ser que había tardado una sola foto en darse cuenta de que tendría que elegir entre no perderse las explicaciones de Mario o hacer una fotografía decente en Belchite, lo cual solo era posible si se alejaba de la interferencia del resto. Si una ventaja tiene estar en un grupo superpoblado es que es más fácil desaparecer de forma inadvertida.

Se dirigía hacia la Iglesia de San Martín, uno de los escenarios icónicos. Carlota, nuestra guía-protectora-vigilante, la llamaba “la iglesia de Iker Jiménez” por la cantidad de historias paranormales que adornan la leyenda del lugar.

Para los profanos, la fotografía nocturna se podría resumir en cuatro líneas: La noche esconde la hermosura de algunos lugares, por lo que la pasión de un fotógrafo nocturno consiste en desenterrar esa belleza oculta bajo la oscuridad mediante la luz de linternas, flashes, Luna y estrellas y dejar constancia de ese rescate en una fotografía.

El chico se llamaba Pedro y por cómo se desenvolvía mientras encuadraba, ajustaba parámetros y era incapaz de poner en marcha el flash, me quedó claro que tenía más ganas y determinación que no experiencia en este tipo de fotografía. Me dispuse a ayudarle con el dichoso flash cuando me asaltó el tercer presentimiento malo de la noche: un sonido de campana lejana se escuchó hasta un total de tres tañidos, distantes y apagados, pero evidentes.

–¿Has oído eso, Pedro? Creo que tal vez no sea tan buena idea habernos alejado del grupo. Este sitio parece…hostil. –Dije verbalizando mi inquietud.

– No creo que sea un sitio hostil. Simplemente es tu sugestión por todo lo que se ha contado sobre este lugar. Por otra parte siempre que se está en medio de la noche y alejado de la rutina se tiene un cierto sentimiento de vulnerabilidad. De todas formas mi intención es solo hacer una foto digna y nos volvemos con el grupo. Ayúdame y acabaremos antes. –Me respondió con una seguridad en sus palabras que la vacilación en su voz no hacía totalmente creíble.

– Te ayudo y nos largamos rápido de aquí. No me gusta nada este sitio. –Concedí.

Comprobó la estabilidad del trípode. Revisó de nuevo los parámetros y me acercó un disparador conectado a su cámara. Me  dijo que simplemente le diera al botón una vez que él me avisara desde dentro de la Iglesia. De esa forma mientras la foto se realizara, a lo largo de dos minutos, él iría activando flashes y linternas para ir vistiendo de color la desvencijada estructura. Dicho lo cual desapareció en el oscuro interior.

A los pocos segundos percibí destellos aleatorios conforme realizaba las pruebas de iluminación. En cada fogonazo me parecía descubrir sombras extrañas, que a pesar de atribuirlas a mis miedos no me dejaban indiferente.

– ¡Avísame cuando quieras que apriete!– Le grité.

Puse toda mi atención en escuchar cualquier sonido proveniente del interior del edificio, que mostraba ahora una oscuridad impenetrable. El silencio se adueñó de todo.

Todos mis sentidos estaban a flor de piel. Estaba a punto de decirle que se saliera de allí cuando sentí una presencia detrás de mí. En el mismo momento en que me giraba para mirar, una voz femenina me habló en tono de reprimenda.

– ¿Qué haces aquí? Tú no deberías estar en este lugar. –Su piel era pálida, su gesto de enfado pero con un fondo de comprensión y, hasta diría, que ternura. Como si se compadeciera de mí. Creo que esa expresión de cierta pena fue lo que sofocó mi gran susto inicial. Cuando mi corazón dejó de galopar fui consciente de su juventud y de cómo la blancura de su rostro reflejaba la mínima luz de la luna creciente.

– En realidad estoy intentando ayudar al chico que está ahí dentro. –Le respondí.– ¿Quién eres tú y por qué estás aquí? –le pregunté con una mezcla de curiosidad y miedo.

