Invulnerable

No es cierto que el miedo sea ilimitado. Cuando te rompen, por dentro, en lo más profundo, los temores mueren. Si te quedas inmóvil, te desvaneces. Pero si cruzas la línea, entonces, eres invulnerable.

 

“Apagaste la calidez de mi mirada con tus gélidos insultos. Despreciaste la suavidad de mi piel con la aspereza de tus golpes. Sofocaste mis ilusiones con la mordaza del pánico. Hoy te digo que, en mí, ya sólo puedes encontrar la frialdad del acero.”

 

Publicado en Post-it | Deja un comentario

Agua

Camino a Qaleraliq

El glaciar Qaleraliq nos llama. Nos invita a conocer su morada. Con respeto reverente nos dirigimos hacia él. La zodiac zigzaguea sorteando trozos de hielo flotante. Se percibe un extraño crujido conforme surcamos el fiordo. Asumo que son los descartes de hielo desgajados del iceberg. Mi tocayo, el español más argentino que conozco, me saca de mi error: “Es el invierno, que ya llega y que empieza a helar la mar. En unos días ya no se podrá ni navegar”. Cuando caminamos sobre el glaciar me maravillo al sentir el extraño y chirriante quejido de los crampones sobre el vidrio. Cuando a la vuelta las nubes imponen una oscura amenaza sobre nosotros me invade una realidad. Todo cuanto me rodea es, simultáneamente en sus diferentes estados, agua.
qualeraliq Fletanes

La vida es agua. Agua y matices. Matices que marcan grandes diferencias. Aunque la gran diferencia, vivir o morir, la marca su ausencia.

Crecimos bombardeados con imágenes de niños africanos muriendo de sed y de hambre mientras nosotros cenábamos. Lo que, inicialmente, tal vez intentaba sensibilizarnos sobre la sequía y la hambruna en el tercer mundo consiguió el efecto contrario. Nos inmunizaron. Anestesiaron nuestra empatía y, lo que es peor, nosotros se lo permitimos.

Nacho me contaba anoche que él no hace fotos porque cuando ve algo que merece ser retratado prefiere no romper la magia del momento e intenta retenerlo en la memoria. Lo entiendo. Yo, simplemente, reacciono de otra manera. También intento captar esa magia para siempre, pero con la cámara. Pocas veces lo consigo. Pero cuando logro que una foto transmita la sensación que me produce algo que estoy viendo, me siento completo. No suele ser una foto con muchos “me gusta”. Es una satisfacción íntima y que no necesita de reconocimientos. Con todo, hay ocasiones en que la situación es tan especial, que, como Nacho, no puedo mancillar el momento. Algunas de mis mejores fotos son las que he no hecho. Por paradójico que resulte. Una de ellas es la que os voy a no enseñar dentro de un momento. Fue el momento en que descubrí el significado de la palabra sed.

Los Hadzabe son una etnia que habita actualmente en el norte de Tanzania, en los alrededores del Lago Eyasi. Es característico su lenguaje mediante chasquidos que delata su origen bosquimano. Son cazadores-recolectores principalmente. Viven en un sitio desolador. La mitad del año amenazado de sequía y la otra mitad por inundaciones. Habitan este infierno no por gusto. Provienen de sitios más confortables. Pero el argumento de la violencia de otras etnias los convenció para que se mudaran. Cuando los conocí, en 2009, padecían una época de sequía. El lago estaba seco. Por completo. La tierra mostraba el cuarteado típico del telediario. En esta llanura polvorienta, para beber, exprimían raíces bulbosas que arrancaban de las entrañas de la tierra. Gota a gota, el agua fluía lentamente, densa, arrastrando el polvo de sus dedos hasta acabar sobre sus lenguas acartonadas, sin nunca llegar a paliar con plenitud la sed.

