Tres historias en Japón

Entiendo que las generaciones actuales han sido seducidas por la cultura japonesa sobre todo  a través del anime y los cosplay. No es mi caso. Yo llegué a Japón a través del Judo cuando de muy niño mi padre me apuntó. Desde este punto de partida empecé a descubrir ese mundo exótico y misterioso. Con lecturas como “Shogun” de James Clavell  y a través del cine de Kurosawa, me fui empapando de la magia que impregna todas las leyendas del Japón medieval, muchos de cuyos valores subyacen todavía en la forma actual de entender la vida del  País del Sol Naciente.

El Kodokan

Me sorprende que con toda esa fascinación que me despertaba la cultura nipona desde tan temprano, no sintiera antes la necesidad de viajar a este país. Lo cierto es que soy de los que creen que los países deben visitarse cuando se siente que ha llegado el momento y nunca antes. Y lo mismo pienso de libros y personas.

Un día de 2017 sentí la llamada y me fui a Japón.

Reconozco que para estas cosas soy bastante intenso; así que empecé a releer novelas antiguas sobre el Japón de los samurais, a descubrir su sociedad actual a través de nuevos libros e incluso a hacer un curso acelerado de japonés en youtube (muy interesante aunque ya adelanto que no me sirvió de mucho).

Empecé conociendo una parte del país guiado, para posteriormente quedarme solo en Tokyo sin horarios ni obligaciones;  por completo a mi aire.

De pequeñito yo leía un libro de Judo de mi padre que describía las técnicas básicas e incluso mostraba algunas avanzadas que no se enseñaban en los tatamis de mi barrio. Este libro enseñaba el Judo al estilo del Kodokan, la escuela mítica fundada por Jigoro Kano; lo que viene a ser la Meca del Judo.

El Judo y cualquiera de las llamadas artes marciales no son ni agresividad ni violencia. Tampoco son deporte. Bien entendidas, son una forma de conocerse a uno mismo y de intentar encontrar el equilibrio interior.  Al igual que con el yoga, se trata de un trabajo interior y no de un circo. Jigoro Kano, el maestro fundador, dijo que «el Judo más que un arte de ataque y defensa, es un estilo de vida». En la actualidad, y sobre todo en occidente, han derivado hacia el deporte de competición (porque nada es bueno si no hay competición y ganadores, porque si no somos campeones, los mejores de algo, perdemos nuestro valor social).

En cuanto empecé a preparar el viaje supe que el Kodokan sería una de mis visitas innegociables. Me metí en la web y vi que había una competición mensual que coincidía con uno de mis días de estancia en la ciudad más habitada del planeta.

Era sábado por la tarde, había llovido como casi todos los días y me pareció un día perfecto para acercarme a conocer un mito de mi adolescencia.

El Kodokan es un edificio antiguo y gris, sin relevancia arquitectónica y nada lo hace especial a excepción de que sus paredes rezuman historia. Para un no iniciado es un edificio sin gracia alguna. Para quien conoce la historia del lugar es terreno sagrado.

Esta reflexión me hizo pensar que el valor de las cosas lo otorga la mirada de quienes las miran. Quizás con las personas ocurra igual. Si eso es así, rodearnos de quien nos valora es una estrategia sabia…

La competición era en el séptimo piso. Subí por las escaleras, parando en cada piso y curioseando en todos los rincones donde pude entrar, que eran muchos. El edificio estaba desierto conforme se espera de una escuela en sábado. No podía dejar de pensar en las figuras míticas que habían caminado por esos mismos pasillos.

Había leído que existe la posibilidad de practicar una clase con ellos, pero mi Judo estaba ya demasiado oxidado y ni siquiera tenía un kimono que vestir. Con todo, no lo descarto para mi próxima visita. De todas formas, disfruté viendo la competición, que fue bastante informal pero con un nivel técnico impresionante. Por instantes me sentí como cuando vi mi primera competición regional, siendo niño; acompañado de mi padre. Creo que si pudiéramos ver a través de los ojos de nuestro niño interior, el mundo sería, cuando menos, más luminoso.

La escuela

Resulta que uno de mis guías, Edu, es un chico catalán que lleva veinte años viviendo en Japón. Está casado con una japonesa y es traductor de japonés; se puede decir que está plenamente integrado. En una de nuestras conversaciones me contó que practicaba Daito –ryu Aikijujutsu, una versión tradicional del Aikido, que tiene elementos comunes con el Kendo. Me dijo que practicaba dos veces por semana en una escuela tradicional de la zona de Shidobashi, cerca del Estadio donde hacen los combates de Sumo. Como yo había practicado Kendo años antes, no tardamos en conversar emocionados a cerca de katanas, técnicas, estilos y  samuráis. Y por supuesto de la forma tan diferente de entender las artes marciales en occidente y en Japón.

Cuando Edu se enteró de que me iba a quedar varios días a mi aire en la ciudad, me dijo que le pediría a su profesor que me  invitara a una de sus clases.

No solo fui honrado con presenciar una clase, sino que además pude fotografiarla. Años después sigo alucinando con el regalo que me concedieron Ebisu y los otros seis dioses de la suerte.

Tras varios días recorriendo la capital nipona a mi libre albedrío llegó el día que habíamos acordado. Era un martes, por fin no llovía y Edu me esperaba en la puerta del Dojo Nihonbashi.

Tras saludarnos y preguntarme por mis sensaciones en la gran ciudad, me invitó a pasar. Me descalcé y entré.

 La escuela estaba en una casa de planta baja, elegante y sobria; construida principalmente en madera y rodeada por un amplio jardín al modo tradicional japonés. Todo era armonía y equilibrio. Nada más dar los primeros pasos percibí  que había entrado en otro mundo, ajeno por completo al ajetreo de la gran ciudad que nos rodeaba. La tarima de madera con tatami de lona sobre ella, conformaba el  suelo de las salas, separadas por puertas correderas, algunas con paneles de tela y otras más robustas de madera y cristal. En la sala principal llamaban la atención un gran espejo y una librería con estanterías habitadas por algunos libros; ambos se extendían de suelo a techo. En las paredes se desplegaban de forma vertical escritos con ideogramas negros en Kanji (el alfabeto antiguo y culto). Por supuesto no faltaba el juego de sables de diferentes tamaños (Tachi, Katana, Wakizachi y Tanto).

 Edu me presentó a su profesor, Sihan Masayuki Kondo, que como el resto de la clase no hablaba nada de inglés. El maestro me dijo que podía moverme con libertad por la sala y fotografiar todo lo que quisiera.

