La vez que vi nevar

Recuerdo que siempre me dejaba preparada de forma cuidadosa la ropa del día siguiente.

En la cama, esclavo de la excitación, daba infinitas vueltas intentando conciliar el sueño, que siempre tardaba en acudir. La tenue luz que atravesaba la ventana que daba a la galería, mostraba el orden ritual que regía mi diminuto cuarto.

Frente a la cama estaba la silla, dueña y señora de la escena, exhibiendo cada una de las prendas, dobladas y dispuestas de forma intencionada como si de un altar se tratara: las medias azul celeste; los pantalones blancos y cortos; la camiseta a juego con las medias, con el número cinco a la espalda; y, por supuesto, las espinilleras también azules, de plástico duro y corcho blanco. Yo tenía once años, era viernes y al día siguiente había partido.

No creo que nada me haya ilusionado tanto en mi vida como esos partidos de fútbol cuando era niño.

Hoy, que la infinita distancia del tiempo me ha alejado de aquellos días, siento que siempre he repetido el mismo patrón en todo. Tengo la sensación de haber estado interpretando una y otra vez la misma obra de teatro, pero en diferentes escenarios y con otro reparto. Dicen que la ansiedad consiste en vivir en el futuro. Con los años he aceptado que llevo habitando en el mañana desde que tengo conciencia del tiempo.

Pero no voy a hablar ni de ansiedad ni de futuro. Prefiero hablar de fútbol infantil y de pasado.

Mi primer recuerdo de este deporte es una breve escena que se repite una y otra vez en mi memoria. En ella estoy jugando con mis primos mayores en una pequeña explanada de piedras de rodeno delante de casa de mi abuela, en Náquera. Esta imagen tiene la luz de la mañana del verano y el olor a cuscurro de pan recién hecho con un poco de aceite y sal.

No consigo recordar grandes detalles, tan solo mi equipaje: todo rojo. Desconozco cómo llegué a tener un equipaje del Liverpool pero aún hoy día me emociona pensarme vistiendo aquella camiseta. Creo que nunca volví a sentir mayor ilusión por ningún otro equipaje.

En mi cole los niños empezaban a jugar a futbito a los nueve años. Esos dos primeros años yo no jugué por un motivo sencillo: no me cogieron en ningún equipo. No fue debido a que me rechazaran, sino porque creo que no se habían fijado en mí. Yo era de los que estudiaban mucho y no bajaban a jugar a la calle. Como además era muy tímido nunca me atreví a plantarme delante de uno de los capitanes de equipo y decirle “oye, que quiero jugar”. Así que durante dos años mi abuelo me estuvo llevando todos los sábados por la mañana a ver los partidos que jugaban los otros niños. Puedo imaginarme a mi yo espectador muriendo por dentro de ganas de jugar. Creo que esa deuda de dos años me persiguió siempre.

Mi suerte cambió a raíz de un trabajo de clase en grupo. Durante varios días nos reuníamos en una casa para hacerlo y después bajábamos un rato a jugar al parque. Resultó que uno de los del grupo era el capitán del “Águila” y se podría decir que me fichó.

Siempre he pensado que jugar al fútbol me salvó en muchos sentidos, porque me permitió ser aceptado. Por aquel entonces no era consciente de lo importante que es sentir que perteneces a un sitio.

Cosme, el padre de Martínez-Lluch era un entrenador genial.

Una aclaración: en el cole muchos nos llamábamos entre nosotros por el apellido, bien porque algunos nombres como el mío eran bastante comunes, bien porque era la forma en que los profesores nos nombraban.

Pero volviendo a Cosme; creo que su influencia sobre muchos de nosotros fue muy positiva. Era tranquilo, justo y jamás le vi criticar a un niño por un fallo, ni discutir con ningún padre. Su sutil labor a lo largo de los años hizo que creciera la confianza en nosotros mismos. Desconozco si fue consciente del papel tan importante que jugó.  La próxima vez que lo vea por el barrio se lo tengo que decir. 