– Soy de aquí. Una de las encargadas de que la gente como tu acompañante no sufra accidentes innecesarios –contestó con condescendencia– Pero lo importante –continuó– no es quién sea yo sino el riesgo real que corre él ahí dentro. Las lluvias del martes han deteriorado más si cabe este edificio. Podría venirse abajo en cualquier momento. ¡Debes sacarlo de ahí cuanto antes! ¡Ah! Y no dejes que nadie más entre…¡Date prisa!…ahí llegan todos los demás…

Inconscientemente giré un segundo la cabeza hacia el grupo que avanzaba por la calle en dirección hacia nosotros.

– Te prometo que lo voy a sacar inmediatamente, aunque tenga que entrar a por él. –le dije con determinación mientras me volvía para buscarla con la mirada.

Pero se había desvanecido.

Me sobresalté tanto que inconscientemente me eché atrás y tropecé con la cámara, que cayó al suelo con gran estrépito. El sonido amplificado por el eco de la iglesia hizo salir alarmado a Pedro. Apenas había abierto la boca para gritar horrorizado por el accidente de su preciada cámara cuando un ruido ensordecedor salió del interior envolviéndonos en una nube de polvo. Algo se había derrumbado dentro de la Iglesia.

Alarmados, los del grupo corrieron hacia nosotros.

–¿Qué ha pasado? –Preguntó Mario con gesto de profunda preocupación.

–Se ha derrumbado una de las paredes de la Iglesia y me habría pillado dentro si no llega a ser porque él … –dijo Pedro señalándome.

–¿Quién? –le preguntó Mario.

 

 

 

 

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Foto: Iglesia de San Martín. Belchite.

 

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La versión de Berger

La expresión seria y ocupada no eclipsaba el esbozo de una sonrisa sincera, de esas que suelen acompañarse de un alma afable y sensible.

La muchacha se esforzó en no parecer afectada cuando le indiqué el nombre del libro que buscaba, aunque le delató cierto azoramiento cuando su mirada encontró la mía. Se refugió en el teclado del ordenador, escribiendo con más rapidez que acierto, a juzgar por las veces en que tuvo que recurrir a la tecla “borrar”.

Mientras sus ojos iban y venían entre la pantalla y mi rostro, yo me distraía intentando descifrar las emociones que debían estar invadiendo su mente en ese instante.

–La biografía no autorizada, la versión de Berger, ¿verdad? –me preguntó casi de forma retórica, como quien busca una segunda opinión médica sobre el cáncer que sabe que tiene.

Asentí.

No me pasaron desapercibidas las pequeñas señales de nerviosismo, la ligera rubefacción de sus mejillas, ni los gestos involuntarios de recolocarse el chaleco verde, al menos dos tallas demasiado grande y del que pendía una chapa con su nombre de pila. El mismo nombre de mi esposa.

Finalmente me comentó que debía de quedar un ejemplar en el almacén y, tras indicarme de manera formal y educada que esperara allí, salió en estampida de detrás del mostrador, me atrevería a decir que sintiendo alivio de escapar momentáneamente de mi presencia.

Volvió en apenas un par de minutos. Llevaba un libro en la mano como quien lleva uranio enriquecido. En su rostro se podía leer una expresión paradójica: por una parte, de cierta satisfacción por el trabajo realizado, por la otra, la de una sutil pena que me fue imposible descifrar en ese momento.

Lo depositó de forma solemne sobre la mesa mientras buscaba encontrarse de nuevo con mi mirada, que mantuvo. Esta vez percibí el alivio de quien, por fin, había tomado una decisión e iba a apostar fuerte. No me resultó difícil saber lo que venía a continuación.

–¿Puedo hacerle una pregunta? –verbalizó al fin.

Estuve a punto de dar una respuesta evasiva automatizada a lo largo de los años y entrenada en escenarios similares ante personas de toda índole. Pero ocurrió que las palabras no quisieron salir y me quedé pausado en un eterno segundo de silencio incómodo para ambos.

Traicionando a mi yo soberbio e inaccesible de los últimos cuarenta años accedí. Lo quise atribuir a que la edad me está ablandando. Intenté achacarlo a que estar fuera de mi ciudad me desorienta en cierta manera. Pero la realidad es que supe en todo momento que fue su nombre lo que me desarmó.