Unos cuantos viajeros pasamos un par de días en la zona y pudimos acompañar a un grupo de Hadzabe en una partida de caza. No cazaban leones, ni elefantes ni rinocerontes. Es menos romántico. Cazaban roedores, pajarillos y si tenían mucha suerte, algún antílope. Uno de los compañeros llevaba en un lateral de la mochila una botella transparente de agua, grande y casi llena. No éramos conscientes de la obscenidad que esto suponía en un mundo de polvo. Cuando uno de los cazadores la detectó se detuvo. Su rostro manifestaba turbación y deseo. Con un gesto señaló la botella. Mi compañero se la ofreció. Nunca he visto a nadie engullir con tanta ansia, rapidez y satisfacción una botella casi entera. Hasta la última gota. Yo llevaba la cámara en la mano. Pero me quedé paralizado. Maravillado. Ojiplático. Sólo pude reaccionar con una amplia sonrisa.

Antes y después sí que había realizado algunas fotos de los Hadzabe. Os muestro alguna.

Hadzabe 1

Hadzabe 2

hadzabe 3

Recientemente entrevistaron en la tele a un grupo de inmigrantes subsaharianos que vivían en las calles. Les preguntaban hasta qué punto había mejorado su calidad de vida respecto a sus países originales, puesto que en España eran unos sin techo. Comentaron, entre otras cosas, que aquí, para beber agua, bastaba con ir a la fuente y pulsar. En sus países debían recorrer todos los días varios kilómetros, repletos de peligros, para llenar bidones de un agua insalubre.

Ir a por agua es trabajo de niños.

                 Esta foto se tomó en una carretera camino de Kampala, Uganda.

6 niña Uganda agua

Recién llegado de Tanzania pensaba en ellos y en otros como ellos, cada vez que tiraba de la cadena. Hoy, me sumerjo en el torrente de la ducha. Cierro los ojos mientras el agua, tibia, fluye lamiéndome las mejillas. Percibo el salto impetuoso desde la  nariz hacia el vacío y como se estrella contra el  pecho, para empezar a deslizarse y formar torbellino en el ombligo, donde se entretiene lo justo antes de descender dividiéndose suavemente entre los muslos. Allí, cual serpiente, se abraza y se retuerce, escurriéndose a lo largo de cada una de las piernas. Encuentro y me recreo en las ardientes caricias sobre la cabeza, el cuello, los hombros… invoco el sortilegio que desate los nudos con los que el estrés ha amarrado mi espalda hoy, ayer, siempre. Inhalo el vaho de aroma a mandarina y entreabro los ojos para despedirla mientras conforma espirales de espuma anaranjada justo antes de penetrar en el submundo de la oscuridad. En esos minutos de higiene, gozo y disfrute, lo admito, me olvido de todo. Inclusive de los Hadzabe. Por eso, de vez en cuando, es bueno que escriba a cerca de ellos y repase sus fotos. Para recordarlos. Para recordarme.

Gota ducha

El agua está presente en cada rincón de nuestro mundo, de nuestro yo. Incluso en la buhardilla de los sentimientos. Por eso, para mí, resulta natural entender las emociones como corrientes de agua. Mi ánimo fluctúa como las mareas, con el momento del día y según la fase de la luna. Entiendo el amor de tres formas. Y me refiero al amor de amante, no al de amigo, ni al de madre.

El primer tipo de amor es una lluvia fina, suave pero persistente. Sales de casa a comprar, a pasear, al trabajo y, de repente, esa lluvia inesperada empieza a envolverte. No le das más importancia. Ni siquiera te proteges porque estás seguro de que a ti no puede empaparte. Cuando te das cuenta estás calado hasta los huesos. Éste es el tipo de amor que casi todos hemos conocido.

Hay un segundo. Que es un tsunami. Súbito e imparable. Te encuentre donde te encuentre, te barre. Te eleva hasta el cielo para dejarte caer de golpe y estamparte contra el duro suelo de la realidad. Es terrible porque te destroza como persona además de arrasar todo tu entorno. Cuando acaba, si no te ha ahogado, deja una versión magullada e insegura de ti y un solar lleno de escombros en lo que fue tu vida. La simple fortuna es quien decide que no se te cruce un amor de este tipo.