Nuestro gran rival de la liga era el “Trafalgar”. Normalmente uno de los dos equipos acabábamos ganando la liguilla.  El capitán de este equipo era Checa, un niño estudioso aunque para nada tímido y con el que no era cómodo discutir porque siempre tenía que llevar la razón. Pese a que nos llevábamos bien quiso la casualidad que siempre estuviéramos en bandos rivales, no solo de futbito sino también de política, equipo de primera división, o lo que era más importante: de “chica más guapa de clase”.

Había dos grupos mayoritarios en clase: los partidarios de Marisol como “chica más guapa”, como era el caso de Checa, y los que opinaban que ese “honor” correspondía a Mollá. A mí me gustaban las dos. Los primeros años me gustaba Marisol aunque a partir de los doce fue destronada de mi corazoncito por Mollá, una chica más alta que yo y de ojos claros y felinos. Qué sencillo resultaba enamorarse en la niñez.

No recuerdo de forma exacta cómo surgió el debate de esta supuesta competencia de belleza, pero llegó a un punto en que Checa, extraordinariamente vehemente en todo lo que defendía, propuso un encuentro de fútbol de partidarios de una y otra para dilucidar a quien correspondía el título oficial. No creo que nadie les preguntara a ellas su opinión. Sin duda esta anécdota retrata como pocas el modo de pensar que teníamos los niños de mi generación. Al analizarlo hoy me desternillo y horrorizo a partes iguales.

 El caso es que se acabó organizando este partido entre becerros a los que les gustaba una u otra. Yo jugué en el bando de Mollá y debo admitir que soy incapaz de recordar quién ganó, lo  que indica una alta probabilidad de que perdiera mi equipo. Sí puedo evocar con nitidez dos detalles de aquel evento: que éramos ciento y la madre en cada equipo y que cada gol era celebrado como un éxtasis difícil de clasificar.

Cuando veinticinco años después nos juntamos, en una noche de exalumnos, me resultaba inevitable esbozar una sonrisa recordando ese partido cada vez que me cruzaba con alguna de las dos.

Fue un reencuentro bonito y emotivo, al que asistimos muchos. Sonrisas de nostalgia iluminaban nuestros rostros al recrear decenas de anécdotas que nos sabíamos de memoria y en las que nos corregíamos mutuamente matices olvidados por el tiempo o borrados de forma selectiva por la memoria.

Algunos de los protagonistas de estas vivencias no pudieron venir, por estar ocupados o por no estar, como Checa, que había muerto años atrás cuando iba en motocicleta, atropellado por un taxi que se dio a la fuga. Ocurrió el veintiocho de Noviembre del año de la selectividad. Él pensaba estudiar lo mismo que yo. No tengo ninguna duda de que lo habría logrado porque era listo y cabezota. Tal vez habríamos acabado trabajando en lo mismo. Quizás habríamos jugado juntos en el equipo de la facultad.

Quienes se fueron de forma tan precoz se transformaron en los héroes eternos que protagonizan las tragedias de nuestros miedos pasados.

* * *

Mi madre me despertó a las ocho. Me preparó el desayuno e hizo un fútil último intento de evitar que fuera a jugar en la mañana más fría de mucho tiempo. Me vestí de forma ceremoniosa y esperé concentrado a que mi abuelo me recogiera como cada sábado por la mañana. Conforme íbamos andando hacia el partido pude comprobar que mi madre tenía razón y era una mañana especialmente fría. Además, Valencia es uno de los sitios más fríos del planeta en Febrero, porque la humedad se mete dentro de los huesos y la sensación real de frío es mayor que en la mismísima Antártida.

Nuestro partido era el primero de la mañana y ni los padres habían venido a vernos. El gélido viento arrastraba enormes nubes de vaho que salían por nuestras bocas mientras bromeábamos simulando fumar un pitillo imaginario. Recuerdo que Esteve y Olmos esperaban en el centro del campo, junto a la pelota, pisoteando el suelo con fuerza para entrar en calor mientras el árbitro se llevaba el silbato a la boca para indicar el comienzo. Enfrente, en el otro equipo, Checa cerraba los ojos tras sus gruesas gafas y reía un comentario de alguien. Esa imagen de él riendo aquel día de invierno se quedó congelada en mi memoria.

El viento dejó de soplar. El árbitro pitó de forma enérgica y… empezó a nevar.

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