Diez guantazos

En el momento en que el camarero nos trae los cafés comienza a sonar la cancioncita. Hace meses que la dictadura del  marketing me obliga a escucharla en todas partes. Hasta provocarme la nausea. Hasta hacer que me odie por sorprenderme un día tarareándola.

Se lo confieso. Para eso están los amigos. Y, entonces, comparte su teoría conmigo.

– En esta vida –me cuenta– deberíamos llevar de serie la posibilidad de dar diez guantazos bien dados, sin penalización legal ni kármica.– Y se recuesta en la silla de mimbre, plenamente satisfecho de sí mismo.

– Estoy de acuerdo –concedo tras reflexionar un sorbo de café.–  Uno de los míos se lo llevaba el que canta esto.

Me mira con gesto serio y puntualiza: Pues yo le regalaba al menos tres.

Lo cierto es que ha sido una semana más difícil que la media. Vale. Lo acepto. No me ha pasado nada realmente grave. Mi irritación subyacente sería ridículamente inapropiada frente a cualquiera de los dramas que nos rodea en cada instante en cada lugar. Pero permitidme ser un egoísta insensible durante unas pocas líneas.

Me he sentido como corriendo en el desierto, pendiente arriba y con una piedrecita puñetera en la zapatilla. He recurrido a todos mis mantras y sólo el último de ellos ha recuperado mi ánimo. Luego os digo cuál es, por si lo necesitáis alguna vez.

El caso es que en este ambiente de confesiones me decido a contarle uno de los momentos clave de mi vida. Algunos lo pueden considerar un sueño aunque yo sé que fue mucho más.

Sucedió hace años. Y Nunca recordé como empezaba. Pero lo cierto es que, vagando en sueños, acabé frente a una presencia. Un mago. Con su hábito y su báculo. Y por supuesto su sombrero y su barba de hipster.

– Ostras, ¡tú eres Gandalf el Gris!– (nota: Yo ya me había leído el libro, pero como la peli aún no había salido, mi Gandalf era diferente del que hoy imagino).

– ¿Quién?

– El mago, hombre– dije perdiendo entusiasmo.

– Vale chaval (ya he dicho que hacía muchos años), lo que tú quieras. Pero a lo que vamos. Ejemp, ejemp –se aclaró la voz– Soy la respuesta a tus deseos –me dijo con aire solemne.

Lo miré de arriba abajo y constaté que ni de lejos tenía la apariencia objeto de mis más escondidos deseos.

– Mejor te explicas, por favor– le dije empezando a perder la paciencia.

– Ufffff –dijo cogiendo aire y preparándose como si fuera la enésima vez que le tocaba repetir el sermón ante un vulgar humano– ¡Enhorabuena, has sido elegido!– dijo con tono histriónico y un rictus de entusiasmo muy poco creíble.

– ¿Para qué he sido elegido?– dije con la desconfianza de los que jamás nos presentamos voluntarios a nada, ni a lo bueno.

– ¡Para poder escoger tu vida!¿te parece poco?–hizo una estudiada caída de ojos de desprobación y siguió con su rollo de vendedor de biblias– La mayor parte de la gente no puede elegir la vida que quiere tener aunque crea que sí. Pero tú puedes saltarte tu destino. Eres un privilegiado.

– ¿Y por qué yo?

– La vida no es justa o injusta. Simplemente, es. Hoy te toca esto…la próxima ya veremos.

– Y qué opciones tengo para elegir – acepté pasando a modo pragmático.

– Bien, me quedan dos tipos de vida en stock. En la primera, serás una estrella del pop. Es decir, montañas de dinero fácil, éxito, montones de mujeres espectaculares, ser aclamado y deseado. Aunque claro, la contrapartida es que no serás un artista (ni te importará), serás más ignorante que la media y las mujeres que tendrás…en fin, serán adecuadas a tu nivel. Tampoco sabrás valorar lo que significa trabajar para vivir.

– ¿Y la otra opción?

–La otra es una vida en la que tendrás que currártelo todo. Cantando mal y como máximo en el coche. Nunca serás rico. Tendrás pocos amigos, unos muy buenos y alguno que te fallará. Tú también fallarás a algunas personas. Y de cultura, pues lo justo, aunque claro que más que de la otra forma…

–Lo de la cultura no me preocupa mucho en este momento. Chicas. Háblame del tema chicas.

–Pues esta opción incluye pocas mujeres aunque especiales.

Me quedé pensativo. –¿Admites regateo?– probé.

–Ni de broma. Y si te pones exquisito me largo.– respondió frunciendo el ceño.

–¿La gente qué suele elegir?– (Yo todavía era joven e inmaduro y me influía lo que pensaban y hacían los otros. Ahora sólo soy inmaduro).

– Si pueden, escogen la primera. Esta misma mañana la ha elegido Enrique, el hijo de Julio Iglesias.

Y me decidí.

¿Mi mantra infalible? Ver este clásico.

https://youtu.be/exRyDWMuuqY

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La triste sombra del baobab

 

baobab 02

 

Desazón.

Una tenaza oprime mi pecho y me asfixia el ánimo conforme el vehículo avanza por la maltrecha carretera de baches, polvo y pobreza. La brisa hostil agita olas de tierra blanca contra los cristales, contra árboles y matorrales camuflados de polvo gris, contra las personas, que, cargadas como animales, caminan infinitas distancias de resignación bajo un sol inclemente, buceando en el polvo y respirando miseria. Esperaba encontrarme con las añoradas playas verde esmeralda del Índico. Quería pasear entre baobabs, la aristocracia africana de los árboles. Y, sin embargo, tengo la sensación de andar descalzo y perdido por la antesala del infierno.

Es el final de un viaje plagado de luces. Que contaré. En su momento. Pero hoy sigo impactado por las sombras. No quiero olvidarme de miradas inocentes de alegría amable, de curiosidad no disimulada. Pero no puedo apartar de mi recuerdo las miradas ancianas en ojos de niños. El peso de la vida. La inminencia de la muerte. Lo que en esencia es la otra África.

Desazón.

Tal vez, probablemente, soy yo. Creo que nunca he logrado tomarle el pulso a este continente. Y Madagascar no es una excepción. Porque esta tierra es África sin edulcorantes.

Los malgaches tienen arraigada la muerte en su cultura. Ellos no conciben la vida sin ella. Puede que acierten entremezclando las dos caras de la moneda. Tal vez por eso, y por la elevada mortandad infantil, no ponen nombre a los niños hasta los tres años. Y, quizá, por ello, celebran la muerte con una explosión de vida. A la que invitan a los vivos. Y al muerto. Literalmente.

Una de las cosas que me gustaría aprender de ellos es la capacidad para festejar. Porque si no has estado en un funeral malgache, no has estado en una fiesta.

Es arriesgado aventurarse a hacer una lectura de una tierra desconocida basándose en la visión superficial de unos pocos viajes. Pero lo que intuyo en este momento es bastante desesperanzador. África es un continente lleno de potencial. Pero ni les dejaremos tener una oportunidad, ni, en caso de tenerla, la aprovecharán.

Desazón.

 

Baobab 01

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Balear

Sa figuera

Para mí Baleares significa Mediterráneo, porque el de mi barrio no es el mismo mar, aunque se llame igual.

