Agua

Camino a Qaleraliq

El glaciar Qaleraliq nos llama. Nos invita a conocer su morada. Con respeto reverente nos dirigimos hacia él. La zodiac zigzaguea sorteando trozos de hielo flotante. Se percibe un extraño crujido conforme surcamos el fiordo. Asumo que son los descartes de hielo desgajados del iceberg. Mi tocayo, el español más argentino que conozco, me saca de mi error: “Es el invierno, que ya llega y que empieza a helar la mar. En unos días ya no se podrá ni navegar”. Cuando caminamos sobre el glaciar me maravillo al sentir el extraño y chirriante quejido de los crampones sobre el vidrio. Cuando a la vuelta las nubes imponen una oscura amenaza sobre nosotros me invade una realidad. Todo cuanto me rodea es, simultáneamente en sus diferentes estados, agua.
qualeraliq Fletanes

La vida es agua. Agua y matices. Matices que marcan grandes diferencias. Aunque la gran diferencia, vivir o morir, la marca su ausencia.

Crecimos bombardeados con imágenes de niños africanos muriendo de sed y de hambre mientras nosotros cenábamos. Lo que, inicialmente, tal vez intentaba sensibilizarnos sobre la sequía y la hambruna en el tercer mundo consiguió el efecto contrario. Nos inmunizaron. Anestesiaron nuestra empatía y, lo que es peor, nosotros se lo permitimos.

Nacho me contaba anoche que él no hace fotos porque cuando ve algo que merece ser retratado prefiere no romper la magia del momento e intenta retenerlo en la memoria. Lo entiendo. Yo, simplemente, reacciono de otra manera. También intento captar esa magia para siempre, pero con la cámara. Pocas veces lo consigo. Pero cuando logro que una foto transmita la sensación que me produce algo que estoy viendo, me siento completo. No suele ser una foto con muchos “me gusta”. Es una satisfacción íntima y que no necesita de reconocimientos. Con todo, hay ocasiones en que la situación es tan especial, que, como Nacho, no puedo mancillar el momento. Algunas de mis mejores fotos son las que he no hecho. Por paradójico que resulte. Una de ellas es la que os voy a no enseñar dentro de un momento. Fue el momento en que descubrí el significado de la palabra sed.

Los Hadzabe son una etnia que habita actualmente en el norte de Tanzania, en los alrededores del Lago Eyasi. Es característico su lenguaje mediante chasquidos que delata su origen bosquimano. Son cazadores-recolectores principalmente. Viven en un sitio desolador. La mitad del año amenazado de sequía y la otra mitad por inundaciones. Habitan este infierno no por gusto. Provienen de sitios más confortables. Pero el argumento de la violencia de otras etnias los convenció para que se mudaran. Cuando los conocí, en 2009, padecían una época de sequía. El lago estaba seco. Por completo. La tierra mostraba el cuarteado típico del telediario. En esta llanura polvorienta, para beber, exprimían raíces bulbosas que arrancaban de las entrañas de la tierra. Gota a gota, el agua fluía lentamente, densa, arrastrando el polvo de sus dedos hasta acabar sobre sus lenguas acartonadas, sin nunca llegar a paliar con plenitud la sed.

Unos cuantos viajeros pasamos un par de días en la zona y pudimos acompañar a un grupo de Hadzabe en una partida de caza. No cazaban leones, ni elefantes ni rinocerontes. Es menos romántico. Cazaban roedores, pajarillos y si tenían mucha suerte, algún antílope. Uno de los compañeros llevaba en un lateral de la mochila una botella transparente de agua, grande y casi llena. No éramos conscientes de la obscenidad que esto suponía en un mundo de polvo. Cuando uno de los cazadores la detectó se detuvo. Su rostro manifestaba turbación y deseo. Con un gesto señaló la botella. Mi compañero se la ofreció. Nunca he visto a nadie engullir con tanta ansia, rapidez y satisfacción una botella casi entera. Hasta la última gota. Yo llevaba la cámara en la mano. Pero me quedé paralizado. Maravillado. Ojiplático. Sólo pude reaccionar con una amplia sonrisa.

Antes y después sí que había realizado algunas fotos de los Hadzabe. Os muestro alguna.