Comenzó la clase con un protocolario saludo de todos hacia el lugar de culto a los maestros previos y un posterior saludo entre alumnos y profesor. Tras un mínimo calentamiento muscular realizaron una serie de proyecciones que iban ejecutando y recibiendo todos los alumnos. Había tanto mujeres como hombres y de diferentes edades;  desde los sesenta hasta los diez. Durante más de una hora el maestro fue enseñando distintas técnicas que posteriormente los y las alumnas repetían, cambiando de pareja cada poco. Al principio eran técnicas sin armas y posteriormente empleando sables de madera (bokken). El ambiente era desenfadado. En ningún momento percibí ninguna actitud autoritaria. El maestro transmitía amabilidad y comprensión, bromeando con los niños y no siendo exigente en su tono ni en su lenguaje no verbal con los adultos. La disciplina que se respiraba en la clase era algo innato, tácito, que se daba por hecho por ambas partes, alumno y profesor, sin necesidad de explicitarla.

Respecto a mí, no logré pasar desapercibido al principio, aunque quiero pensar que con el desarrollo de la clase fui cada vez menos “intruso”. Al principio evitaba fotografiar al profesor de forma explícita y para ello buscaba los ángulos de la clase alejados de él. Esto lo hacía  porque desconocía si las fotos directas al maestro podrían entenderse como falta de respeto. En realidad era una comida de cabeza en exclusiva mía. Cuando me  percaté de que me buscaba y se cruzaba tímidamente en algunas escenas, deduje que el hombre, como todo hijo de vecino, quería salir en las fotos; así que a partir de entonces me dediqué a retratarlo de forma evidente y sin complejos. Y todo fluyó con normalidad.

Al final de la clase, antes de terminar con un saludo como el del principio, el maestro se arrodilló frente a los alumnos, que estaban también en esa posición y, según me explicó momentos después Edu, les felicitó por el trabajo bien hecho y el esfuerzo realizado. A continuación les preguntó qué sensaciones habían experimentado durante la clase. Uno por una, desde la más mayor hasta el más pequeño fueron comentando delante de toda la clase su opinión sobre la práctica que habían realizado. Cuando acabaron de hablar, el profesor se dirigió a mí y me hizo la misma pregunta. Les comenté que me había sentido muy honrado con la invitación, que agradecía al maestro y a los alumnos su cálido recibimiento y les expresé lo mucho que me había gustado verles practicar. Por supuesto, una vez llegué a Valencia, les envié las mejores fotos que había captado.

Aún estaba flotando en una nube cuando Edu me propuso cenar alguna cosa rápida en una izakaya, una taberna japonesa, que había a un par de calles. Cuando entramos quiso la casualidad que coincidiéramos con un amigo de Edu (en realidad un alumno suyo de japonés). Pablo, de Zaragoza, estaba allí con su novia japonesa y unas amigas de ella. Así que, sin esperarlo, acabamos cenando con un grupo de chicas japonesas. Y esa fue otra experiencia interesante.

La izakaya

La izakaya estaba bastante concurrida. En la mesa estaba Pablo estaba junto a su novia y otras cinco chicas japonesas (pido perdón por no recordar ni un solo nombre, pero si ya soy terrible para los nombres de aquí…ni te cuento con los japoneses). Edu estaba sentado a mi izquierda, dos chicas a mi derecha, luego Pablo, su novia, que era la única que hablaba inglés, y a continuación otras dos chicas más. Ellas ya habían cenado y se estaban tomando directamente unos cubatas; nada de tonterías. Parece ser que vivían en Yokohama (a una hora en metro de donde estábamos) y al día siguiente trabajaban todas. Me contaron que puesto que el metro se cerraba a las doce, si querían beber alcohol tenían que hacerlo nada más cenar y preferían no perder el tiempo yendo a otro sitio. Edu y yo pedimos varias cosas a la plancha: imagino que unas verduras, tal vez unas gyozas y sin duda unas gambas. De las verduras y las gyozas no estoy del todo seguro pero de las gambas sí. No se me olvidarán esas gambas; y no porque tuvieran un sabor memorable sino porque la chica de mi derecha se empeñó en pelar cada gamba e ir ofreciéndomelas una tras otra. Una parte de mi quería troncharse de risa y la otra meterse debajo de la mesa. Por supuesto que las acepté y me las comí.

La conversación en la mesa fue muy interesante.

La novia de Pablo me dijo que las japonesas se sentían más cómodas entre occidentales que entre japoneses ya que podían ser ellas mismas sin tener que seguir las estrictas normas que rigen las relaciones en su sociedad. De Japón hay cosas que amo y otras que detesto. No me gusta su sentido de que el individuo deba comportarse conforme la sociedad espera que lo haga (Tatemae) en lugar de gozar del suficiente grado de libertad como para expresar lo que realmente desea en cada momento (Honne). Puede parecer que esto también ocurre en occidente (lo cual es probablemente cierto) pero allí sucede en grado superlativo. También detesto el arraigado machismo.

Mi guía en Kyoto era una chica japonesa que había vivido en España. Se llamaba Mariko (nombre imposible de olvidar, ya que es el de la protagonista de la novela de Clavell). Le pregunté abiertamente qué era lo que más le había gustado de aquí:“ La libertad de ser tú misma”, me respondió sin dudar.

Pablo llevaba un año viviendo en Japón y no me llamó la atención en qué trabajaba pero sí que estaba frustrado con su japonés. Edu le incitaba a hablarlo pero él siempre hablaba en inglés con su novia y no lo hacía solo como deferencia hacia mí. Le pregunté a cerca de la causa de esa claudicación. Me dijo que estudiar japonés era en gran medida una pérdida de tiempo porque era imposible entender a un japonés: “No importa que hables su lengua a la perfección; aunque entiendas cada palabra, nunca sabrás exactamente qué quieren decirte”. Porque ellos consideran una falta de educación dar una negativa de forma directa, por lo que dan rodeos y esperan que tú leas entre líneas lo que quieren pero sin decirlo de forma explícita. Con frecuencia, el mensaje es exactamente el contrario del sentido literal de la frase que verbalizan.

Para mí fue imposible comunicarme, sin traducción, con el resto de chicas puesto que no hablaban ni una sola palabra de cualquier idioma que no fuera el suyo. Mi japonés de Youtube servía para pedir comida en restaurantes, dar los buenos días y las gracias, decir que me gustaba el helado de café y afirmar con seguridad que “no entiendo nada” (la frase que más empleé durante 3 semanas)

La cena acabó y volvimos a quedar, esta vez sin Edu y en un restaurante más de moda, para cenar al día siguiente, en la que sería mi última noche en Japón. Fue otra noche interesante, que me permitió confirmar muchas de las sensaciones de la primera cena.

Esta vez, no pedimos gambas.

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Alguna de las fotos de la clase de Aikijujutsu

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La vez que vi nevar

Recuerdo que siempre me dejaba preparada de forma cuidadosa la ropa del día siguiente.

En la cama, esclavo de la excitación, daba infinitas vueltas intentando conciliar el sueño, que siempre tardaba en acudir. La tenue luz que atravesaba la ventana que daba a la galería, mostraba el orden ritual que regía mi diminuto cuarto.

Frente a la cama estaba la silla, dueña y señora de la escena, exhibiendo cada una de las prendas, dobladas y dispuestas de forma intencionada como si de un altar se tratara: las medias azul celeste; los pantalones blancos y cortos; la camiseta a juego con las medias, con el número cinco a la espalda; y, por supuesto, las espinilleras también azules, de plástico duro y corcho blanco. Yo tenía once años, era viernes y al día siguiente había partido.