Finalmente, hay otra forma. Te asomas por la ventana, tras la cortina entreabierta, sintiéndote confortable en la seguridad de tu rutina y ves como se acercan hacia ti oscuros nubarrones. Intuyes el peligro que encierran. Desde luego, no va a ser una suave y delicada lluvia. En este momento, mucho dependerá de tu actitud. Tu decides. ¿Te vas a resguardar en la monótona seguridad de tu vida o vas a arriesgarte y salir, sin paraguas, a pecho descubierto? Tal vez te cruces en el camino de un tsunami. Pero también puede que estalle una hermosa tormenta y te empape de arriba abajo y simplemente, te encante estar calado, oliendo a tierra húmeda y sintiendo como los truenos te hacen temblar cada célula mientras ves como los relámpagos pintan caprichosas figuras de luz en honor a tu valiente osadía. Puede que la tormenta no dure para siempre. Pero no te arrepentirás de haberte metido en lo más salvaje de la tempestad, porque durante un instante estarás vivo como pocos lo han estado. Éste amor es el que todos soñamos vivir algún día. Es el que muy pocos encuentran.

orquidea Kandy

Publicado en travel stories | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

“Piumasatit tamatigut pinavianngilatit, sulissutigisatilli piumaarujatit…”

Carmen se sienta frente a mí y me mira al alma y me hace la pregunta. Levanto la mirada y me veo sentado en la mesa de merendero que tiene el albergue en la terracita, devorando dos trozos de pan de molde con queso (la base de mi dieta en este tipo de viajes “sin comodidades al uso”) y mirando maravillado la belleza del fiordo con trozos gigantes de hielo flotando. Nadie más los mira. “¿Cómo puede alguien acostumbrarse a tanta belleza?” me pregunto. Se respira aire en estado puro. Se respira…silencio. Me siento observado por ella. Encuentro su mirada. La pluma de cuervo prendida de su pelo se mece al son del gélido aire. El tibio sol ártico que acaricia mi piel pinta extraños colores en sus ojos. Verdes, amarillos, miel de azahar. Casi resplandecen. Sin casi. Con el tiempo comprendes que no es el sol. Es su luz interior. Siempre brillan, incluso en la niebla del fiordo. Carmen es un animal salvaje. Sin dobleces, sin rincones escondidos. Directa pero calmada. Su voz serena transmite autocontrol aprendido y paz interior no fingida. Es un pedazo de Groenlandia atrapado en un cuerpo de escaladora. No necesita elevar el tono para que la respetes. Sabes que eres su camada y que te va a cuidar.

Salgo de mis reflexiones al ver su sonrisa expectante. Claro, me ha hecho la pregunta: ¿Por qué?

Puede parecer extraño que bajes todas las defensas ante alguien que conoces apenas hace media hora. Tal vez sea más fácil así. O puede que sea que ella es una de esas personas que transmiten la confianza de escuchar sin juzgarte. O quizás sea por ese día. El día que me levanté y me asfixiaba de pena y mis pulmones no se podían llenar de aire por completo y tuve que hacer tanto esfuerzo para respirar que mi tórax reventó y con él la coraza de mis miedos que me oprimía el alma desde hace tanto que no me acuerdo. Y fue entonces cuando decidí que no quería seguir teniendo miedo a nada, sobre todo a vivir y que si me estampaba me estampaba, pero que no pensaba frenar, sino al contrario, acelerar hasta derribar el muro o hacer una calcomanía de mí. Probablemente fue un poco de todo eso, junto con la magia del lugar y del momento. Pero la realidad es que me abrí como un libro y le dije mi porqué: Para mí estar allí era una especie de viaje catártico. Venía a buscar preguntas y tal vez a encontrar respuestas. Su réplica fue inmediata. “Groenlandia siempre responde a la gente que tiene una pregunta. Ya lo verás.”