“Rebañismo” no tiene nada que ver con volver a bañarse, sino con un grupo de jubilados corriendo a lo Usain Bolt a las siete de la mañana para conquistar un trozo de arena en Benidorm. Se refiere al grupo de domingueros importados que siempre te rebozan en arena, porque ni saben ni les importa lo que es el respeto a los demás. Este pack choni playero es lo que intento evitar cuando me escapo a las Baleares.

Para mí Mediterráneo significa dejarme llevar, flotando, sobre aguas cristalinas turquesas, haciéndome el muerto para volver a la vida. Significa labios de sal, piel erizada por la brisa, caricias cálidas de sol, pies sumergidos en besos fríos de espuma blanca, huellas de arena húmeda dibujando la orilla, acantilados con lametones de azul profundo, sombras verdes en la umbría del monte, el rojo arcilloso de las playas selenitas del norte, la sinfonía rítmica de las olas tranquilas,  el aroma fresco de pino en las noches pintadas de luna, las carreteras que serpentean entre guardianes verdes, entre muros ingleses, entre campos ocres decorados con rulos de paja, salpicados de piedras ancestrales, de caballos retozando libres a su través. Mediterráneo es respirar y llenarte por completo de aire, de vida. Y por encima de todo es el olor a pino tostado por el sol inclemente del mediodía. Porque ese aroma son mis recuerdos. Porque ese aroma es parte de mí.

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La miel de La Alcarria

Volvíamos de recorrer uno de los campos de lavanda de Villaviciosa de Tajuña. Llevábamos todo el día en el coche. Fuera hacía un día plácido y fresco, como los que estamos teniendo este verano. Habría, sin exagerar, unos cuarenta grados a la sombra (exagerando, cincuenta y tantos). Entonces surgió la pregunta. No recuerdo quién de los cuatro la formuló pero estoy seguro de que no fui yo: ¿Saben las abejas que van a morir cuando te pican?

Cuando nos planteamos ir a fotografiar los campos estuve pensando en qué foto quería hacer. De alguna forma quería intentar plasmar  el aroma de la lavanda. Esto puede ser fácil de decir, pero, sinceramente, llevarlo a la práctica es una utopía. En primer lugar, pensé en sumergirme en el olor, simplemente paseando por entre los campos. Cuando iba en el coche, con la mirada perdida en las extensiones de girasoles que nos escoltaban conforme nos adentrábamos en Castilla, había proyectado una imagen de mí mismo tumbado entre la lavanda. Nada más pisar la realidad tuve claro que era una idea muy poco práctica. No porque mis amigos se fueran a partir de risa al verme, que también, sino porque había miles de abejas preparando la deliciosa miel que me acabaría trayendo de La Alcarria. Lo cierto es que, paseo arriba y paseo abajo, y pese a poner mi mejor cara de tipo muy intenso, la inspiración se resistió a hacer acto de presencia. No tardé en comprobar que, al igual que en otras cosas de la vida, las elevadas expectativas iban a eclipsar la belleza real del momento. Olía mucho a lavanda. Y olía muy bien. Pero siempre dentro de lo esperado y sin que me viera transportado al éxtasis ni nada parecido.

Pasamos la tarde recorriendo la tierra, fotografiamos el atardecer y nos empapamos de noche recorriendo los campos bajo las estrellas, ahora sí, con las abejas durmiendo en sus casas. Y yo seguía sin ser tocado por nada especial.

Al día siguiente, reventado (porque cada vez llevo peor la ausencia de sueño), me levanté y me dispuse a vestirme. En ese momento tuve conciencia de la magia del lugar. El aroma a Lavanda inundaba la habitación. Mis pantalones estaban impregnados en su esencia. De repente era como si me levantara rodeado de flores de Lavanda.

¿Saben las abejas que van a morir cuando te pican? No lo sé. Me imagino que no lo saben ni les importa. Aunque me imagino que se comportarían de la misma manera.

*  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *   *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *

Volvemos a casa. Acaba de terminar mi turno de conducir y me acomodo en el asiento de atrás dejando que la música me transporte a un país lejano. Recuerdo un momento de este año. Voy en moto de nieve. Conduzco yo en este instante, Vicen ha pilotado antes.  Es la primera vez en mi vida que manejo uno de estos trastos. Vamos en fila tras unas cuantas motos. En un momento dado tenemos que cruzar una especie de riachuelo helado y, al subir, el camino propone una rampa de pendiente brusca. La primera moto pasa a demasiado gas y vuelca. Los monitores nos detienen y nos hacen pasar lentamente, uno a uno. Cuando llega mi turno dejan de frenarnos y  me permiten pasar a mi aire.

Me he fijado en lo que ha ocurrido a la primera moto. Intuyo la forma de eludir el mismo destino. Siento como la adrenalina me recorre el cuerpo. Sorprendentemente, no siento miedo. El guía me hace la seña para que pase. Le doy gas. Bastante. Evito los surcos dejados por la primera moto. Sé que si me atrapan me conducirán de forma inevitable a volcar. Acelero. Me meto en los surcos y vuelco.

Es una de tantas veces que últimamente me he estampado. Recuerdo que al levantarme y tras comprobar que estábamos bien, empezamos a reírnos. He pensado varias veces en ese momento previo a afrontar la subida. Creo que probablemente hoy, volvería a hacer lo mismo. Y me volvería a estampar, sin duda.  Pese a que en el momento de estar en el suelo, todavía agarrado a los mandos de la moto y viendo el mundo del revés, tuve sensación de frustración y fracaso, creo que el hecho de haberlo intentado me ha acabado enriqueciendo. Es difícil de explicar y puede que suene absurdo. Pero así es como lo siento. Al final, todos vamos a acabar en el mismo sitio. Y tal vez sea mejor morirse de risa que de aburrimiento.

Otra cosa son mis estadísticas. Uno de uno. Siempre que he cogido una moto de nieve, he acabado volcando.

Al final, algunos de nosotros somos como las abejas: no sé si somos conscientes de lo que va a pasar, pero aún sabiéndolo tal vez debamos seguir nuestro instinto.

Aroma a Lavanda

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La Falaguera

Vista de Valencia desde un paraje cercano al Garbí. Sierra Calderona.

Paraje cercano al Garbí. Sierra Calderona.

Hace ya casi un año que abrí este blog con el relato de algo que me había ocurrido la noche anterior. Desde entonces me han ocurrido algunas cosas que podrían considerarse extrañas. Las he manejado con discreción y he preferido contar cosas más normales. A veces, no hablar de lo que te pasa te crea la falsa seguridad de que todo sigue bien, de que los problemas no existen. Recuerdo que una vez me dijeron que toda verdad ignorada prepara su venganza. Hace algunas noches mis verdades me encontraron.

La Falaguera.-

Sentado en el restaurante tailandés espero perdido en mis pensamientos  recapitulando todo lo acontecido en las últimas horas. A pesar de que nos vimos anoche y aunque no es frecuente que repitamos cena tan pronto, hemos vuelto a quedar. La verdad es que necesitaba hablar con ellos acerca de lo que ocurrió ayer.

Separo la camiseta pegada contra mi pecho y soplo para refrescarme la piel. El calor es insoportable a pesar de que el sol ya se está poniendo. Con el dorso de la mano desvío unas minúsculas gotas de sudor que inician el descenso por la frente.