No creo que nada me haya ilusionado tanto en mi vida como esos partidos de fútbol cuando era niño.

Hoy, que la infinita distancia del tiempo me ha alejado de aquellos días, siento que siempre he repetido el mismo patrón en todo. Tengo la sensación de haber estado interpretando una y otra vez la misma obra de teatro, pero en diferentes escenarios y con otro reparto. Dicen que la ansiedad consiste en vivir en el futuro. Con los años he aceptado que llevo habitando en el mañana desde que tengo conciencia del tiempo.

Pero no voy a hablar ni de ansiedad ni de futuro. Prefiero hablar de fútbol infantil y de pasado.

Mi primer recuerdo de este deporte es una breve escena que se repite una y otra vez en mi memoria. En ella estoy jugando con mis primos mayores en una pequeña explanada de piedras de rodeno delante de casa de mi abuela, en Náquera. Esta imagen tiene la luz de la mañana del verano y el olor a cuscurro de pan recién hecho con un poco de aceite y sal.

No consigo recordar grandes detalles, tan solo mi equipaje: todo rojo. Desconozco cómo llegué a tener un equipaje del Liverpool pero aún hoy día me emociona pensarme vistiendo aquella camiseta. Creo que nunca volví a sentir mayor ilusión por ningún otro equipaje.

En mi cole los niños empezaban a jugar a futbito a los nueve años. Esos dos primeros años yo no jugué por un motivo sencillo: no me cogieron en ningún equipo. No fue debido a que me rechazaran, sino porque creo que no se habían fijado en mí. Yo era de los que estudiaban mucho y no bajaban a jugar a la calle. Como además era muy tímido nunca me atreví a plantarme delante de uno de los capitanes de equipo y decirle “oye, que quiero jugar”. Así que durante dos años mi abuelo me estuvo llevando todos los sábados por la mañana a ver los partidos que jugaban los otros niños. Puedo imaginarme a mi yo espectador muriendo por dentro de ganas de jugar. Creo que esa deuda de dos años me persiguió siempre.

Mi suerte cambió a raíz de un trabajo de clase en grupo. Durante varios días nos reuníamos en una casa para hacerlo y después bajábamos un rato a jugar al parque. Resultó que uno de los del grupo era el capitán del “Águila” y se podría decir que me fichó.

Siempre he pensado que jugar al fútbol me salvó en muchos sentidos, porque me permitió ser aceptado. Por aquel entonces no era consciente de lo importante que es sentir que perteneces a un sitio.

Cosme, el padre de Martínez-Lluch era un entrenador genial.

Una aclaración: en el cole muchos nos llamábamos entre nosotros por el apellido, bien porque algunos nombres como el mío eran bastante comunes, bien porque era la forma en que los profesores nos nombraban.

Pero volviendo a Cosme; creo que su influencia sobre muchos de nosotros fue muy positiva. Era tranquilo, justo y jamás le vi criticar a un niño por un fallo, ni discutir con ningún padre. Su sutil labor a lo largo de los años hizo que creciera la confianza en nosotros mismos. Desconozco si fue consciente del papel tan importante que jugó.  La próxima vez que lo vea por el barrio se lo tengo que decir. 

Nuestro gran rival de la liga era el “Trafalgar”. Normalmente uno de los dos equipos acabábamos ganando la liguilla.  El capitán de este equipo era Checa, un niño estudioso aunque para nada tímido y con el que no era cómodo discutir porque siempre tenía que llevar la razón. Pese a que nos llevábamos bien quiso la casualidad que siempre estuviéramos en bandos rivales, no solo de futbito sino también de política, equipo de primera división, o lo que era más importante: de “chica más guapa de clase”.

Había dos grupos mayoritarios en clase: los partidarios de Marisol como “chica más guapa”, como era el caso de Checa, y los que opinaban que ese “honor” correspondía a Mollá. A mí me gustaban las dos. Los primeros años me gustaba Marisol aunque a partir de los doce fue destronada de mi corazoncito por Mollá, una chica más alta que yo y de ojos claros y felinos. Qué sencillo resultaba enamorarse en la niñez.

No recuerdo de forma exacta cómo surgió el debate de esta supuesta competencia de belleza, pero llegó a un punto en que Checa, extraordinariamente vehemente en todo lo que defendía, propuso un encuentro de fútbol de partidarios de una y otra para dilucidar a quien correspondía el título oficial. No creo que nadie les preguntara a ellas su opinión. Sin duda esta anécdota retrata como pocas el modo de pensar que teníamos los niños de mi generación. Al analizarlo hoy me desternillo y horrorizo a partes iguales.

 El caso es que se acabó organizando este partido entre becerros a los que les gustaba una u otra. Yo jugué en el bando de Mollá y debo admitir que soy incapaz de recordar quién ganó, lo  que indica una alta probabilidad de que perdiera mi equipo. Sí puedo evocar con nitidez dos detalles de aquel evento: que éramos ciento y la madre en cada equipo y que cada gol era celebrado como un éxtasis difícil de clasificar.

Cuando veinticinco años después nos juntamos, en una noche de exalumnos, me resultaba inevitable esbozar una sonrisa recordando ese partido cada vez que me cruzaba con alguna de las dos.

Fue un reencuentro bonito y emotivo, al que asistimos muchos. Sonrisas de nostalgia iluminaban nuestros rostros al recrear decenas de anécdotas que nos sabíamos de memoria y en las que nos corregíamos mutuamente matices olvidados por el tiempo o borrados de forma selectiva por la memoria.

Algunos de los protagonistas de estas vivencias no pudieron venir, por estar ocupados o por no estar, como Checa, que había muerto años atrás cuando iba en motocicleta, atropellado por un taxi que se dio a la fuga. Ocurrió el veintiocho de Noviembre del año de la selectividad. Él pensaba estudiar lo mismo que yo. No tengo ninguna duda de que lo habría logrado porque era listo y cabezota. Tal vez habríamos acabado trabajando en lo mismo. Quizás habríamos jugado juntos en el equipo de la facultad.

Quienes se fueron de forma tan precoz se transformaron en los héroes eternos que protagonizan las tragedias de nuestros miedos pasados.

* * *

Mi madre me despertó a las ocho. Me preparó el desayuno e hizo un fútil último intento de evitar que fuera a jugar en la mañana más fría de mucho tiempo. Me vestí de forma ceremoniosa y esperé concentrado a que mi abuelo me recogiera como cada sábado por la mañana. Conforme íbamos andando hacia el partido pude comprobar que mi madre tenía razón y era una mañana especialmente fría. Además, Valencia es uno de los sitios más fríos del planeta en Febrero, porque la humedad se mete dentro de los huesos y la sensación real de frío es mayor que en la mismísima Antártida.