Y así empecé mi camino entre los hielos que flotan, el frío del viento cuando se esconde el sol tras las montañas, el calor humano de pertenecer a un clan, el estruendo del glaciar al precipitarse en pedazos contra el mar, las luces danzarinas en las oscuras noches estrelladas y los andares entre tierras agrestes salpicadas de musgo, regadas por aguas cristalinas y pintadas, de tanto en tanto, con coloridas casas arrimadas al fiordo.  Y sí. Encontré preguntas y algunas respuestas.

Me imagino que todos la tenemos. Al menos  yo sí. Unas veces lo llamo la habitación oscura. Otras, la caja negra. Lo cierto es que en la azotea donde habita mi mente guardo un rincón en el que pongo en cuarentena ciertos recuerdos. No son secretos apasionantes. Son simplemente míos. Esos no los comparto. Algunas de las conclusiones de este viaje están ahí, de momento. Otras me atrevo, es más, necesito, compartirlas.

Para empezar, cuando suspendes un examen tienes que repetir hasta aprobarlo. Sino no pasas al siguiente nivel. Yo suspendí un examen como éste hace cinco años en África. Por eso me he presentado de nuevo.

Cuando afrontas un miedo siempre sales reforzado. El simple hecho de aceptarlo y mirarle a los ojos te hace avanzar.

Dentro de lo peculiar del tipo de viaje (siempre en relación a mi vida cotidiana) el mío ha sido un viaje especialmente atípico. Por diversas circunstancias fui saltando de grupo en grupo. Conocí hasta cuatro diferentes. Ahora creo que eso no fue casual. Ir saltando de grupo en grupo era parte de mi aprendizaje. Diferentes personas se cruzaban en mi camino y me daban una información, aparentemente poco trascendente. Sin embargo al unir todas las piezas, el rompecabezas empezaba a cobrar sentido.

Cuando algo acaba no necesariamente es todo negativo. Todo final conlleva un principio. Un cambio a lo inesperado. Y la vida es cambio. Nada permanece, todo va mutando. Es lo más duro que he tenido que asimilar, aunque ya supiera que era así. Ahora lo he aceptado. También he visto que siempre que acabas algo lo que te va a venir no necesariamente es mejor que lo que dejas. Por tanto, quédate con lo bueno de lo que has vivido e intenta descubrir y aprovechar lo bueno que tiene tu nueva realidad.

“Piumasatit tamatigut pinavianngilatit, sulissutigisatilli piumaarujatit…”

(“Disfruta este momento porque este momento es tu vida”)

Los inuit tienen un concepto muy peculiar del tiempo. En su lengua se emplea el pasado y el presente pero no usan un tiempo futuro tan bien definido como en nuestras lenguas. Esto muestra, en mi opinión, más que cualquier otra cosa, su manera de entender la vida.

         «Ataasiaannarlutit inuusussaayutit, eqoortumilli inuuguit, ataaseq naammassaaq.»

(Solo se vive una vez, pero si lo haces bien, es suficiente)

Hasta este momento sólo había confirmado ideas que ya intuía. Pero seguía esperando la respuesta de Groenlandia.

El día que abandoné mi grupo, mi manada, fue agridulce. Tristeza de seguir sin ellos. Alegría de haberlos conocido y de haber conectado tan bien desde el primer segundo. Me quedé sólo en Narsaq, mil, dos mil habitantes¿? Por ahí andará. Paseé por el pueblo-ciudad. Entré en el supermercado (es toda una experiencia en estas tierras). Finalmente decidí darme un homenaje en la única cafetería de la ciudad. Mi capuccino y yo éramos los únicos clientes del local. Me recosté sobre la silla mientras labraba con la cucharilla espirales de cacao sobre mi cremoso acompañante. Levanté la mirada,  perdida. El sol de la tarde se desparramaba sobre las mesas de delante. El haz de luz rescató mi atención y la llevó hacia la pared del fondo. Estaba llena de letras de distintos tamaños, frases en lengua inuit y su traducción al inglés. Dejé de remover el capuccino. Leí. Respiré profundo. Entendí.