Escucho el chisporroteo de la Coca-cola al disolver con violencia el hielo que flota en ella. Acerco la mejilla y dejo que me salpique la piel, agradeciendo que el frescor húmedo alivie durante un instante el calor que me sofoca. La refrescante sensación distrae mi conciencia que, sin notarlo, vaga hasta la noche pasada. Apenas hace unas horas pero parece pertenecer a otra vida, distante e irreal. Resulta extraño que pueda recordar de forma  tan vívida algunas cosas y, sin embargo, otros momentos los perciba envueltos en una niebla vaporosa de ensoñación…

Tenemos una tradición. Es casi un rito. No nos basta con sentarnos en un bar y compartir unos bocatas. Necesitamos dar más trascendencia a nuestras esporádicas quedadas. Por eso, especialmente en ciertas noches señaladas, solemos buscar la complicidad de la noche para subir a miradores perdidos en las montañas. Allí, desde hace años, hemos pasado horas y horas hablando, riendo, leyendo relatos, de misterio y terror preferiblemente, y, en ocasiones, simplemente disfrutando de la vista y del silencio. Con el tiempo y las obligaciones del mundo de los adultos hemos ido espaciando más y más estos momentos. Ahora, para obligarnos a quedar, nos ponemos excusas tan diversas como mirar por el telescopio o hacer fotografía nocturna. Extraño mucho las noches de antes, cuando hacíamos planes, no para comernos el mundo, tan sólo para disfrutar la vida. Este año hemos perdonado varias efemérides atractivas. Afortunadamente, anoche, solsticio de verano, conseguimos volver a quedar.

–Bueno, ¿dónde subimos esta noche?, ¿al Castillo de Serra? –dijo Álvaro con el tono provocador que suele acompañar sus preguntas.

–Por mí donde queráis, pero después de aquello, casi prefiero evitar el Castillo… –intenté reorientar con un acaloramiento súbito al recordar lo del año anterior.

–Yo también pienso que casi mejor que cambiemos de sitio… –me respaldó Nacho mientras remataba la última patata brava que nos retaba a los tres.

–Vale. Sugerencias, pues. –concedió Álvaro.

–¿Monasterio de Portacoeli? ¿Pí del Salt? –propuso Nacho.

–Me viene a la memoria una historia que leíste, Álvaro, hace muchos años. Fue una de tantas lecturas que compartiste en una noche de Todos los Santos. Trataba de un flor rara que florecía en una noche mágica, en un paraje de por aquí y …, bueno, no me acuerdo de más. –recordé en voz alta.

–La recuerdo. Era la flor de la Falaguera y florecía en San Juan. No me acuerdo de la historia entera, pero si pudiéramos ver el libro sería muy interesante buscar el lugar. –apuntó Nacho.

–No tendrás localizado el librito ese, ¿verdad Álvaro? –pregunté con resignación.

–No. Ni por asomo. Lo tendré seguro, pero, vamos, como para ponerse a buscarlo a estas horas. –apuntó Álvaro mientras apuraba su botellín de agua Vichy.

–¿Y si probamos suerte con Google? Pongo “Falaguera, San Juan” y a ver qué te sale. –acto seguido ya estaba escribiendo en su móvil–. Mira, ésta tiene buena pinta. –Dijo Nacho señalando la pantalla–. Aquí, en la tercera entrada, la que pone “Valencia pintoresca y tradicional”. –Especificó Nacho.

–Esa es. Está escrita por un tal José Soler Carnicer. Y se parece mucho a la que tú leíste. –Dije apoyado en el hombro de Nacho frunciendo el entrecejo para poder distinguir las diminutas letras.

–¿Qué pone Nacho? –Le pregunté desistiendo de intentar leerla desde esa distancia.

–Ummmm. Ah. Ajá. ummmmm. –Perdido en su concentración Nacho apenas me oía–. Vale. Ya lo tengo. Parece que se trata de una leyenda muy extendida por todo el Mediterráneo. De forma resumida cuenta que la Falaguera es un helecho que florece en la medianoche de la víspera de San Juan y sólo perdura esa noche. Quien consiga verla en ese momento mágico…obtendrá todo lo que desee por difícil que pueda parecer: Salud, amor, felicidad, que te devuelva Hacienda… –un conato de sonrisas se elevó en nuestra mesa reclamando la atención de la pareja de la mesa de al lado.

–Sí, es exactamente esa. –puntualizó Álvaro.

–Una cosa interesante es la localización donde crece la planta. –prosiguió Nacho–. Dice que al noroeste de Serra, en plena Calderona, había una zona que se llamaba “La Madroñosa” y en la que crecían entre otras plantas, este tipo de helecho. Hace referencia a un enclave con una casa en ruinas, tapada por un tupido bosque de alcornoques y pinos. Ese sería el sitio que deberíamos localizar si quisiéramos buscarla.

–Si quisiéramos, no: el sitio dónde vamos a buscarla, porque vamos a localizarla, desde luego. –Rectificó Álvaro mientras le hacía el signo de la cuenta a Pepe, el dueño del bar.

–No quiero ser un cortarrollos, pero hoy es 21 de Junio. No es víspera de San Juan…–comentó desanimado Nacho.

–Independientemente de eso, me parece que ante una historia así, no podemos dejar de ir. En cualquier caso y aunque la tradición lo sitúe en la noche de San Juan, yo creo que esta noche es todavía más adecuada. –Intenté animar.

–Explícate –me invitó a seguir Álvaro.

–Voy. Ésta es, desde luego, una de las muchas leyendas y tradiciones paganas que surgen alrededor de la noche del solsticio de verano. Solsticios y equinoccios han señalado ancestralmente momentos fundamentales en la siembra y cosecha, en las diferentes sociedades, desde el neolítico. El cristianismo, en lugar de luchar contra estos eventos, adoptó una estrategia más efectiva: situaron una celebración religiosa solapada con cada rito pagano. De esta forma aprovecharon la inercia de las gentes a celebrar algo en esas fechas. Con el tiempo el pueblo acabaría olvidando lo que inicialmente se celebraba. Con este rollete lo que quiero decir es que, donde pone “San Juan” podría ser, en realidad “solsticio de verano”, es decir, esta misma noche. Aquí y ahora. –Reconozco que me encanto cuando  hablo así. Además acompaño estas historias con cierta teatralidad innata que me hace ganar mucho en el directo.

–No sé si será como dices, pero desde luego te lo compro. –Se apuntó Álvaro.

–Yo también te lo compro. –Se sumó Nacho.

–Pero lo del lugar ya es otra historia. “Noroeste de Serra, en plena Sierra Calderona”…eso es mucho terreno. –Bajé un poco la euforia.

–Si fuera más pronto os propondría buscar en varios sitios –intervino Álvaro– pero a estas horas, salvo que Nacho nos muestre uno de los rincones que sólo él conoce, os propongo ir a la única zona accesible que me viene a la cabeza en la que conozco una casa en ruinas: El Garbí.

–Me parece una opción tan buena como cualquier otra, ¿Subimos con mi coche? – propuso Nacho.

–Id con uno y yo os sigo con el mío. La última nocturna que hice se quisieron volver a casa muy pronto y me faltó un rato para poder hacer las fotos que quería. Así no dependeréis de mí.