Nuestro partido era el primero de la mañana y ni los padres habían venido a vernos. El gélido viento arrastraba enormes nubes de vaho que salían por nuestras bocas mientras bromeábamos simulando fumar un pitillo imaginario. Recuerdo que Esteve y Olmos esperaban en el centro del campo, junto a la pelota, pisoteando el suelo con fuerza para entrar en calor mientras el árbitro se llevaba el silbato a la boca para indicar el comienzo. Enfrente, en el otro equipo, Checa cerraba los ojos tras sus gruesas gafas y reía un comentario de alguien. Esa imagen de él riendo aquel día de invierno se quedó congelada en mi memoria.

El viento dejó de soplar. El árbitro pitó de forma enérgica y… empezó a nevar.

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Un nuevo año

Podrías pensar que intento engañarte si te digo que el año pasado, en un período de 366 días, celebré 4 Nocheviejas. Y no, no se trata de ponerme las campanadas en youtube y pasarme el día comiendo uvas, que ni siquiera me gustan.

Acepto que la primera y la cuarta Nochevieja no tienen mucha historia: fueron las normales, la del 2019 y 2020.

La tercera Noche vieja del año tuvo un poco de truco; te cuento.

En Octubre me dio por empezar a bailar Jazz. Lo sé; está de más de moda que divorciarse y correr maratones de 2300 Km, desnudo y por el desierto, pero créeme si te digo que yo de niño ya bailaba claqué; aunque en mi habitación.  Pero a lo que íbamos: La gente de la Escuela de baile hizo una versión de la Nochevieja que llamaron  Happy Jazz Year y que consistía en divertirse bailando la noche del 27 de Diciembre; igual hasta pongo el vídeo de nuestra actuación (me gusté bastante).

Vale, lo acabo de ver otra vez y tal vez no lo ponga.

Me he dejado para el final la segunda Nochevieja … porque esa sí que fue única e irrepetible.

Te pongo en situación; 11 de Septiembre, Arba Minch, Sur de Etiopía. Estaba en mitad de un viaje que recorría durante casi un mes Etiopía. LLegamos a esta ciudad tras 15 días de recorrer la frontera con Sudán del Sur, visitando las increíbles etnias que habitan la zona: Los Surma, los Hamer, Nyangatom, Karo, Gurage,…cinco mil kilómetros en todoterreno por carreteras imposibles, paisajes inolvidables y situaciones que te cortan, de forma literal, la respiración. Si crees que nada ha escapado a la globalización, vete al Sur de Etiopía, porque aún llegas a tiempo…

Pero eso es otra historia. Disculpa mi habitual  fuga de ideas. Vuelvo a Arba Minch.

Los etíopes son gente especial. Me gustan. Diría que son una cultura única: no solo inventaron el café sino que además están convencidos de que custodian el Arca de la Alianza (la de las pelis de Indiana Jones). Son gente tan original que para ellos el año consta de trece meses, doce de ellos de treinta días y uno de cinco (seis en los años bisiestos). El primer día del año para ellos es el 11 de Septiembre (el 12 en los años bisiestos). Además ellos van siete años y ocho meses  por detrás de nuestro calendario. Es decir, están en 2012 en el momento de escribir estas líneas.

Por cierto, también son peculiares con las horas. Nunca coincide la hora de su reloj con la tuya. ¿El motivo? Como al estar en zona ecuatorial  tienen más o menos doce horas de día y doce de noche, pues han decidido que la hora cero es cuando sale el sol (nuestras 6 AM),y a partir de ahí ajustan el resto del día (por ejemplo, nuestras 11:00 AM son sus 5:00 h). ¿Qué quieres que te diga? Me parece razonable.

Una costumbre típica de Año Nuevo que es que los niños dibujen una flor típica de estas fiestas que se llama abebayosh y la ofrezcan para conseguir estrenas.

Volviendo a nuestra historia: el caso es que esa Nochevieja tan especial la pasé bailando en una discoteca local con unos buenos amigos que hice en el viaje. Dicho así suena muy normal, pero no lo fue en absoluto. Unos días antes había habido una serie de atentados contra altos mandos del ejército y se había decretado el toque de queda. Se respiraba cierta tensión en las calles. Estuvimos a punto de no salir (sin duda habría sido lo más prudente); pero teníamos unos fixers (enlaces locales)  muy capacitados y de total confianza, que tras valorarlo e informarse nos dijeron que era seguro. No hubo ningún atisbo de problema y fue una experiencia emocionante ver a la gente local dándolo todo en la pista de baile. A las doce en punto, en lugar de nuestras típicas campanadas, todo el país canta y baila una canción a modo de Himno de Año Nuevo (abebayewosh, de Teddy Afro).

Pelos de punta.

 

 

 

Si haces click en la foto (dibujo de la flor Abebayosh con el “Feliz Año 2012” escrito en Etíope) la podrás oír en Youtube.

 

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Thom Yorke y el helado de café

 

La horchateria de mi barrio es un lugar tranquilo. Está situada en medio de un parque y deliciosamente orientada hacia una calle por la que siempre entra la brisa con olor a mar. Si el calor es insoportable en el resto de la ciudad, no dudes que en  “La Chufera”, podrás respirar e incluso puede que tengas demasiado fresco.

Como tantas otras noches veraniegas de entre semana, me había bajado a tomar un helado, ignorando de forma voluntaria el reloj y negándome que trabajaba al día siguiente.

Esos pequeños momentos íntimos son parte de mi refugio antiaéreo frente a la vida modo rueda de hámster. Intento escuchar una  música que signifique mientras me recreo en cada pequeña degustación del helado, decidido a saborear cada instante de paz interior. Es mi momento heladofullness.

 

Thom Yorke me susurraba a través de unos auriculares bluetooth nuevos, de esos de moda que son la mínima expresión, mientras me embriagaba de brisa marina en una mesa apartada.

Por el motivo que sea, hay días en que llamamos la atención de toda la gente que se nos cruza.

Pues resulta que aquella noche yo no pasaba desapercibido. Podría mentir y contar que lo atribuí a que el apetitoso helado generaba envidias comprensibles. Pero lo que en realidad pensé fue: “Hoy debo estar que me salgo porque todas me miran (de hecho, todas y todos)”.

Una vez reafirmada mi autoestima, me volví a sumergir en la música de Thom y no pude evitar recordar el concierto que le vi hace apenas dos semanas.

Yorke se presentó en Bilbao vestido tan solo con su genialidad y su talento. Renunció a la armadura de los grandes éxitos de su anterior vida, con Radiohead y se lanzó al ruedo a reivindicar que, como dijo Einstein, “solo no se equivocan quienes no intentan nada nuevo”.

En un espectáculo de sonidos íntimos, gracias a su maestría en diferentes instrumentos, a una voz única y con una presencia escénica inesperada, este genio de la música me llegó a lo más profundo. Yorke me pareció maravilloso.