 “Iluananrneq nalaatsortumik pineq ajorpog, ilungersorluni, qasusuisaarluni, ilinniarluni, misissuilluni, pilliuteqarluni annermilu suliannik nuannarinnilluarnikkut aatsaat pisarpoq. Itinerusumik asannisigit. Qanilaarnerusumik ogalugit. Pilertornerusumik isumakkeerfiginngit, Ulloa sunaluunniit inuuninni ullutut kingullerpaatut isigisaruk…”

 (“Espero que leas buenos libros, y que beses a alguien que piensa que eres maravilloso, y que no olvides crear algo de arte, escribir o dibujar o construir o cantar o vivir como sólo tú puedes. Y espero que, en algún momento del próximo año, te sorprendas a ti mismo…”)

Publicado en Lo + leído, travel stories | 5 comentarios

La historia del hombre que me escribió cómo decir te quiero

Por qué fui y si encontré lo que buscaba es otra historia. Pero lo cierto es que, de repente, me encuentro paseando por un pueblo inuit del Sur de Groenlandia llamado Alluitsup Paa. Vivo desde hace unos días entre desconocidos, cada uno de un padre y una madre (y un país). Hora tras hora se van convirtiendo en mis amigos. “Cuando viajas conoces a gente especial, de diferentes culturas, pero también conoces a gente especial de tu mismo entorno. Y cuando conectas con ellos, esa conexión perdura aunque no los vuelvas a ver nunca. Porque en estos viajes se ve cada uno cómo es realmente. Te acaban mostrando su verdadero yo.” Estas palabras me las dijo ayer mismo Pepe, que en estos momentos vuela junto a Rosa hacia Indonesia.

El amanecer era frío (para nosotros) y las casi dos horas de navegación no habían ayudado en absoluto. Aku, patrón de la zodiac y cazador inuit nos ofreció refugio en su casa para el almuerzo. Admito mi ignorancia por la cultura inuit. Pero no es malo no haber leído mucho sobre ellos para no arrastar demasiados prejuicios y conocerlos tal y como son. En lo poco que he podido penetrar en su mundo me he llevado la siguiente impresión: Son gente amable, tranquila, amigable y al mismo tiempo dura y tajante. Y, sorprendentemente, son curiosos.

Me fui a dar una vuelta solo por el pueblo. En media horita habíamos quedado en casa de Aku para comer nuestro picnic habitual. Baje al pequeño puerto en busca de actividad pero apenas había movimiento. Uno de los lugareños anotaba en un papel la pesca capturada, vendida o vete tú a saber qué. Le hice algún robado. Me miró. Disimulé. Se me acercó y me dirigió la palabra. En un inglés dubitativo y cargado de acento (es decir, parecido al mío) me preguntó si yo era español. Ante mi afirmación me contó que había conocido a dos españoles que le habían enseñado a decir “mi nombre es Jorge”. También tenía dos sobrinas que sabían decir “te quiere”. “Te quiero” le corregí. Lo repitió. Entonces le pregunté cómo se decía “te quiero” en su idioma. Lo pronunció. Lo repetí. Lo olvidé. Lo repitió. Lo repetí. Seguimos hablando de otras cosas. Cuando ya nos despedíamos me dí cuenta de que era incapaz de recordar la palabra. La repitió. Nunca borró su afable sonrisa. Si algo tienen los inuit es sonrisa y paciencia. Se me ocurrió pedirle que la escribiera. Se le iluminó la cara. Abrió su carpeta y sacó una especie de “post it” amarillo. Me escribió la complicada palabra. Gracias, le dije. Me miró y me pidió que yo se la escribiera en mi idioma. Escribí justo debajo. Doble el papel y lo partí en dos trozos. Él se llevó un te quiero castellano y yo un asavakkit inuit. Nos despedimos con sonrisa franca y apretón de manos sincero.

Publicado en travel stories | Deja un comentario

First concern must be education. It´s our last chance of change.

Sergio Galan _ wordpress photo

 

“If you are planning for a year, sow rice; if you are planning for a decade, plant trees; if you are planning for a lifetime, educate people”

Chinese Quote

Location: Inle, Myanmar.

 

 

Publicado en Post-it | 2 comentarios