–¿Por qué este libro? –susurró, logrando involuntariamente que se creara un ambiente de confesión entre nosotros.

Tal vez debería haberle contado que cuando viajo, me llevo una copia conmigo y si la olvido, acabo frente a un mostrador como éste intentando comprar la enésima copia del dichoso libro.  Podría haberle explicado que la culpable de todo es la maldita demencia de nombre alemán, que excava nuevas trincheras en mi memoria cada día que pasa.

Sin embargo, antes de poder contestarle nada, matizó su pregunta. “La versión de Berger, me refiero. Porque, obviamente, de biografías autorizadas debe tener cajas llenas en su casa. Pero la de Berger es la única no autorizada y es…cómo decirlo…demoledora. Se nota que tiene cuentas pendientes personales. Sinceramente, si aún no la ha leído, no creo que le sea nada agradable. Lo siento mucho pero soy una gran seguidora…”

Lo cierto es que su pregunta me incomodó de forma inesperada. Pese a no ser culpa suya, mi humor cambió, así que le pedí que se cobrara y salí con el libro bajo el brazo.

Anduve hasta la esquina pensando en cuanto había cambiado mi mundo cuando ella murió. Atrapado en mis cavilaciones  me alejé caminando sin rumbo por el bulevar, dudando si tal vez debería haber vuelto para dedicarle el libro.

 

 

(Este relato participa en #historiasdelibros en Zenda)

 

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La maldita palabra

 

El sonido de “mensaje nuevo” en el móvil me devuelve a la realidad. No recuerdo en qué planeta debía de tener la mente hasta hace un momento. El terrible frío de la habitación me impide concentrarme. Sin embargo, no puedo perder el tiempo en buscar algo con lo que abrigarme. Una sensación de urgencia inaplazable me empuja a terminar lo que estoy haciendo, sea lo que fuere. Vuelve a sonar una notificación en el móvil. No pienso mirarlo. Nada va a apartarme de acabar… de escribir estas palabras. Eso es, estoy escribiendo las frases más importantes de mi vida.

Decido silenciar el teléfono. Me froto las manos para desentumecer los dedos agarrotados por el gélido ambiente. Paso la manga del suéter por la pantalla del ordenador, que se está empañando por el vaho de mi respiración. Leo lo que he escrito hace un rato, aunque carece de significado para mí. Siento que tengo una palabra en la punta de la lengua. La palabra que le dará sentido a todas las frases. Pero se resiste a salir. En el momento en que creo tenerla, siento un chispazo desde el teclado que me alcanza al centro del alma. Jamás pensé que pudiera darte la corriente desde un ordenador. Con cautela retomo la redacción. Pero cuando voy a escribir la maldita palabra, ésta se ha vuelto a hundir en el abismo de mi memoria. En ese instante el móvil comienza a vibrar; lo cual es imposible porque estoy seguro de haberlo silenciado. Pero sigue vibrando, rítmicamente, mientras noto como se me acelera el corazón, que late con fuerza hasta dolerme. Me asusta mucho darme cuenta de que late, precisamente, al ritmo en que vibra el móvil.  Y, en ese instante, llaman a la puerta. “Amor, ¿puedes abrir tú?”, grito. Pero nadie responde. Porque no estás. Así que lo dejo todo y voy a abrir la puerta, por si eres tú, que te habías dejado las llaves en casa. Al descolgar el telefonillo solo oigo, entre interferencias, una frase entrecortada: “…Julios”. Me enfada que alguien se equivoque en un momento tan inoportuno. “Mire, se ha equivocado de casa, Julio vive en el tercero C”, le respondo intentando disimular la ira cuando, de forma súbita, siento una terrible quemadura en el pecho que hace que me apoye contra la puerta. En plena confusión, vuelvo frente al ordenador con la firme decisión de encontrar la palabra y terminar la frase, de una vez por todas. Me froto los ojos y releo lo que hay redactado. Y, por primera vez, soy realmente consciente de lo que he escrito. Es en ese momento cuando veo iluminarse la pantalla del móvil: mensaje entrante de mi abuela. El problema es que ella murió hace cuatro años. Lo abro; hay una sola palabra escrita: “bicicleta”. Esa es la palabra: Aguanto la respiración mientras la escribo y ahora todo cobra sentido.