Y emprendimos el ascenso por las estrechas carreteras de montaña que conducen hasta el Garbí. Al final, Álvaro se subió conmigo. Nacho iba delante, como buen conocedor que es de la zona. La noche era cálida. Incluso para tratarse de la primera noche del verano. Apenas corría viento, tan solo una agradable brisa de olor a pino que aliviaba el castigo solar sufrido por la tierra durante todo el día. Con las ventanillas abiertas, porque no me funcionaba el aire, íbamos descubriendo, conforme ganábamos altura, las maravillosas vistas que nos ofrecía cada curva. En diez minutos llegamos al final de la carretera asfaltada, donde habitualmente se deja el coche para seguir un  tramo más andando. Había una docena de coches aparcados. Nacho había dejado el coche en marcha y estaba esperándonos. En cuanto detuve el coche se nos acercó por mi lado.

–Esto está lleno de gente, chicos –verbalizó con cierto desánimo.

–Ya te digo, parece la calle Colón un sábado por la tarde. ¿Qué hacemos? –dije.

–¿Se te ocurre algo Nacho? –dijo Álvaro.

–Podríamos ir al hito geodésico de Rebalsadors… –dijo a bote pronto.

–Pero estamos muy lejos. Tardaremos un buen rato. –Apunté.

–Si queréis podemos probar a ir a unas rocas más hacia el norte, cogiendo el desvío hacia Segart a la derecha. Las vistas son parecidas a éstas y no lo conoce mucha gente. Aunque me temo que allí no hay casas … –propuso pensativo Nacho.

–Me vale. Así conocemos un sitio nuevo. –secundé la proposición.

–A mí también me parece perfecto. –coincidió Álvaro.

–Vamos pues. Seguidme. –dijo Nacho desandando el camino hacia su coche.

Dimos la vuelta y recorrimos unos dos kilómetros, hasta el desvío que quedaba a la derecha. Al principio la carretera estaba asfaltada y era buena. Pero no tardamos mucho en abandonarla y tomar un camino que yo desconocía. El estado del firme hacía plantearte si era más sensato dejar el coche y seguir a pié. Unas nubes aisladas jugueteaban con la luna ocultándola para descubrirla acto seguido. Podíamos sentir la intensidad de luz fluctuar sobre el camino. Con paciencia y a ritmo de tortuga recorrimos tres o cuatro kilómetros más, que se nos hicieron eternos. Hasta que llegó un momento en que la pendiente desaconsejaba seguir con los coches. Los dejamos en una zona un poco más ancha donde cabían los nuestros y tal vez hasta un par más de coches. Nacho ya había estado aquí y recordaba que éste era el sitio donde los vehículos podrían dar la vuelta cuando regresáramos. Abrimos los maleteros y nos pertrechamos con mochilas, trípodes y la imprescindible neverita con refrescos para amenizar la velada.

Veinte minutos después empezamos a intuir que no debíamos estar lejos de la cima. Desde hacía varios minutos se había ocultado la luna. Con todo, la luz ambiente era suficiente como para seguir el camino sin linternas. Nacho iba en cabeza. Le seguía yo que, como siempre, era el que más trastos cargaba. Álvaro iba algo rezagado y en modo “cargando pilas”, esto es, con la cabeza bien alta, concentrado en que que su respiración no perdonara ninguno de los aromas mediterráneos, de que sus pupilas se impregnaran de cada rincón del camino y deleitándose de los sonidos peculiares de una noche maravillosa.

Las nubes se apartaron y la luna brilló con fuerza como si alguien hubiera encendido la luz. Rellenarse de luna cada palmo de tierra y oírse la potente exclamación de Álvaro fue todo uno. Nacho y yo nos giramos bruscamente hacia él. Rápidamente desvíamos nuestras miradas en la dirección en que mantenía clavada la suya.

Oculta entre la maleza había una especie de construcción. O restos de ella. La luz lunar arrancaba un brillo de la parte superior que delataba su presencia. Al momento las nubes volvieron a tapar el cielo y la construcción quedó escondida, imposible de ser vista salvo que supieras de su existencia.

–¿Habéis visto eso? –dijo Álvaro sin dejar de mirar en esa dirección.

–¿Sabías que eso estaba  aquí, Nacho? –le pregunté con la mirada todavía atada a la aparición que nos había frenado en seco.

–No. Sólo había estado una vez aquí arriba y no me llamó la atención nada. Tal vez de día sea menos visible. O tal vez cuando vine la vegetación ocultara también esa parte que hemos visto.

El silencio se adueñó del momento. Segundos que duraron minutos. Esperábamos que pasara algo. La luna, celosa de su secreto, se resistía a delatar de nuevo a su protegida.

Nacho rompió el hechizo de inmovilidad al dar el primer paso con decisión. Se desvió del camino y a través de unos matorrales, con determinación,  se dirigió hacia el lugar. Le seguimos con la dificultad del campo a través y la carga que llevábamos. En un momento dado tuvimos que parar y dejar las cosas en el suelo. Aprovechamos para colocarnos los frontales y seguimos avanzando en dirección hacia lo desconocido con pasos dubitativos y cada vez más inseguros, debido al accidentado terreno.  Pisamos unas cuantas aliagas y apartamos un sin fin de matorrales y ramas. Pasamos bajo un par de alcornoques. ¿Alcornoques? No recordaba haber visto nunca en esta zona. Nos agachamos para entrar en el círculo protegido de pinos y nos topamos de bruces con un muro. El estado ruinoso era evidente. Con el sólo haz de luz de los frontales y sin suficiente distancia, resultaba difícil imaginar las formas de la edificación.

Álvaro encontró un hueco en el muro y metió la cabeza.

–¿Qué se ve?- pregunté con excitación.

–No gran cosa, la verdad. Una habitación vacía y un techo poco fiable. Mejor rodeamos la casa. Yo no entraría. –dijo un segundo antes de apretarse entre el muro y los matorrales y empezar a recorrer el perímetro de la construcción.

Unos minutos y varios arañazos después llegamos a la parte opuesta de la casa. Se correspondía con el acceso principal y permitía, con algo más de espacio libre delante, imaginar lo que debió ser una mansión imponente en su momento. Se adivinaba un segundo piso y conservaba parte de una torre con un tejado de cerámica o algo parecido. Ese material era el que debía haber delatado, con su brillo, la ubicación de la casona. Me recordó de forma ineludible al “Chalet de Ayora”. Probablemente se tratara de edificios cercanos en época y estilo de arquitectura. Éste había corrido peor suerte, sin ninguna duda. Abandonado a su suerte y olvidado por el mundo, se mostraba desnudo y vejado frente a nosotros, en una noche especial, en una noche de solsticio. Recuerdo que al asomarnos desde la puerta y mirar en su interior sentí el privilegio del descubrimiento pero también tuve la sensación de mancillar con mi presencia su sereno reposo. Creo que, además de por el riesgo real de derrumbe, fue por esta incomodidad intangible por lo que decidimos no profanar su descanso.

Nos reunimos en círculo y apagamos los frontales.

–¿Y ahora que?¿Buscamos la planta en cuestión? –lancé al aire

–Esa era la idea,¿no? Separémonos y si encontráis algo avisáis. –nos organizó, como acostumbra, Álvaro.