 

 

Estaba ordenando estos pensamientos cuando sentí la necesidad de ponerlos por escrito. En el mismo momento en que abrí el cuaderno de notas percibí un reflejo azulado instantáneo sobre el papel, que delató el parpadeo de luces que, parece ser, emiten mis auriculares con bastante frecuencia. Después de todo, tal vez esa noche no estaba yo tan atractivo como pensaba.

Cogí el bolígrafo de algún hotel (me encantan, son los mejores bolis del mundo) y empecé a alternar frases existenciales y cucharadas hiperglucémicas.

No suelo escribir cuando como helado porque se derrite y pierde gran parte de la gracia. Esta frase puede parecer (y es) una obviedad, pero a mi criterio, encierra una cierta enseñanza: El “momento” lo es todo; y si demoras en exceso comerte el helado que tanto deseas, éste desaparece.

De esta forma, y antes de lo deseado, llegué a la última cucharada de helado sabor a Thom, que me sorprendió resumiendo lo que había aprendido de su valiente concierto: si quieres vivir el presente, debes de abandonar el pasado.

 

Clicka la imagen y disfruta de la música y las letras de Thom.

Clicka la imagen y disfruta de la música y las letras de Thom.

 

 

 

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Fresas sin nata

 

 

El recuerdo del momento preciso

que el umbral sin retorno traspasa.

La ciega ilusión de tu abismo.

La brisa salada.

 

 

El nudo marinero, tu mirada,

que trenza nuestros cuerpos por destino.

La nave a la deriva sin ancla.

Las uvas sin vino.

 

 

Cálidos besos de sol en el alma.

El vértigo de dudas e ilusión;

Las negras nubes de amor y drama.

Pura contradicción.

 

 

Noches contigo, eternas veladas;

Tus rincones, altares de pasión.

Noches sin ti, infiernos de la nada;

Tus labios, mi religión.

 

 

Te culpo de la mente extraviada

Pensándote, eclipso el presente.

Cautiva, mi alma; la razón, presa;

mi vida, ausente.

 

 

El adiós, inevitable certeza.

Anhelar tu voz en cada llamada.

No olvidar, infinita tristeza.

Las fresas, sin nata.

 

 

 

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Azahar

La mañana naranja,
borrachera de azahar y día.
Regreso a la casa,
ebrio hasta el alma de vida.
La Luna me regala
una de esas sus sonrisas.
La acepto y me desarma;
Capitulo todas mis prisas.
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La clase de Judo

Recuerdo con nitidez mi primera clase de Judo. Yo tenía 8 años y los olores, sensaciones y, en especial, cada estruendosa caída de un alumno sobre el tatami se me presentaban envueltos en un halo de magia.

Pili se cruzó en mi vida unos pocos años después, al entrar al instituto. Creo que no tardé ni diez segundos en enamorarme de ella hasta las entrañas, con la intensidad con que sucede todo en la adolescencia; con el ímpetu que torpedea mi racionalidad de tanto en cuanto.

Pasé cerca de un año pensando en cómo dirigirle la palabra, merodeando de forma furtiva frente a su portal para coincidir casualmente con ella y, por supuesto, soñando despierto que me fundía en un beso infinito con sus labios. Lo cierto es que apenas le hablé, nunca me tropezó y, desde luego, jamás nos besamos.

Al año siguiente se unieron a la clase de Judo un par de alumnas nuevas. Una de ellas era Pili. No recuerdo asistir en toda mi vida a una actividad tan motivado como lo hacía a Judo por aquel entonces. La vida me regalaba cada martes y cada jueves hora y media de miradas furtivas, de conversaciones no forzadas y, sobre todo, de contacto cuerpo a cuerpo cuando las técnicas lo exigían. Nunca nadie se sintió tan afortunado de ser objeto de inmovilizaciones, luxaciones de codo y estrangulaciones. ¿Acaso podía haber algo más romántico que ser apresado, de forma literal, por la chica que te gustaba? Siempre pensé que lo que me evitaba escaparme no era el nudo de su cuerpo alrededor del mío sino el hechizo de su mirada almendrada clavada en mis pupilas mientras ella simulaba indiferencia. Creo que durante años busqué esa mirada en otros ojos.

Pero si hay algo que me vinculó a ella para siempre, fue su aroma. Tarde tras tarde salía de clase empapado de ella. Hasta que un día decidí buscar su colonia en el Corte Inglés y, tras emborracharme degustando fragancias, hallé la suya. Desde entonces, cada vez que iba al centro, me desviaba a la sección de perfumería y me rocíaba de Pili. Era una especie de masturbación olfativa.

Aún recuerdo el nombre de la colonia.

Yo siempre fui (y sigo siendo) un gran tímido. Sin embargo, al final de ese segundo año junté el valor suficiente, con la determinación que otorga la desesperación de perder a quien amas, para declararle mi amor.

De esta forma, me concedió una vuelta romántica al perímetro vallado del Instituto durante el cual le desnude mi alma atormentada. Por lo que me contó, entendí que le había gustado bastante, me dolió que me advirtiera que las chicas de clase confundían mi timidez con desinterés por el sexo opuesto, y, al final de la conversación, destrozó mis ilusiones al confesarme que ese mismo verano había empezado a salir con un chico de dieciocho años; tres más que yo y tres más que ella…

Aprendí que si deseas algo tienes que apartar tus miedos y pelearlo sin titubeos.

Las palabras que cambian las historias son aquellas que se pronuncian en el momento adecuado, y ni un solo segundo más tarde. Porque los momentos que pasan se llevan las oportunidades.

Todas las grandes películas tienen una secuela, y la nuestra, aunque quizá no fuera una gran historia, tuvo la suya, si bien tuvimos que esperar algunos años.

Durante los siete últimos años habíamos perdido el contacto. Yo estaba en la universidad y creo que ella trabajaba con su padre. No recuerdo la manera en la que contactó conmigo, pero el caso es que una tarde de Mayo quedamos a tomar un café delante mismo de nuestro antiguo instituto. Ella seguía con el mismo chico de entonces y, según deduje, le habían asaltado los fantasmas del pasado: mi recuerdo.

Todos dudamos en algún momento de ciertas decisiones tomadas: entre lo que pudo haber sido y lo que elegimos que no fuera. A ella le llegó en ese momento y necesitó enfrentarme para romper el conjuro de mi memoria.

Tras un rato de romper el hielo y superado el “momento rescate” de su mejor amiga, a la que despachó con seguridad y sin dudarlo, encaramos sin rodeos el mundo de las relaciones, las expectativas y las decepciones.

No sé si resolvió sus dudas o si, por el contrario, las aumentó al comprobar que ya no me quedaba sin palabras en las distancias cortas. Percibí que se sintió a gusto, al igual que me ocurrió a mí. Al final de la tarde, le quitamos trascendencia al encuentro cenando como amigos en el chino del barrio y permitiendo que la noche transcurriera entre risas y recuerdos. Hasta que se nos hicieron las doce. Hasta que fue mi cumpleaños. Tengo la convicción de que la vida te concede muchos de tus deseos. Otra cosa es que lo haga en el momento o en la forma en que habías imaginado. Sea como fuera, agradezco que esa cena fuera el mejor regalo de aquel cumpleaños tan especial.