“Mi vida. Me voy. Me llevo tu amor, tus abrazos, tus susurros. Me acompañan tus besos, tu calor, tu nombre. Lo siento tanto. No sabía cómo decirte que las prisas y la lluvia hicieron patinar mi bicicleta debajo de aquel coche.”

(Relato participante en el Concurso “Historias de Amor” de “Zendalibros.com”)

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El abrazo de Antígona

“Antígona, estas palabras no te llegarán. Son para mí. Porque perdí la batalla de las dudas y me quedé. Recuerdo como tu mirada no se afecta cuando me descubre en el bosque de tus conocidos. Lamento mi decisión, pero ya es tarde. Todos te felicitan. Quedo yo. Formal, me agradeces haber asistido. Voy a tu encuentro para recibir dos besos educados…pero te cuelgas de mi alma y me fundes a tu pecho. Mientras tu abrazo contiene mis latidos sólo puedo reaccionar apretándome a ti, una casi desconocida a la que, ahora lo sé, hace tiempo que añoro. El aliento contenido. El tiempo detenido, eterno. Nunca un silencio ha significado tanto. Despierto en mitad del sueño. Me aferro. Que no acabe. Nunca. Pero termina. Con naturalidad me miras y sonríes. Pronuncio incoherencias que no ocultan mi estado. Me rescatas. Apenas oigo. Sólo puedo pensar que he besado tu cuello mientras me abrazabas. Evoco la tibieza de tu piel acariciada por mis labios. Hace tan solo un segundo y ya extraño tu calor. Y sigues sonriendo. Tu primer abrazo me ha quitado la vida. El de ahora me la devuelve. Y pienso que, cuando se entra en la senda del amor, ya no hay vuelta atrás. Va a ser todo tan difícil…”

(Microrrelato que participa en el concurso “Historias de Amor” de “Zendalibros.com”).

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Música en el jardín del loto 

​Recién llegado a la ciudad, paseando la noche, una melodía de extraños acordes me seduce. La persigo y me dejo atrapar por su exótica magia en un parque público de Kunming. De repente me veo enmedio de una actuación casi improvisada de prácticamente tantos músicos, tal vez una veintena, como asistentes. Soy, aparentemente, el único no asiático, aunque me siento bien recibido. 

El sonido es envolvente, literalmente, ya que, en ocasiones, el anciano que tienes justo tras de tí saca un instrumento artesanal e inclasificable (para mi ignorancia) y se une a la dulce melodía. 

Todo fluye y es espontáneo, no venden entradas, no pasan el gorro, lo hacen por la música,  por el arte. Y eso se nota en cada expresión de cada rostro surcado de arrugas regadas por notas musicales. Se palpa en el ambiente la  satisfacción del talento natural.

En ese instante llega un policía e intenta reventar el espectáculo porque pasa de las diez de la noche. Un abuelete se le enfrenta y no necesito saber mandarín para entender a dónde lo manda. Y la música continúa, pese a la oposición de ese único representante de la autoridad.

 Para cuando muere la canción el hechizo ya se ha roto y se acaba el espectáculo. 

Es el momento en que los octogenarios músicos rodean intimidantes al ofendido oficial. Es el momento de que yo haga un mutis por el foro…