Y de esta forma nos fuimos cada uno en una dirección distinta a buscar una planta mágica en medio de la noche.

Tras quince minutos de búsqueda por los alrededores de la casa asumí que no crecía nada que se pareciera, ni remotamente, a un helecho. Lo que si que descubrí es una explanada con una especie de chopos que surgían de la nada y que componían una aceptable foto. Si crecen chopos aquí, pensé, por qué no helechos. Por lo que seguí buscando con tenacidad. Pasaría una media hora, tal vez más, en la que ni encontré nada ilusionante ni oí llamadas triunfantes de mis amigos. En el siguiente cuarto de hora empecé a plantearme en serio que tal vez estábamos perdiendo la noche. Decidí abandonar la influencia de la casa para reencontrarme con mis pertenencias. Las cargué y retorné al lugar. El viento había cambiado y lamenté no haber cogido más ropa. Con la piel de gallina saqué los bártulos y en un santiamén tenía la cámara montada en el trípode. Al menos una foto decente iba a intentar llevarme. La luna se estaba poniendo, lo cual era bueno para poder rescatar la vía láctea en la foto, pero me producía unos primeros planos muy oscuros. Así que decidí iluminar los chopos con el frontal. Al acercarme a ellos me resbalé y acabé sobre el trasero. Me alegré de resultar ileso, de no tener testigos de mi torpeza y sobre todo de no llevar la cámara encima.

No hay nada mejor que no buscar algo para encontrarlo. Recuerdo que pensé eso al ver que, a un metro escaso de mis narices, había una planta solitaria con forma de helecho. De ella, altiva, surgía una flor de belleza singular.

–¿Cómo se supone que era la flor? –grité a pleno pulmón con la emoción del descubrimiento.

–Exactamente así –me respondió a mi espalda una voz cortante de mujer.

Varias sensaciones intensas me asaltaron al mismo tiempo: sobresalto, por tener alguien cerca cuando crees que estás solo; miedo por tratarse de una desconocida en un ambiente que de por sí ya me sobrecogía; frío por el viento que arreciaba y empezaba a mecer a su antojo cada arbusto. Pero, por encima de todo, sentí ridículo por ser descubierto tirado en el suelo, en una postura muy poco digna y gritando fascinado junto a una florecilla. Así somos los humanos. El sentido del ridículo nos hace ignorar los peligros que nos acechan.

Chalet de Ayora. Grao de Valencia.

Chalet de Ayora. Grao de Valencia.

–Señor…

–Señor…

–Disculpe señor, ¿desea que le traiga algo mientras espera a sus acompañantes? –la voz de la camarera me devuelve a la realidad.

–No gracias, espero a que lleguen…mire justamente están entrando ahora. – descubro con alivio como Nacho y Álvaro se dirigen hacia mi mesa comentando algo que les pinta una sonrisa en el rostro.

Tras el habitual abrazo sincero de cada reencuentro nos sentamos en la mesa para disfrutar de la cena.

*     *     *      *    *

–Se coge la lechuga, se pone un poco de zanahoria, un poco de calabacín crudo y soja. El toque especial, para mi gusto, se lo da añadir unas hojitas de menta. Ahora sí, le metemos el rollito vietnamita y envolviéndolo en la mano lo mojamos en la salsa y …buen provecho. –Nos explica la camarera.

Álvaro se queda mirando la fuente de comida con una mezcla de desconfianza y curiosidad. Levanta su mirada de falta de convencimiento hasta encontrarse con la sonrisa tranquilizadora de la camarera. Ella insiste: “muy importante lo de la hojilla de menta… en mi opinión  es lo que le da un punto diferente…”.

Bueno, a mí no me lo tienen que repetir dos veces. Con todo lo especialito que soy para otras comidas, me sorprende la necesidad de experimentación que siento ante la comida asiática.  Explosión de sabores y  sutileza de texturas pienso mientras elaboro el engendro que voy a engullir.

–Me fascina la comida tailandesa, tío. La explosión de sabores y la sutileza de las texturas. –Les comento sin dejar de mirar el rulo vegetal, concentrado en no echar al traste todo el ritual. Que no me olvide de la dichosa menta…

–Cuanto daño ha hecho “Master Chef” –me sonríe Álvaro socarronamente mientras permanece a la expectativa de mi delicada operación gastronómica.

–No lo veo. Master Chef, me refiero. –Me defiendo aceleradamente antes de deglutir el megarrollito vegetavietnamita.

–¿Qué tal?

–mmm… –placer, sabor, delicia, cierro los ojos, levanto la barbilla, éxtasis, abro los ojos, asiento rotundamente.

–La menta, es la menta. La clave es la menta. Atácale Nacho, no te cortes. –vuelvo a mojar en la salsa y repito el delicioso acto.

–Venga, allá voy. –Y Nacho entra en contacto con la exquisita comida tailandesa.

Me acabo mi primer rollo y me dispongo al ensamblaje del segundo. Con la despreocupación de quien está concentrado en una tarea de alta precisión y tiene total familiaridad con sus acompañantes, voy divagando sobre varios temas, a veces dejando frases inacabadas en favor de un poco de soja que se intenta escapar, otras veces, perdiendo algún hilo de conversación. Les cuento que para mí la mezcla de leche de coco y curry rojo define la gastronomía siamesa, que es mi destino preferido, mi gran seductora, a pesar del clima, de esa humedad ardiente e irrespirable. También me sorprendo contándoles que el tatuaje que nunca me haré habría sido una frase en sánscrito. Con un significado muy concreto, que ahora no viene al caso. Y tras entrantes exóticos y otras maniobras de distracción se me acaban las estrategias para demorar el abordaje del tema que nos ha reunido.

–Bueno, ¿cómo acabó la noche? –abre fuego Álvaro.

–Bien, bien, muy bien. –Me resisto inicialmente.

–¿Sólo bien? –insiste Nacho.

–Bueno, vale. –Asumo lo inevitable–. Os lo cuento. Pero primero me gustaría que, sin condicionaros con el resto, me contarais vuestras impresiones sobre lo que ocurrió ayer… –intento negociar a la desesperada.

–Claro, hombre. –Concede Álvaro–. Yo, personalmente, pasé una noche muy agradable. Me pareció interesante encontrar ese nuevo mirador en el que nunca habíamos estado…

–Sigue. –Le animo intentando disimular mi ansiedad.

–…Y fue muy emocionante descubrir las ruinas de la mansión. Deberíamos subir alguna vez con la luz del día… –apunta Nacho.

–La mansión. –Repito con alivio. No lo he imaginado–. ¿Y la flor, la flor de la Falaguera?- digo controlando lo mejor que puedo la emoción de la voz.

–…Ah, la flor, curiosa. Pero, sinceramente, yo no tengo certeza de que sea la susodicha planta. Ninguno de nosotros es botánico y, esa planta que se supone que florece y desaparece en la misma noche…pues yo creo que igual subimos mañana y sigue allí… – continua Nacho.

–La realidad es que de día esa planta no tiene la flor que le vimos anoche. He subido este mediodía. –Afirmo tajante.

–¡No fastidies! –exclama Nacho con sorpresa.

–De todas formas aún siendo una flor peculiar… no necesariamente es la que buscábamos. Quiero decir que … en fin, al menos yo no he notado ningún cambio mágico hoy. Esta mañana he mirado la cuenta del banco y sigo siendo pobre… –comenta socarronamente Álvaro.