Nunca más volvimos a hablar.

 

*    *    *

 

En la puerta del gimnasio de Judo había unos bancos donde con frecuencia nos juntábamos los niños del barrio a comer pipas y a hablar de nuestras cosas: chicas y fútbol.

Pedro no era amigo mío. Le conocía porque vivía en mi calle y, aunque admito que era bastante bueno jugando al fútbol, no me acaba de caer bien del todo por ser algo prepotente. Recuerdo, aunque de forma algo desdibujada, un día; una conversación intranscendente en uno de esos bancos. Tengo grabada a fuego en la memoria su carita de niño de diez, tal vez once años. Si soy capaz de recordar esa escena es debido a lo que sucedería pocas semanas después. Un domingo, Pedro acompañó a su padre y al novio de su hermana a pescar. No volvieron.

Pedro es para mí la bofetada de despertar a la realidad. Él es la conciencia de mi mortalidad. Creo que hay momentos que son puertas sin vuelta atrás: nos cambian para siempre.

 

*   *   *

 

Tal vez las amistades habituales de Pedro no fueran las mejores, pero al menos no eran ni “el Oscar” ni “el rata”, los matones de la calle.

“El rata” vivía a dos patios de mí. Su madre era puta. Su padre era borracho y yonkie. Su padre murió años después de una sobredosis, al igual que le acabaría sucediendo a él. Su madre siguió en el barrio varios años más.

“El Oscar” vivía al otro extremo de la calle. Nunca lo conocí en profundidad y no creo que me perdiera nada esencial.

Ambos podían pegarte si te cruzabas con ellos en un mal momento. Cualquiera de ellos te podía atracar si necesitaba dinero. Para los niños del barrio era una realidad aceptada que nunca nos cuestionábamos. Tal vez hoy me preguntaría qué estaba fallando para que unos niños de mi misma calle se drogaran y vivieran en la violencia. En aquella época solo me preguntaba por qué calle ir para no cruzármelos.

Que un día tenían que acabar enfrentándose entre ellos era algo inevitable. Aunque no presencié la pelea, la historia pasó de boca en boca. Fue uno de esos acontecimientos relevantes de un barrio que nunca aparecen en las crónicas escritas.

“El rata” era bajito pero rápido. “El Óscar” era alto, delgado y para nada lento. Cada puñetazo circular que Óscar dirigía a la cabeza de su rival, éste lo esquivaba agachándose. A continuación “el rata” le castigaba el abdomen con un gancho corto y explosivo. Eso funcionó tres o cuatro veces seguidas. Hasta que Óscar le aprendió el truco. Y le esperó. Amagó otro circular alto y cuando “el rata” se agachaba le lanzó un gancho ascendente que impactó en plena cara. El resto de la pelea fue un monólogo de Óscar. Una orgía de violencia. Un castigo excesivo.

No recuerdo nada más de “el rata”, sin embargo a Óscar lo seguí viendo después de aquella pelea: cuando se apuntó a mi clase de Judo.

La primera vez que entró en clase casi se me cae el cinturón al suelo. Poco a poco se fue adaptando a la dinámica de clase y debo decir que nunca tuve ningún problema especial con él. Al menos, hasta aquel día.

La disciplina no era su mayor virtud. Disciplina y respeto son dos de los pilares fundamentales de las artes marciales japonesas. En una de las ocasiones en que rompió ambas fue castigado por el profesor. Los castigos no eran especialmente duros, pero eran castigos. Normalmente eran dar vueltas en cuclillas a la clase, o realizar series de flexiones. Sin embargo, esta vez la falta tenía que ver con haber empleado exceso de violencia con un compañero, por lo que el castigo aplicado fue atípico y más duro que de costumbre. Consistió en poner al castigado frente a toda la clase y que cada uno de los alumnos le proyectara al suelo mediante una técnica, de forma controlada y segura. De esta forma, uno tras otro, cada compañero le fue derribando. A mí me tocó de los últimos debido a mi antigüedad.

Una duda me inquietaba mientras esperaba mi turno. Por una parte, no quería emplear demasiada fuerza porque nunca fue mi política enemistarme con quien me puede pegar. Por otro lado, ser excesivamente blando descubriría mis miedos ante el profesor, ante el propio Óscar y, por supuesto, ante Pili.

Como no tenía claro qué actitud tomar, me planteé fluir.

Llegados a este punto debo comentar que nunca he sido de los que fluyen con la vida. Es más, cada vez que lo intento, acaba en desastre.

Así pues, llegó mi turno y decidí…fluir.

Ni que decir tiene que me salió una de las mejores proyecciones de toda mi vida. El tipo de proyección que quería evitar a toda costa. Tuve la extraña sensación de saber que me estaba inmolando pero que la perfecta belleza del movimiento lo merecía. Lo cierto es que, literalmente, lo estampé.

El estruendo de su cuerpo contra el tatami contrastó con el silencio sepulcral que se adueñó de la sala. El enrojecimiento de incomodidad de mi cara resaltaba la palidez de la cara de Óscar, que viró a rojo de ira en cuestión de segundos.

Siempre esperé su venganza. Sin embargo, ésta nunca llegó.

Durante un tiempo creí que con mi insensatez había logrado, de forma no buscada, ganarme su respeto. Hoy, estoy convencido de una explicación más simple: en su lista de afrentas pendientes de venganza, la mía era insignificante.

 

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Niños de nuestra misma edad

Esta historia contiene escenas desagradables. Si se considera un lector susceptible debería madurar, porque ya tenemos una edad.  Avisado queda.

A veces, cuando  voy al aseo en el trabajo, me acuerdo de Isidro.

Siempre he pensado que el estado en que se encuentran los aseos son un fiel reflejo de la   realidad que se esconde en un lugar, sea éste un restaurante, un domicilio o un país. Seguro que es un análisis muy simplista, pero yo lo considero un spoiler de lo que me voy a encontrar en ese sitio o en esa gente.

Resulta que, cada cierto tiempo, en los aseos de mi trabajo me tropiezo con un asqueroso moco verde pegado a la puerta, paredes o soporte del papel higiénico. Cuando esto ocurre, de forma inevitable, todas mis reflexiones más profundas pasan a un segundo plano y en mi conciencia visualizo en modo pausa, el rostro sonriente y angelical de un niño mellado de unos siete años, de pelo rubio y rizado, y de ojos azul intenso algo descoloridos por el tamiz de la memoria: Isidro.

No recuerdo cuando coincidimos en clase por primera vez. Debió de ser unos tres años antes de aquel día. Y seguro que seguí viéndolo durante los siguientes años. Pero a efectos de mi memoria, se quedó atrapado para siempre en ese preciso instante.

