Diez guantazos

En el momento en que el camarero nos trae los cafés comienza a sonar la cancioncita. Hace meses que la dictadura del  marketing me obliga a escucharla en todas partes. Hasta provocarme la nausea. Hasta hacer que me odie por sorprenderme un día tarareándola.

Se lo confieso. Para eso están los amigos. Y, entonces, comparte su teoría conmigo.

– En esta vida –me cuenta– deberíamos llevar de serie la posibilidad de dar diez guantazos bien dados, sin penalización legal ni kármica.– Y se recuesta en la silla de mimbre, plenamente satisfecho de sí mismo.

– Estoy de acuerdo –concedo tras reflexionar un sorbo de café.–  Uno de los míos se lo llevaba el que canta esto.

Me mira con gesto serio y puntualiza: Pues yo le regalaba al menos tres.

Lo cierto es que ha sido una semana más difícil que la media. Vale. Lo acepto. No me ha pasado nada realmente grave. Mi irritación subyacente sería ridículamente inapropiada frente a cualquiera de los dramas que nos rodea en cada instante en cada lugar. Pero permitidme ser un egoísta insensible durante unas pocas líneas.

Me he sentido como corriendo en el desierto, pendiente arriba y con una piedrecita puñetera en la zapatilla. He recurrido a todos mis mantras y sólo el último de ellos ha recuperado mi ánimo. Luego os digo cuál es, por si lo necesitáis alguna vez.

El caso es que en este ambiente de confesiones me decido a contarle uno de los momentos clave de mi vida. Algunos lo pueden considerar un sueño aunque yo sé que fue mucho más.

Sucedió hace años. Y Nunca recordé como empezaba. Pero lo cierto es que, vagando en sueños, acabé frente a una presencia. Un mago. Con su hábito y su báculo. Y por supuesto su sombrero y su barba de hipster.

– Ostras, ¡tú eres Gandalf el Gris!– (nota: Yo ya me había leído el libro, pero como la peli aún no había salido, mi Gandalf era diferente del que hoy imagino).

– ¿Quién?

– El mago, hombre– dije perdiendo entusiasmo.

– Vale chaval (ya he dicho que hacía muchos años), lo que tú quieras. Pero a lo que vamos. Ejemp, ejemp –se aclaró la voz– Soy la respuesta a tus deseos –me dijo con aire solemne.

Lo miré de arriba abajo y constaté que ni de lejos tenía la apariencia objeto de mis más escondidos deseos.

– Mejor te explicas, por favor– le dije empezando a perder la paciencia.

– Ufffff –dijo cogiendo aire y preparándose como si fuera la enésima vez que le tocaba repetir el sermón ante un vulgar humano– ¡Enhorabuena, has sido elegido!– dijo con tono histriónico y un rictus de entusiasmo muy poco creíble.

– ¿Para qué he sido elegido?– dije con la desconfianza de los que jamás nos presentamos voluntarios a nada, ni a lo bueno.

– ¡Para poder escoger tu vida!¿te parece poco?–hizo una estudiada caída de ojos de desprobación y siguió con su rollo de vendedor de biblias– La mayor parte de la gente no puede elegir la vida que quiere tener aunque crea que sí. Pero tú puedes saltarte tu destino. Eres un privilegiado.

– ¿Y por qué yo?

– La vida no es justa o injusta. Simplemente, es. Hoy te toca esto…la próxima ya veremos.

– Y qué opciones tengo para elegir – acepté pasando a modo pragmático.

– Bien, me quedan dos tipos de vida en stock. En la primera, serás una estrella del pop. Es decir, montañas de dinero fácil, éxito, montones de mujeres espectaculares, ser aclamado y deseado. Aunque claro, la contrapartida es que no serás un artista (ni te importará), serás más ignorante que la media y las mujeres que tendrás…en fin, serán adecuadas a tu nivel. Tampoco sabrás valorar lo que significa trabajar para vivir.

– ¿Y la otra opción?

–La otra es una vida en la que tendrás que currártelo todo. Cantando mal y como máximo en el coche. Nunca serás rico. Tendrás pocos amigos, unos muy buenos y alguno que te fallará. Tú también fallarás a algunas personas. Y de cultura, pues lo justo, aunque claro que más que de la otra forma…

–Lo de la cultura no me preocupa mucho en este momento. Chicas. Háblame del tema chicas.

–Pues esta opción incluye pocas mujeres aunque especiales.

Me quedé pensativo. –¿Admites regateo?– probé.

–Ni de broma. Y si te pones exquisito me largo.– respondió frunciendo el ceño.

–¿La gente qué suele elegir?– (Yo todavía era joven e inmaduro y me influía lo que pensaban y hacían los otros. Ahora sólo soy inmaduro).

– Si pueden, escogen la primera. Esta misma mañana la ha elegido Enrique, el hijo de Julio Iglesias.

Y me decidí.

¿Mi mantra infalible? Ver este clásico.

https://youtu.be/exRyDWMuuqY

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