La clase de Judo

Recuerdo con nitidez mi primera clase de Judo. Yo tenía 8 años y los olores, sensaciones y, en especial, cada estruendosa caída de un alumno sobre el tatami se me presentaban envueltos en un halo de magia.

Pili se cruzó en mi vida unos pocos años después, al entrar al instituto. Creo que no tardé ni diez segundos en enamorarme de ella hasta las entrañas, con la intensidad con que sucede todo en la adolescencia; con el ímpetu que torpedea mi racionalidad de tanto en cuanto.

Pasé cerca de un año pensando en cómo dirigirle la palabra, merodeando de forma furtiva frente a su portal para coincidir casualmente con ella y, por supuesto, soñando despierto que me fundía en un beso infinito con sus labios. Lo cierto es que apenas le hablé, nunca me tropezó y, desde luego, jamás nos besamos.

Al año siguiente se unieron a la clase de Judo un par de alumnas nuevas. Una de ellas era Pili. No recuerdo asistir en toda mi vida a una actividad tan motivado como lo hacía a Judo por aquel entonces. La vida me regalaba cada martes y cada jueves hora y media de miradas furtivas, de conversaciones no forzadas y, sobre todo, de contacto cuerpo a cuerpo cuando las técnicas lo exigían. Nunca nadie se sintió tan afortunado de ser objeto de inmovilizaciones, luxaciones de codo y estrangulaciones. ¿Acaso podía haber algo más romántico que ser apresado, de forma literal, por la chica que te gustaba? Siempre pensé que lo que me evitaba escaparme no era el nudo de su cuerpo alrededor del mío sino el hechizo de su mirada almendrada clavada en mis pupilas mientras ella simulaba indiferencia. Creo que durante años busqué esa mirada en otros ojos.

Pero si hay algo que me vinculó a ella para siempre, fue su aroma. Tarde tras tarde salía de clase empapado de ella. Hasta que un día decidí buscar su colonia en el Corte Inglés y, tras emborracharme degustando fragancias, hallé la suya. Desde entonces, cada vez que iba al centro, me desviaba a la sección de perfumería y me rocíaba de Pili. Era una especie de masturbación olfativa.

Aún recuerdo el nombre de la colonia.

Yo siempre fui (y sigo siendo) un gran tímido. Sin embargo, al final de ese segundo año junté el valor suficiente, con la determinación que otorga la desesperación de perder a quien amas, para declararle mi amor.

De esta forma, me concedió una vuelta romántica al perímetro vallado del Instituto durante el cual le desnude mi alma atormentada. Por lo que me contó, entendí que le había gustado bastante, me dolió que me advirtiera que las chicas de clase confundían mi timidez con desinterés por el sexo opuesto, y, al final de la conversación, destrozó mis ilusiones al confesarme que ese mismo verano había empezado a salir con un chico de dieciocho años; tres más que yo y tres más que ella…

Aprendí que si deseas algo tienes que apartar tus miedos y pelearlo sin titubeos.

Las palabras que cambian las historias son aquellas que se pronuncian en el momento adecuado, y ni un solo segundo más tarde. Porque los momentos que pasan se llevan las oportunidades.

Todas las grandes películas tienen una secuela, y la nuestra, aunque quizá no fuera una gran historia, tuvo la suya, si bien tuvimos que esperar algunos años.

Durante los siete últimos años habíamos perdido el contacto. Yo estaba en la universidad y creo que ella trabajaba con su padre. No recuerdo la manera en la que contactó conmigo, pero el caso es que una tarde de Mayo quedamos a tomar un café delante mismo de nuestro antiguo instituto. Ella seguía con el mismo chico de entonces y, según deduje, le habían asaltado los fantasmas del pasado: mi recuerdo.

Todos dudamos en algún momento de ciertas decisiones tomadas: entre lo que pudo haber sido y lo que elegimos que no fuera. A ella le llegó en ese momento y necesitó enfrentarme para romper el conjuro de mi memoria.

Tras un rato de romper el hielo y superado el “momento rescate” de su mejor amiga, a la que despachó con seguridad y sin dudarlo, encaramos sin rodeos el mundo de las relaciones, las expectativas y las decepciones.

No sé si resolvió sus dudas o si, por el contrario, las aumentó al comprobar que ya no me quedaba sin palabras en las distancias cortas. Percibí que se sintió a gusto, al igual que me ocurrió a mí. Al final de la tarde, le quitamos trascendencia al encuentro cenando como amigos en el chino del barrio y permitiendo que la noche transcurriera entre risas y recuerdos. Hasta que se nos hicieron las doce. Hasta que fue mi cumpleaños. Tengo la convicción de que la vida te concede muchos de tus deseos. Otra cosa es que lo haga en el momento o en la forma en que habías imaginado. Sea como fuera, agradezco que esa cena fuera el mejor regalo de aquel cumpleaños tan especial.

Nunca más volvimos a hablar.

 

*    *    *

 

En la puerta del gimnasio de Judo había unos bancos donde con frecuencia nos juntábamos los niños del barrio a comer pipas y a hablar de nuestras cosas: chicas y fútbol.