–Ya, pero ella dijo que sí se trataba de la Falaguera. –Rebato medio ofendido.

–¿Ella? –Dice Álvaro poniendo expresión de extrañeza.

–Eso, ¿qué “ella”? –se une Nacho.

Me quedo mudo y palidezco. En ese momento estalla en sus caras una carcajada.

–Tranquilo, hombre, habíamos acordado tomarte un poco el pelo. –Recula rápidamente Nacho al ver mi cara de preocupación–. Hubo casa, vimos una flor, aunque sigo dudando que fuera mágica y existió una chica que estaba contigo cuando nos llamaste. No te comas tanto la cabeza porque lo de anoche fue…real. –Apunta Nacho mientras el corazón sigue martilleándome sin piedad.

–Y ahora cuéntanos, por favor, cómo acabó la noche… –aprovecha Álvaro.

–Dejadme que me recupere, desgraciados. –Digo antes de llevarme el vaso de agua a los labios. Ellos disimulan que no perciben el temblor de mi mano. Yo disimulo que no percibo la incomodidad en sus rostros.

–Tranquilo, respira. –La sonrisa, aunque medio forzada, se mantiene en la cara de ambos. –¿Por cierto, cómo se llamaba?

–Irina. –Respondo

–¿De dónde es?

–De Rumanía…

–A ver, enséñame el cuello…ummm no parece que te haya mordido la yugular… –bromea Nacho.

–No claro, estaba protegido por las bravas. –Añade Álvaro uniéndose a las risas de Nacho.

–Venga, fuera de coñas, ¿qué impresión os causó la chica…? –Intento reencauzar la conversación.

–Me pondré serio por un momento. La verdad es que apenas puedo hablar de ella porque estuvo muy callada. Se notaba que estaba interesada en ti, exclusivamente, y que era todo lo extraña que esperas de alguien que te encuentras en un paraje apartado y de noche… –comenta Álvaro con tono serio pero sin borrar la sonrisa del todo–. Y ahora cuéntanos todo lo que no sabemos. Puedes ahorrarte el momento en que nos la presentas. Te perdonamos que nos cuentes cuando nos juntamos alrededor de la flor, invocamos el nombre del helecho y no pasa absolutamente nada. Eso sí, te dejamos que nos agradezcas cuando, muy oportunamente, tenemos que marcharnos para dejarte luz verde.

Sonreímos los tres. Ellos dos con complicidad. Yo con nerviosismo.

Y les cuento.

Les cuento que la extraña que me dio un susto de muerte es bióloga apasionada por la botánica. Que precisamente estaba allí en busca de la Falaguera, noche tras noche, hasta que ayer, por fin, floreció. También me explicó, les digo, que su país está plagado de leyendas a cerca de este helecho. Les narro como, además de un rato de conversación intrascendente, al final, cada uno de nosotros acabó haciendo lo que habíamos venido a hacer: yo fotografías y, ella, estudiar esta peculiar planta.

Y luego…¿os fuisteis cada uno a vuestra casa y eso es todo?- me pregunta Nacho con cierto deje de decepción.

–Casi –continúo– Un rato después de que os fuerais, yo ya había realizado todas las fotos que pretendía y, además, veía que ella no estaba por la labor de darme más conversación, por lo que recogí trastos y me despedí. Y ahí habría acabado toda esta historia si el coche me hubiera arrancado. Pero la verdad es que  me ha vuelto a dejar tirado. Y menos mal que ella estaba allí y se ofreció a acercarme a casa. Este es el principal motivo de que esta mañana volviera allí, he ido con el mecánico a por el coche.

Mientras conducía de vuelta a casa se mostró mucho más sociable. Se le notaba la relajación que sigue a una concentración intensa y, me imagino, que la euforia de los objetivos cumplidos. Recuerdo como, con una adorable ambigüedad, me preguntó cómo me había atrevido a subir en el coche de una extraña…

–Reconoce que no es precisamente sensato que estés yendo en el coche de una auténtica desconocida que has encontrado en medio de la noche en un lugar aislado y tenebroso. –Me dice desviando la atención de la carretera y clavándome su mirada felina.

–Bueno, tampoco era especialmente tenebroso… –me escabullo.

–Tenebroso o no, no dejo de ser una extraña que has conocido hace apenas dos horas. Y no me digas que tienes la sensación de que nos conociéramos desde siempre porque esa peli también la he visto. –Arremete provocadora.

–Tal vez sea un impulso. Una intuición. –Me hago el interesante. O tal vez sea porque eres tremendamente atractiva y tus ojos verdes han cegado mi razón, pienso para mí.

–¿O Tal vez es porque soy tremendamente atractiva y mis ojos verdes ciegan tu razón? Aunque, en realidad, me temo que se trata de que te inspiro menos sensación de peligro que quedarte tirado allí arriba sin coche. –Dice con fingida ofensa.

Respondo con el silencio. No es la primera vez esta noche que siento que cita mis pensamientos. En varias ocasiones ha anticipado en voz alta lo que estaba a punto de responderle.

–¿De qué parte de Rumanía eres?¿No serás de Transilvania por casualidad? –le pregunto con sarcasmo.

–¡¡Vete a hacer puñetas!! –me responde con pretendida indignación haciendo aspavientos con uno de los brazos sin soltar el volante con el otro– ¿Se supone que por ser rumana tengo que ser un vampiro? Perdona, pero estoy harta de ese estereotipo. ¡Cuánto daño nos ha hecho el cine! –continua su interpretación

–Lo siento, pero he leído muchas historias de vampiros. De vampiros de verdad. De los que acojonan y no la mariconada esta de los vampiros metrosexuales que brillan al sol en lugar de encenderse como antorchas humanas, o mejor dicho inhumanas. Me creo con derecho a clasificarte en el reino de los vampiros y prejuzgarte sin remordimientos. Y si no te parece bien…pues sacas las alitas y te vas volando a tu castillo a Transilvania.

–Entonces, como tú eres de aquí tengo derecho a considerarte torero,¿no?

–No, pero te ofrezco un trato. Si aparece un toro es cosa mía y si aparece un vampiro…de tu primo te encargas tú, guapa.

Y para cuando la camarera nos trae un te de jengibre ya les he contado todo. O casi.

–¿Y ahí se acaba todo?

–Claro. ¿Te parece poco? –le recrimino a Nacho.

–Hombre. No sé, dime que te invitó a dormir con ella. Aunque sea mentira. Invéntatelo.

–Siento decepcionarte. Pero me temo que esto no es una película americana. Me llevó a casa. Le di las gracias y… eso es todo.

.
*    *    *    *   *

Al menos eso es todo cuanto puedo contarles hoy. Ya que hay cosas que, de momento, me las guardo. No porque no tenga plena confianza en ellos. No porque me preocupe que puedan pensar que estoy, nuevamente, fuera de control. Sino porque si las oigo cruzar mis labios, si las veo escritas de mi puño y letra, soy yo el que pensaré que estoy perdido. Que me he vuelto a perder. Y, en este momento, no puedo permitirme ese lujo.

