Crick, crick,…crack.

Somaroya, Noruega. Nov.2014

Somaroya, Noruega.

Presiento todo un segundo antes de que ocurra. En cuanto oigo el crujido ya sé lo que viene a continuación. Si estás en medio de un lago helado y oyes como se resquebraja el hielo de debajo, tienes dos opciones, salir corriendo o quedarte muy quieto. Elijo la segunda. Decido que si apenas respiro ganaré algo de tiempo para pensar. Nada importa. Al final el hielo siempre se abre y te acabas cayendo al agua helada de la sorpresa. Aunque comprendes lo que te pasa, es difícil reaccionar y sólo puedes dejarte llevar, en caída libre, hacia el oscuro fondo, mientras miras hacia arriba y ves como la luz que señala la salida se aleja de forma irremediable.

Parece que esté relatando un sueño pero, en realidad, estoy contando como empecé el año que ahora termina.

Estar abajo no es fácil, aunque tiene su parte positiva. Siempre que no te ahogues.

Tu perspectiva del mundo cambia y te obliga a hacerte nuevas preguntas o a volver a plantearte antiguas. La típica.: ¿Por qué a mí? Y por qué no. Intuyo que la vida no premia y castiga en función de lo que mereces. Simplemente pasa. Haz lo que debas tan sólo porque te ayude a hacer las paces con tu conciencia. Porque es el único premio que vas a tener. Y es un gran premio, por cierto.

Antes de la siguiente pregunta te apremia la necesidad de respirar. Tranquilo. Se puede respirar bajo el agua.

¿Hacia dónde me dirijo? Parece obvio que hacia arriba. No lo es tanto. El pasado, la inseguridad y el miedo te lastran. No hay impulso lo bastante fuerte para hacerte subir. Por eso, antes o después, acabas comprendiendo que debes desprenderte de todo. Te desnudas. Primero la ropa y luego el alma. Sorprendentemente, tus ojos se van adaptando a la hermosa penumbra del fondo. Pero sobre todo disfrutas el silencio. Porque, después de mucho tiempo, es fantástico reconocer el eco de tu voz. Y, en ese momento, empiezas a flotar.

Siempre he pensado que vivimos en una gigante rueda de hámster. Hay situaciones que te fuerzan a detenerte y mirar a tu alrededor. La vida es muy corta y está llena de cosas demasiado interesantes como para perder el tiempo malviviendo la vida que se supone que debemos vivir, en lugar de intentar alcanzar la que realmente deseamos. Hoy, estoy convencido de que la mayor parte de los sueños son alcanzables. Tan sólo nos damos excusas para no intentarlos. Pasamos el tiempo fabricando cortinas de humo que disimulen nuestra cómoda indolente pasividad. Si quieres algo, hazlo. Si no te atreves, acéptalo y disfruta de la realidad con la que te conformas. Si te gusta tu vida, respira cada segundo, incluso los malos, puesto que éstos existen para que reconozcas los buenos. Si no te gusta, empieza a hacer cosas para cambiarla. Paso a paso. Pero sin pararte. Y desde luego, duda. Si te atreves. Porque hay preguntas que llevan las respuestas implícitas. Respuestas que te cambian la vida.

Todo esto reverbera en mi cabeza mientras camino por la calle contra la marea de gente. Me pasan dos cosas extrañas últimamente. En mi casa, los relojes de pared se paran. Cambio las pilas y duran dos días. Cambio de reloj y ocurre lo mismo. Cambio el sitio y…se siguen deteniendo. Ninguno funciona. Al principio me hizo gracia; metafóricamente, he hecho un alto en mi camino. Se lo cuento a Eva y me pregunta en qué hora se paran. Me río. No me he fijado. Pero los he abandonado a su suerte en las doce en punto. La otra cosa rara no es nueva. Siempre que ando en una multitud acabo yendo en el sentido opuesto de la mayoría. Otra metáfora. El caso es que nado entre las multitudes y, por un segundo, me siento un espectro. Observo a todos y nadie repara en mí. Me encanta. Una señora impacta mi hombro, pero sigue como si nada. Y siento, que, después de todo, no me arrepiento de ser yo. Especialmente porque significa no ser ellos.

Aprovecho el día que me ha despertado para hacerme una especie de examen de fin de año. Desde que me levanté supe que iba a ser un día de mierda. Me paso toda la mañana intentando encerrar esas malas sensaciones en el armario de la basura difícil de reciclar. Pero está tan lleno, que hasta media tarde no consigo pensar en otras cosas. Así que me sumerjo en la vorágine navideña, sin rumbo y con la mente perdida gracias a la música. Porque últimamente vivo la vida con banda sonora. Lo cierto es que sin ella no podría seguir. Hay quien se refugia en el alcohol o en las drogas. Yo soy un adicto a la música, y no pienso quitarme. Y no. No lo intentes. Si no eres uno de los nuestros no lo puedes entender.

Para mí las Navidades son la ITV de las familias. La Administración te obliga a celebrarla una vez al año para sacarte dinero y para que veas que tu familia no es perfecta. Porque siempre te falta o te sobra alguien. Y, aunque participo porque soy fácilmente sobornable por la cocina de mi madre, en realidad, le doy más significado al Solsticio de Invierno. Sin rituales ni chorradas. Simplemente me sirve para reflexionar sobre el ciclo que se cierra y el nuevo que empieza. Esta interpretación se acerca más a la tradición inicial pagana que celebraba la muerte y renacimiento del Sol.

Lo que creo que he aprendido este año me hace pensar que la vida es más fácil de lo que parece. Quizás somos nosotros mismos quienes la hacemos complicada. Tal vez la clave sea, por una parte, encontrar un camino que transite por más sitios alegres que tristes y por otra, la actitud y la compañía con la que recorras ese camino. Esto no significa que tenga claro el camino, ni toda la compañía. Este año he vislumbrado la actitud. Por eso estoy, ahora mismo, parado a un lado de la carretera, mirando el mapa y decidiendo la ruta a seguir.

Mo'orea. Polinesia Francesa.

Mo’orea. Polinesia Francesa.

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