Isidro era, excepcionalmente ese día, mi compañero de pupitre. Habíamos estado toda la mañana haciendo las  tareas que la señorita nos había ordenado: probablemente pintar algún dibujo con las Plastidecor o tal vez completar la tabla de multiplicar del cuatro. Qué se yo. Lo que sí recuerdo con claridad era que en el momento en que me giraba hacia él, sea lo que fuera que iba a comentarle, mi voz se paralizó y la escena que presencié se quedó congelada en mi retina: de forma natural, con la maestría que se adquiere con la práctica diaria, se había metido el dedo medio hasta el hipotálamo y había excavado hasta extraer un enorme moco verde, de esos que tienen personalidad propia.

Puedo rememorar al detalle cómo permanecía ensimismado adorándolo, ajeno a mi presencia, distante del resto del planeta, con toda su voluntad secuestrada por la criptonita nasal. Durante un instante desvió el par de enormes ojos azules hacia mi mirada y esbozó una sonrisa medio inocente medio maligna, pero rotundamente de triunfo, tras la cual devolvió con rapidez la atención a su tótem.

Llegados a este momento ambos sabíamos que la escena solo tenía dos finales posibles.  Isidro se recreó en la elección y, tras apurar el tiempo muerto, optó por no ingerirlo. Como alternativa y, con toda la pompa que merecía la ocasión, decidió untar con él la pared. El resultado fue una decoración que, contra todo pronóstico, perduró durante meses en aquella clase y para siempre en mis recuerdos.

A menudo me maravillo del funcionamiento de la memoria, de cómo podemos hacer instantáneas  de los momentos más inesperados y de que esas escenas nos persigan el resto de nuestras vidas. Una vez leí que estos recuerdos que el cerebro graba a fuego, son considerados información de vital importancia para el futuro… ¿Seguro? ¿Un moco verde pegado a una pared? ¿En serio?

 

El caso es que Isidro se ganó por acciones como ésta, la fama de guarro “nivel pro”. Porque tal vez en otras cosas no, pero en estas lides, era un virtuoso.

 

Pasaron veintitantos  años desde entonces y, una noche, nos reunimos gran parte de los ex compañeros de primaria. Nos pusimos al día de nuestras miserias y reímos escenas desvirtuadas por el paso del tiempo y la melancolía. Él no vino pero fue protagonista en más de un corrillo. Me contaron que tiempo atrás se había juntado con malas compañías y había terminado atracando bancos y habitando cárceles. Un destino compartido por alguno de los niños de ese curso, de mi mismo colegio, de mi propio barrio. En mi mente seguían siendo rostros de niño. Y aunque puede que alguno ya apuntara maneras, sinceramente, me resultaba difícil imaginarlos empuñando un arma y viviendo en la violencia. Y, de entre ellos, a quien menos podía creerme, era a Isidro. Porque por muchas historias que me contaran, y que sabía reales, cada vez que pensaba en él seguía viendo a un crío inofensivo decorando paredes de verde esperanza.

Desde entonces, nos hemos reunidos varias veces, aunque cada vez acudimos menos.  Y siempre, durante unos instantes, les concedemos unos minutos de protagonismo no buscado. En toda reunión nunca falta alguien que cuente la escena de ellos saliendo del banco y perdiendo parte del botín por el camino.  Siempre alguno de nosotros, con un brillito infantil en la mirada, evoca el momento en que Sebas vuelve  a por el dinero robado y lo atrapan. Hablamos de ellos con respeto y, me atrevería a decir, que incluso con un punto de admiración. Porque en la época y lugar en que crecimos, la delincuencia no estaba tan alejada de nuestro día a día como me lo parece hoy. Pero quizá sea porque me esfuerzo en ser un ciego voluntario  que trata de alejarse de la cloaca que subyace en cada rincón de nuestra sociedad.

Sea como fuere, estoy seguro de que en la próxima reunión volveremos a recordarlos y contaremos, mientras esbozamos una sonrisa de complicidad, las mismas historias de siempre. Aunque todos nos las sepamos de memoria. Aunque sigamos sin aceptar del todo que fueran protagonizadas por niños con quienes compartimos el pupitre. Niños, como Isidro, de nuestra misma edad.

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Once cosas

 

Cinco cosas que me ponen triste:

El olor a castañas asadas, porque le encantaban a mi abuela.

La canción “The suburbs” de Arcade Fire, porque la cantaba en el coche con una persona a la que hice daño.

El olor a menta de los collares de perro, porque cuando abracé por última vez su cuerpo peludo y esponjoso, llevaba uno recién puesto.

Coincidir  en mi ascensor con el enterrador de mi abuela.

Londres, porque fue nuestro último viaje.

 

Cinco cosas que me alegran:

El olor a castañas asadas, porque le encantaban a mi abuela.

Que Nacho me dé un abrazo de oso cuando nos vemos cada varios meses.

Despertarme y ver una foto de ella, con sus orejas caídas, en la mesita de noche.

La canción “Ready to start” de Arcade Fire, aunque en sus conciertos me emocione como un gilipollas, porque, ahora sí, estoy preparado para empezar.

Los festivales de Jazz al aire libre.

 

Una cosa que lo arregla todo:

La forma en que me miras.

 

 

 

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Belchite, el viejo

Creo en el destino. Pese a que admito que científicamente es absurdo, tengo la creencia de que el universo conspira para conducirnos hacia ciertas personas y, en ocasiones, ciertos lugares. Hoy, apenas unas horas después de que todo ocurriera, pienso que el destino, y no otra causa, es el responsable de que fracasaran todos mis planes alternativos  y, de forma inesperada, acabara en el coche de Tony camino del curso de fotografía nocturna en Belchite.

Tras tres horas de canciones «remember-de-los-90» por paisajes terrosos y desolados, salpicados de caserones y estaciones de tren abandonados, llegamos a nuestro destino final.

La primera sensación inquietante la había tenido en una de las muchas curvas del camino. Intuí que era más cerrada de lo esperado y pude avisarle a tiempo para que frenara. Lo sorprendente es que el coche que venía en sentido contrario invadió nuestro lado y fue por cuestión de centímetros que solo se quedara en un buen susto.

El segundo aviso lo advertí cuando íbamos a poner en práctica la teoría aprendida durante la tarde.  Nada más entrar en Belchite el viejo, pueblo que quedó devastado tras una encarnizada batalla casa por casa durante la Guerra Civil, saltaron todas las alarmas de mi subconsciente. Mientras todo el grupo rodeaba a la guía responsable escuchando sus recomendaciones y prohibiciones sobre qué no hacer en las maltrechas ruinas, mi mente trascendía la práctica de iluminación fotográfica prevista y empezaba a centrarse principalmente en el lugar tan especial por el que íbamos a deambular durante toda la noche. Una repentina sensación de deja-vu y el súbito escalofrío que me recorrió el espinazo, pese a no ser una noche tan fría como se esperaba, desviaron definitivamente mi atención de la interesante explicación que daba Mario, el profesor de fotografía.