Por eso, hasta aquí, todo lo que me atrevo a decir en voz alta. Acabo de volver de la cena y he sentido la necesidad de escribirlo en estas líneas. Es una especie de terapia, como “sudar la gripe”. Algunos lo entenderéis. Los que no, creedme, sois unos afortunados.

Y con esto, acabo el relato…

“Fin”.

Me doy una ducha fresca y a dormir, por fin. Me meto en la cama y cierro los ojos. Noto el peso del cansancio en los pies. El colchón me acuna y percibo como mi respiración se hace cada vez más profunda. Siempre me ha resultado curioso ser consciente de cómo me sumerjo en la inconsciencia del sueño. Me fascina ese momento de penumbra entre la vigilia y el sueño.

La oscuridad es absoluta en mi cuarto. Me cubro con la sábana. No importa el calor que haga. Si no me tapo no duermo. Pese a que mi cama es enorme siempre duermo agazapado en el lado cercano a la puerta. Ya estoy casi dormido cuando noto una segunda respiración. Abro los ojos. Oscuridad total. Me ladeo ligeramente y tanteo la otra parte de la cama. Hay un bulto. Meto el brazo bajo la sábana y dirijo sigilosamente la mano. Noto como el colchón se hunde gradualmente. Contacto con un cuerpo caliente. Un tórax que sube y baja al ritmo lento de la respiración de alguien que duerme. Es ella. Sigue aquí y es real. Que tranquilidad se siente al saber que la realidad sigue siendo verdad. Me giro y cierro los ojos.

Noto una mano que me toca el hombro izquierdo. Justamente ahora que estaba en lo mejor del sueño. Intento abrir los ojos pero Morfeo me tiene bien atrapado.

La mano insiste. Oigo una voz en la distancia:

–¿Estás despierto?

–¿Estás despierto?

–No.

–Si prefieres que hablemos luego… no hay problema.

–…Si tienes pacien…cia en que me des…pierte del tooodo… –me molesta muchísimo hablar con los ojos cerrados. Por eso me dejé la medicación para dormir, porque me costaba mucho volver a ser yo. Detesto hablar como si estuviera medio borracho–. Hacía ti..tiempo que no me levan…taba tan… sopa.

–¿Qué tal la noche?

–Ah… La cena… Bien… Muy bien.

–Háblame de esa cena.

–Si … te digo …la verdad… no me creerás… Es más no te conozco lo bastante como para saber …si te vas a molestar…por lo que pensé de ti…o tal vez… pienses que estoy fatal…

–Confía en mi. Puedo ser muy comprensiva.

–Vale…verás. Hace un año. Tuve una experiencia en que…en que …confundí personajes reales…con imaginarios… O al revés… Lo llamaron delirio. Y…anoche. Anoche creí que me había vuelto a pasar…maldita sea. Perdona. Perdona por dudar de ti.

–No me tienes que pedir perdón. Es positivo que seas consciente de un problema. Asumir un problema es el primer paso para solucionarlo.

–Sí. Para mí es…es muy tranquilizador que Álvaro y Nacho me confirmaran que tú existes. Que tú eres real. Que estuvimos los cuatro allí arriba, en la montaña.

–Yo soy real. Y antes de ayer estuviste conmigo. Y ayer también. Aquí. En el hospital. Pero no conozco ningún trabajador que se llame Álvaro y, Nacho, tenemos uno, aunque no está en esta sala. Pero no te preocupes. No debes volver a dejarte la medicación. Ya te recuperaste una vez y volverás a hacerlo. Sigue escribiendo en tu blog que es positivo para ti. Aquí te ayudaremos a que salgas a flote de nuevo.

.
*    *    *    *   *

–Dra Romanescu hay un señor que le busca, creo que es familia de su paciente.

–Gracias, Reme. Pásalo a la consulta de información a los familiares y dile que en cinco minutos lo atiendo.–Responde la doctora.

La consulta es muy pequeña. No cabe ni el aire. La mujer morena con la bata blanca está sentada al otro lado de la mesa escribiendo en un teclado y mirando concentrada la pantalla de ordenador.

Llaman a la puerta.

–Adelante –indica la mujer.

–Hola doctora, soy Álvaro González, me han dicho que lleva usted a mi amigo…

–Sí, hola, puede sentarse si quiere. Disculpe, ¿ha dicho Álvaro?

–Sí, así me llamo. Desde que nací, concretamente. ¿Por qué?

–Nada, nada. Cosas mías.–Cambia de tema la doctora.

–El caso es que su cara me suena, doctora… ¿nos conocemos?

–Seguro, nos habremos visto en alguna ocasión. Me encargo de él desde el año pasado… –responde la mujer sin darle mayor importancia.

–Seguramente será eso. ¿Cómo se encuentra hoy?– pregunta con preocupación Álvaro.

–Está en fase aguda, pero parece que va empezando a asumir la situación. Es positivo que reconozca la posibilidad del delirio.

–¿De qué va el delirio esta vez?–continúa Álvaro.

–Bueno, no hay que dar mayor importancia a la temática de los delirios. Éstos son construcciones de la imaginación que pese a estar bien edificados pueden contener elementos que a los ojos de los demás son absurdos. Otras veces pueden no ser tan llamativos…

–La otra vez estuvo convencido de haber cenado con una mujer imaginaria, que al final resultaba…resultaba ser un fantasma. ¿Esta vez ha vuelto a reproducir la misma fantasía? –pregunta Álvaro con gesto grave.

–No. Esta vez es un delirio más coherente. Aunque ha dudado de mi existencia, Jajaja.–responde la mujer con sonrisa enigmática.

En ese momento se abre la puerta y entra en la consulta la Dra. Romanescu.

–Hola Señor Álvaro, disculpe la espera.¡Perdone señorita!, ¿quién es usted y que hace en mi consulta?

FIN (tal vez)

Agradecimientos: Nacho y Álvaro por su ayuda documental y, sobre todo, por el resto de cosas.

La Vía Láctea en uno de los lugares donde crece la Falaguera.

La Vía Láctea en uno de los lugares donde crece la Falaguera.

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Un domingo por la mañana

Camino de Tasiusaq, Groenlandia.

Camino de Tasiusaq, Groenlandia.

Me encantan los primeros días de Mayo porque me dan ganas de vivir.

El sol pinta mi habitación en naranjas y rojizos. Acepto su guiño sutil para que me levante y olvido, por un momento, la sabiduría escondida en uno de los mantras de Julia: “Las mañanitas de Abril son muy dulces de dormir, pero las de Mayo son las mejores de todo el año.”

Hoy me siento como un domingo por la mañana y me gustaría compartir con vosotros y vosotras mi mejor sonrisa.

Music and Video: Beirut _ A Sunday Smile

https://youtu.be/BfU3IXHFAEM

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El paraguas

“Hoy no me pinto.”

Me miro de nuevo al espejo. Veo frente a mí a una mujer joven aunque todavía dormida. Hay días que me veo madurada, que no madura, aunque también. Y siempre, a esta hora, recién levantada, me siento tremendamente cansada.  Cansada de no dormir porque no concilio el sueño y, si lo logro, porque no lo mantengo y, si lo sueño, porque son pesadillas. Y lo peor es que son pesadillas de trabajo, las más inútiles que se han inventado. Pero, por encima de todo, estoy harta de esperar, pasivamente, en la cola de la vida y ver como nunca llega mi turno.