Hadzabe 1

Hadzabe 2

hadzabe 3

Recientemente entrevistaron en la tele a un grupo de inmigrantes subsaharianos que vivían en las calles. Les preguntaban hasta qué punto había mejorado su calidad de vida respecto a sus países originales, puesto que en España eran unos sin techo. Comentaron, entre otras cosas, que aquí, para beber agua, bastaba con ir a la fuente y pulsar. En sus países debían recorrer todos los días varios kilómetros, repletos de peligros, para llenar bidones de un agua insalubre.

Ir a por agua es trabajo de niños.

                 Esta foto se tomó en una carretera camino de Kampala, Uganda.

6 niña Uganda agua

Recién llegado de Tanzania pensaba en ellos y en otros como ellos, cada vez que tiraba de la cadena. Hoy, me sumerjo en el torrente de la ducha. Cierro los ojos mientras el agua, tibia, fluye lamiéndome las mejillas. Percibo el salto impetuoso desde la  nariz hacia el vacío y como se estrella contra el  pecho, para empezar a deslizarse y formar torbellino en el ombligo, donde se entretiene lo justo antes de descender dividiéndose suavemente entre los muslos. Allí, cual serpiente, se abraza y se retuerce, escurriéndose a lo largo de cada una de las piernas. Encuentro y me recreo en las ardientes caricias sobre la cabeza, el cuello, los hombros… invoco el sortilegio que desate los nudos con los que el estrés ha amarrado mi espalda hoy, ayer, siempre. Inhalo el vaho de aroma a mandarina y entreabro los ojos para despedirla mientras conforma espirales de espuma anaranjada justo antes de penetrar en el submundo de la oscuridad. En esos minutos de higiene, gozo y disfrute, lo admito, me olvido de todo. Inclusive de los Hadzabe. Por eso, de vez en cuando, es bueno que escriba a cerca de ellos y repase sus fotos. Para recordarlos. Para recordarme.

Gota ducha

El agua está presente en cada rincón de nuestro mundo, de nuestro yo. Incluso en la buhardilla de los sentimientos. Por eso, para mí, resulta natural entender las emociones como corrientes de agua. Mi ánimo fluctúa como las mareas, con el momento del día y según la fase de la luna. Entiendo el amor de tres formas. Y me refiero al amor de amante, no al de amigo, ni al de madre.

El primer tipo de amor es una lluvia fina, suave pero persistente. Sales de casa a comprar, a pasear, al trabajo y, de repente, esa lluvia inesperada empieza a envolverte. No le das más importancia. Ni siquiera te proteges porque estás seguro de que a ti no puede empaparte. Cuando te das cuenta estás calado hasta los huesos. Éste es el tipo de amor que casi todos hemos conocido.

Hay un segundo. Que es un tsunami. Súbito e imparable. Te encuentre donde te encuentre, te barre. Te eleva hasta el cielo para dejarte caer de golpe y estamparte contra el duro suelo de la realidad. Es terrible porque te destroza como persona además de arrasar todo tu entorno. Cuando acaba, si no te ha ahogado, deja una versión magullada e insegura de ti y un solar lleno de escombros en lo que fue tu vida. La simple fortuna es quien decide que no se te cruce un amor de este tipo.

Finalmente, hay otra forma. Te asomas por la ventana, tras la cortina entreabierta, sintiéndote confortable en la seguridad de tu rutina y ves como se acercan hacia ti oscuros nubarrones. Intuyes el peligro que encierran. Desde luego, no va a ser una suave y delicada lluvia. En este momento, mucho dependerá de tu actitud. Tu decides. ¿Te vas a resguardar en la monótona seguridad de tu vida o vas a arriesgarte y salir, sin paraguas, a pecho descubierto? Tal vez te cruces en el camino de un tsunami. Pero también puede que estalle una hermosa tormenta y te empape de arriba abajo y simplemente, te encante estar calado, oliendo a tierra húmeda y sintiendo como los truenos te hacen temblar cada célula mientras ves como los relámpagos pintan caprichosas figuras de luz en honor a tu valiente osadía. Puede que la tormenta no dure para siempre. Pero no te arrepentirás de haberte metido en lo más salvaje de la tempestad, porque durante un instante estarás vivo como pocos lo han estado. Éste amor es el que todos soñamos vivir algún día. Es el que muy pocos encuentran.

orquidea Kandy

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