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Índigo

Galeano decía que recordar es volver a pasar por el corazón. Por eso, cuando a mitad de carrera noté la opresión en el pecho, pensé que tal vez eran los recuerdos los que me dolían y, como desconozco qué médico los cura, pues decidí probar suerte en el cardiólogo.
Mi electro, lleno de picos y de valles, parecía una etapa pirenaica del Tour de Francia. La doctora lo estudió con atención. Sacó una especie de regla y midió desniveles aquí y allá. Frunció el ceño. Me asusté. Puso cara de concentración y, sin aparta la vista del papel, me preguntó: “¿Eres buen deportista?”. Por un momento creí que se refería a si era elegante en la derrota. “Sí, estoy acostumbrado a perder y lo hago con cierta clase…”–dudé un momento–“…aunque no siempre”–confesé. Levantó la mirada y me miró sin verme. Le descubrí una expresión de cierto desconcierto. Rectifiqué rápidamente y no sin cierta incomodidad corregí: “Hago bastante deporte, pero estoy lejos de ser un atleta”. Devolvió la mirada hacia la mesa e,  inescrutable, siguió descifrando los mensajes de náufrago de mi corazón.
A continuación, empezó a radiar sus hallazgos conforme iban surgiendo, con lo que calmó en parte la ansiedad que se había apoderado de mi ser. Dijo algo a cerca de un pequeño bloqueo de rama. Porque, parece ser,  que el corazón tiene ramas que a veces se bloquean. Aunque  yo estoy convencido de que en realidad son sus raíces, que cuando no las riegas con sentimientos se acaban pudriendo.
También me reveló una leve bradicardia, esto es, que el corazón latía algo lento. “Estoy de acuerdo, doctora”–le ratifiqué–“resulta que últimamente me late menos de lo que quisiera”. En ese momento levantó la vista del papel y, por primera vez, me vio. Su mirada rompió el maleficio de los miedos que me ataban y me arrojó en caída libre hacia el índigo profundo y extraño desde el que me observaba. Buceé en él todo cuanto pude contener la respiración. Al emerger, me maravilló el enigma de descubrirme flotando en medio del océano, en el centro de un círculo azul marino rodeado de las aguas turquesas de Belice. Un sitio llamado el “Blue Hole”. Un lugar donde, tiempo atrás, ahora lo recuerdo, nos habíamos conocido. Solo fue un instante, pero, lo confieso, podría haberme ahogado en ese mar, en esa mirada.

 

Afortunadamente me rescató el frío beso de su fonen contra mi pecho desnudo.
La gente lo considera un acto rutinario, pero para mi resulta tremendamente íntimo, ya que no es frecuente que alguien escuche lo que dice tu corazón.
Propuso realizarme una ecografía, a la que por supuesto accedí. Y entonces sucedió algo inédito: por primera vez en mi vida, alguien vio, a ciencia cierta, que tenía corazón.
Mientras exploraba cada rincón, cada recoveco, iba compartiendo conmigo, en su extraño lenguaje, un montón de datos técnicos que carecían para mí de significado. Quiero creer que era su forma de decir: “Que sano y hermoso tu corazón”, “que grácil en su forma de trotar”, o tal vez, “que tan bello resuena el eco en sus firmes y robustas paredes”. O quizás, en el fondo, simplemente me decía que ese corazón, el mío, podía volver a latir con alegría y sin miedo si conseguía dejar de repensar tanto y, sobre todo, recordaba menos.
Creo que fue la alegría de seguir vivo, de haber superado el fatalismo con el que parece que la hipocondría me castiga de forma esporádica. O tal vez fuera la sensación de que ciertos momentos deben intentarse cuando se presentan. Y que son muchos los que perdoné, no reconocí, desperdicié o, simplemente, no me atreví. Y no volvieron. Porque esos ya no volverán. O quizá se debió a tener la seguridad de que ella era alguien que valía la pena intentar conocer. Por eso, nada más salir de la consulta, frené en seco, clavé los talones y giré venciendo las leyes de la física. Ni siquiera sabiendo lo que hacía. O tal vez sabiéndolo mejor que nunca. Y volví. Volví a entrar  con paso decidido y rompiendo todas las normas. Y así, azorado pero convencido, me planté frente a ella y le dije:

 

– ¿Un café tal vez?– y me aferré a su sorpresa. Permanecí colgado de su mirada balanceándome sobre el abismo de la duda y el fracaso durante el eterno segundo que sus labios tardaron en esbozar una dulce sonrisa.
– O dos. Ya te he dicho que estás sano y puedes tomar todo el café que te apetezca –. Y me dio una palmadita en el hombro.

 

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Vale, vale… esto no es el “Blue Hole”…pero, ¿a que apetece irse a  Maldivas?

 

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