Pedro no era amigo mío. Le conocía porque vivía en mi calle y, aunque admito que era bastante bueno jugando al fútbol, no me acaba de caer bien del todo por ser algo prepotente. Recuerdo, aunque de forma algo desdibujada, un día; una conversación intranscendente en uno de esos bancos. Tengo grabada a fuego en la memoria su carita de niño de diez, tal vez once años. Si soy capaz de recordar esa escena es debido a lo que sucedería pocas semanas después. Un domingo, Pedro acompañó a su padre y al novio de su hermana a pescar. No volvieron.

Pedro es para mí la bofetada de despertar a la realidad. Él es la conciencia de mi mortalidad. Creo que hay momentos que son puertas sin vuelta atrás: nos cambian para siempre.

 

*   *   *

 

Tal vez las amistades habituales de Pedro no fueran las mejores, pero al menos no eran ni “el Oscar” ni “el rata”, los matones de la calle.

“El rata” vivía a dos patios de mí. Su madre era puta. Su padre era borracho y yonkie. Su padre murió años después de una sobredosis, al igual que le acabaría sucediendo a él. Su madre siguió en el barrio varios años más.

“El Oscar” vivía al otro extremo de la calle. Nunca lo conocí en profundidad y no creo que me perdiera nada esencial.

Ambos podían pegarte si te cruzabas con ellos en un mal momento. Cualquiera de ellos te podía atracar si necesitaba dinero. Para los niños del barrio era una realidad aceptada que nunca nos cuestionábamos. Tal vez hoy me preguntaría qué estaba fallando para que unos niños de mi misma calle se drogaran y vivieran en la violencia. En aquella época solo me preguntaba por qué calle ir para no cruzármelos.

Que un día tenían que acabar enfrentándose entre ellos era algo inevitable. Aunque no presencié la pelea, la historia pasó de boca en boca. Fue uno de esos acontecimientos relevantes de un barrio que nunca aparecen en las crónicas escritas.

“El rata” era bajito pero rápido. “El Óscar” era alto, delgado y para nada lento. Cada puñetazo circular que Óscar dirigía a la cabeza de su rival, éste lo esquivaba agachándose. A continuación “el rata” le castigaba el abdomen con un gancho corto y explosivo. Eso funcionó tres o cuatro veces seguidas. Hasta que Óscar le aprendió el truco. Y le esperó. Amagó otro circular alto y cuando “el rata” se agachaba le lanzó un gancho ascendente que impactó en plena cara. El resto de la pelea fue un monólogo de Óscar. Una orgía de violencia. Un castigo excesivo.

No recuerdo nada más de “el rata”, sin embargo a Óscar lo seguí viendo después de aquella pelea: cuando se apuntó a mi clase de Judo.

La primera vez que entró en clase casi se me cae el cinturón al suelo. Poco a poco se fue adaptando a la dinámica de clase y debo decir que nunca tuve ningún problema especial con él. Al menos, hasta aquel día.

La disciplina no era su mayor virtud. Disciplina y respeto son dos de los pilares fundamentales de las artes marciales japonesas. En una de las ocasiones en que rompió ambas fue castigado por el profesor. Los castigos no eran especialmente duros, pero eran castigos. Normalmente eran dar vueltas en cuclillas a la clase, o realizar series de flexiones. Sin embargo, esta vez la falta tenía que ver con haber empleado exceso de violencia con un compañero, por lo que el castigo aplicado fue atípico y más duro que de costumbre. Consistió en poner al castigado frente a toda la clase y que cada uno de los alumnos le proyectara al suelo mediante una técnica, de forma controlada y segura. De esta forma, uno tras otro, cada compañero le fue derribando. A mí me tocó de los últimos debido a mi antigüedad.

Una duda me inquietaba mientras esperaba mi turno. Por una parte, no quería emplear demasiada fuerza porque nunca fue mi política enemistarme con quien me puede pegar. Por otro lado, ser excesivamente blando descubriría mis miedos ante el profesor, ante el propio Óscar y, por supuesto, ante Pili.

Como no tenía claro que actitud tomar, me planteé fluir.

Llegados a este punto debo comentar que nunca he sido de los que fluyen con la vida. Es más, cada vez que lo intento, acaba en desastre.

Así pues, llegó mi turno y decidí…fluir.

Ni que decir tiene que me salió una de las mejores proyecciones de toda mi vida. El tipo de proyección que quería evitar a toda costa. Tuve la extraña sensación de saber que me estaba inmolando pero que la perfecta belleza del movimiento lo merecía. Lo cierto es que, literalmente, lo estampé.

El estruendo de su cuerpo contra el tatami contrastó con el silencio sepulcral que se adueñó de la sala. El enrojecimiento de incomodidad de mi cara resaltaba la palidez de la cara de Óscar, que viró a rojo de ira en cuestión de segundos.

Siempre esperé su venganza. Sin embargo, ésta nunca llegó.

Durante un tiempo creí que con mi insensatez había logrado, de forma no buscada, ganarme su respeto. Hoy, estoy convencido de una explicación más simple: en su lista de afrentas pendientes de venganza, la mía era insignificante.

 

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