En la primera parada, frente a la cruz, junto a la Torre del Reloj, me uní al grupo mientras se realizaba la fotografía, pero pronto empecé a agobiarme debido a lo numeroso que era. En fotografía nocturna se considera que tres es demasiada gente y a partir de cuatro, una multitud de la que huir. Éramos diecinueve. Además, hace tiempo que acepté que soy un insocial potencialmente sociable, esto es, que pese a que puedo parecer casi sociable en las distancias cortas, me comporto como un tímido convencido en los grupos grandes.

Es por este motivo que cuando vi a un alumno hacer un sigiloso mutis por el foro, le seguí. Me llevaba bastantes segundos de ventaja por lo que tardé unos cuarenta metros en alcanzarle. Cuando llegué a su altura ya había doblado la esquina, perdiendo el contacto visual con el grupo.  La luz fría y titilante de su frontal ocupaba todo el ancho de la polvorienta calle, proyectando sombras chinescas en las derruidas fachadas y violando el interior de las catastróficas moradas a través de lo que antaño fueron puertas y ventanas.

Mi silenciosa y falta de luz llegada le dio lo que podría definirse como un susto de muerte. Justifiqué mi torpe falta de sensibilidad escudándome en que mi visión nocturna es magnífica, por una parte, y en que, además, soy un convencido de que la luz nos vuelve ciegos; la mejor forma de ver en la oscuridad es apagar toda luz artificial y confiar en la naturaleza de tus ojos. Bueno, también admito que, en parte, la luz de su frontal me servió de guía.

Sea como fuera, acabé sumándome a su fuga fotográfica. Parece ser que había tardado una sola foto en darse cuenta de que tendría que elegir entre no perderse las explicaciones de Mario o hacer una fotografía decente en Belchite, lo cual solo era posible si se alejaba de la interferencia del resto. Si una ventaja tiene estar en un grupo superpoblado es que es más fácil desaparecer de forma inadvertida.

Se dirigía hacia la Iglesia de San Martín, uno de los escenarios icónicos. Carlota, nuestra guía-protectora-vigilante, la llamaba “la iglesia de Iker Jiménez” por la cantidad de historias paranormales que adornan la leyenda del lugar.

Para los profanos, la fotografía nocturna se podría resumir en cuatro líneas: La noche esconde la hermosura de algunos lugares, por lo que la pasión de un fotógrafo nocturno consiste en desenterrar esa belleza oculta bajo la oscuridad mediante la luz de linternas, flashes, Luna y estrellas y dejar constancia de ese rescate en una fotografía.

El chico se llamaba Pedro y por cómo se desenvolvía mientras encuadraba, ajustaba parámetros y era incapaz de poner en marcha el flash, me quedó claro que tenía más ganas y determinación que no experiencia en este tipo de fotografía. Me dispuse a ayudarle con el dichoso flash cuando me asaltó el tercer presentimiento malo de la noche: un sonido de campana lejana se escuchó hasta un total de tres tañidos, distantes y apagados, pero evidentes.

–¿Has oído eso, Pedro? Creo que tal vez no sea tan buena idea habernos alejado del grupo. Este sitio parece…hostil. –Dije verbalizando mi inquietud.

– No creo que sea un sitio hostil. Simplemente es tu sugestión por todo lo que se ha contado sobre este lugar. Por otra parte siempre que se está en medio de la noche y alejado de la rutina se tiene un cierto sentimiento de vulnerabilidad. De todas formas mi intención es solo hacer una foto digna y nos volvemos con el grupo. Ayúdame y acabaremos antes. –Me respondió con una seguridad en sus palabras que la vacilación en su voz no hacía totalmente creíble.

– Te ayudo y nos largamos rápido de aquí. No me gusta nada este sitio. –Concedí.

Comprobó la estabilidad del trípode. Revisó de nuevo los parámetros y me acercó un disparador conectado a su cámara. Me  dijo que simplemente le diera al botón una vez que él me avisara desde dentro de la Iglesia. De esa forma mientras la foto se realizara, a lo largo de dos minutos, él iría activando flashes y linternas para ir vistiendo de color la desvencijada estructura. Dicho lo cual desapareció en el oscuro interior.

A los pocos segundos percibí destellos aleatorios conforme realizaba las pruebas de iluminación. En cada fogonazo me parecía descubrir sombras extrañas, que a pesar de atribuirlas a mis miedos no me dejaban indiferente.

– ¡Avísame cuando quieras que apriete!– Le grité.

Puse toda mi atención en escuchar cualquier sonido proveniente del interior del edificio, que mostraba ahora una oscuridad impenetrable. El silencio se adueñó de todo.

Todos mis sentidos estaban a flor de piel. Estaba a punto de decirle que se saliera de allí cuando sentí una presencia detrás de mí. En el mismo momento en que me giraba para mirar, una voz femenina me habló en tono de reprimenda.

– ¿Qué haces aquí? Tú no deberías estar en este lugar. –Su piel era pálida, su gesto de enfado pero con un fondo de comprensión y, hasta diría, que ternura. Como si se compadeciera de mí. Creo que esa expresión de cierta pena fue lo que sofocó mi gran susto inicial. Cuando mi corazón dejó de galopar fui consciente de su juventud y de cómo la blancura de su rostro reflejaba la mínima luz de la luna creciente.

– En realidad estoy intentando ayudar al chico que está ahí dentro. –Le respondí.– ¿Quién eres tú y por qué estás aquí? –le pregunté con una mezcla de curiosidad y miedo.

– Soy de aquí. Una de las encargadas de que la gente como tu acompañante no sufra accidentes innecesarios –contestó con condescendencia– Pero lo importante –continuó– no es quién sea yo sino el riesgo real que corre él ahí dentro. Las lluvias del martes han deteriorado más si cabe este edificio. Podría venirse abajo en cualquier momento. ¡Debes sacarlo de ahí cuanto antes! ¡Ah! Y no dejes que nadie más entre…¡Date prisa!…ahí llegan todos los demás…

Inconscientemente giré un segundo la cabeza hacia el grupo que avanzaba por la calle en dirección hacia nosotros.

– Te prometo que lo voy a sacar inmediatamente, aunque tenga que entrar a por él. –le dije con determinación mientras me volvía para buscarla con la mirada.

Pero se había desvanecido.

Me sobresalté tanto que inconscientemente me eché atrás y tropecé con la cámara, que cayó al suelo con gran estrépito. El sonido amplificado por el eco de la iglesia hizo salir alarmado a Pedro. Apenas había abierto la boca para gritar horrorizado por el accidente de su preciada cámara cuando un ruido ensordecedor salió del interior envolviéndonos en una nube de polvo. Algo se había derrumbado dentro de la Iglesia.

Alarmados, los del grupo corrieron hacia nosotros.

–¿Qué ha pasado? –Preguntó Mario con gesto de profunda preocupación.

–Se ha derrumbado una de las paredes de la Iglesia y me habría pillado dentro si no llega a ser porque él … –dijo Pedro señalándome.

–¿Quién? –le preguntó Mario.

 

 

 

 

 

«Pueblo viejo de Belchite,

ya no te rondan zagales,

ya no se oirán las jotas que

cantaban nuestros padres»

 

 

 

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