Vuelvo al aquí y ahora. Dejo de mirar mi mirada y me sumerjo en el pragmatismo. ¿Qué me calzo? Es tan tarde que no voy a poder rescatar las botas de agua, donde quiera que fuera que mi ascendente virgo las encarcelara tras las últimas lluvias. Me reconcome una de tantas pequeñas y absurdas injusticias: Ellos pueden ir al trabajo con las botas de trekking de Goretex y hasta se gustan. En nosotras todo resulta mucho más complicado. ¿Me pongo las bailarinas? Locura total tras toda la noche lloviendo a mares. ¿Las botas pues? No, que no llego. Nada, que serán las bailarinas y rapidito, que pierdo el bus. Pero antes recito mi mantra ante el espejo.: “Lo mejor está por llegar”. Y salgo de estampida.

Ando corriendo. Corro andando. Todo son charcos. No noto el frío. Que no, que no llego. Lo pierdo. Mierda. Lo pierdo seguro. Y patino…ufff, casi! Al menos no llueve…todavía. Y empieza a llover a océanos. Abro el paraguas. Me lo cierra el viento. Noto los pies húmedos y helados. Amenazo al viento con mi paraguas. Pero lejos de asustarse lo coge por la cintura y se marca un tango con él. Y ya son menos cinco. Imposible. Giro la esquina y cruzo el parque y, al fondo, atisbo la ansiada parada. Recta final. Taquicardia. Miro de reojo por si llega antes que yo.

A esta parte de mi trayecto la llamo “parque Usain Bolt”, porque batí en él el récord de los cien metros lisos. ¿Qué día? Todos los lunes. Y, a veces, en tacones.

Detalle del parque

Detalle del parque “Usain Bolt”…

Cuando cruzo victoriosa la meta no soy ovacionada por la multitud que allí espera. Tropiezo con las mismas caras resignadas de siempre. Percibo su momentánea mirada indiferente. Luego ni eso. Contemplo la misma expresión ausente en todos ellos, todos los días. Ovejas. Es la imagen que aparece cuando cierro con fuerza los ojos.

Como no hay sitio a cubierto me la juego y me quedo en el borde de la acera. La vida es riesgo. Ja. Ya debería llegar el autobús. Vigilo con inquietud los charcos más próximos. Desvío la mirada a los coches que amenazan con pisarlos. ¿Me aparto o me quedo? Si me retiro pierdo toda opción de asiento. Y son veinte minutos de camino. Con lluvia, treinta. Porque el tiempo es lo único que no encoje con el agua.

En el momento en que pasa el impresentable de turno y me arroja un cubo de agua sobre las rodillas, no estallo. No libero la ira que ha ido gestándose desde que me levanté. No desato la tempestad de fuego que, dormida, permanece latente en el volcán de mis frustraciones. En su lugar permito que me inunde una oleada de sentido del ridículo que tiñe mis mejillas de rojo semáforo. Soy consciente de que no hay nada vergonzante en que un cretino confirme las expectativas. Pero no puedo contener mi rubor. Y eso me irrita más que sumergirme en un charco de lodo.

Conquistar un asiento no apaga el fuego de mi interior. La pecera en forma de bailarinas donde chapotean mis pies no extingue el incendio de mi furia contra el mundo. Me pongo los auriculares y busco evadirme en cualquier música. Hasta que se sienta a mi lado una compañera de trabajo. Genial. Lo mejor para desconectar. Asumo que, extraoficialmente, acabo de empezar a trabajar, aunque estos treinta minutos no me los pagarán como horas extra.

Cuando bajo del autobús la lluvia puede considerarse diluvio bíblico. Le hago la envolvente a mi acompañante y escapo a mi suerte bajo la tormenta. Entonces reparo en que el agua me salpica la cara. A ver. Esto es imposible, me argumento. El paraguas es de los buenos, no de los del chino. Acepto estar calada de media pierna para abajo. Consiento andar sobre las aguas como una nueva mesías. Incluso admito la cascada que desciende por uno de mis brazos. Pero la cara, no. Es imposible. Entonces dirijo la mirada y percibo la violencia con que la lluvia martillea sobre el agua que cubre la acera. Escucho el repiqueteo del agua contra el suelo. Siento los quejidos lastimeros del cemento al ser apaleado. Y veo asombrada como, en realidad, casi que llueve hacia arriba. En ese momento de locura y sonrisa me imagino dirigiendo el paraguas contra el suelo y poniendo pose de damisela del siglo diecinueve. Entonces, de repente, decido inventarme un sortilegio. Me concentro y lo invoco. Así es como comienzo a diluirme bajo la tempestad, de forma que ni el agua que llueve de arriba ni la que diluvia desde abajo, me mancillan. Y resulta que, por un momento, soy impermeable a la mediocridad.

Modelo: Leila Amat Ortega (Manifeste Des Yeux). Muchas gracias, Leila. Fotografías realizadas durante el Taller impartido por Leila Amat en la escuela Revelarte (Valencia)

Modelo: Leila Amat Ortega (Facebook.: Leila.amat.ortega). Muchas gracias, Leila.
Fotografías realizadas durante el Taller impartido por Leila Amat en la escuela Revelarte (Valencia)

 

 

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Jigsaw

“¿Has besado alguna vez a una mujer, Dani?” Es la pregunta con la que respondo cuando me comenta que si no estoy cansado ya de ir a ver auroras.

“Vale, lo pillo.”- Acepta con tono resignado, evitándome el resto de mi argumentación. Dani es un amigo que conocí en Islandia hace un año, en un viaje lleno de grandes momentos, vacío de auroras y teñido de la melancolía de mi momento personal.

Hoy, un año después, acabo de volver de un viaje para ver auroras. Un viaje alegre y divertido,  no tan lleno de auroras como había encargado por Amazon (no tardaremos en llegar a este punto) y con un momento personal que progresa adecuadamente.

Al final, nada sale como prevés (ni en los viajes ni en la vida). Con todo, no puedo ir contra mi esencia. Soy previsor por naturaleza. Es duro. Pero he aprendido a convivir conmigo. Para los que me rodean es, en ocasiones, supercómodo y, en otras, exasperante. Para mí también. A veces, como dice Frankie Machine,  “me resulta tan difícil ser yo…”. A pesar de ello, de un tiempo a esta parte siento que me he relajado, y no lo digo como una pose. Es real. Tal vez no transcienda. Pero yo lo percibo. He conseguido que algunas  situaciones (sólo algunas, tampoco nos pasemos) que antes me habrían agobiado, ahora, incluso me supongan un reto que afronto sonriendo y disfrutando. Lo llamo “modo bolas chinas”.

Nuestro primer contacto con Laponia es una imagen como ésta. Se trata de la carretera principal que cruza la región de Norte a Sur. La realidad es que la carretera es magnífica. Los fragmentos de vídeo están grabados por Tony Duplà, que hace esto en sus ratos libres de copiloto. He puesto musiquita porque no me gusta oírme (aunque soy incapaz de estar callado cuando conduzco)  pero no es un vídeo que pretenda ninguna calidad, es un simple documento gráfico. 


Su mejor versión.

En esta ocasión, en lugar de hacer amigos en el viaje me los he llevado puestos. Tony me soporta desde hace 23 años. Vicen es, desde hace 13, como una hermana. Y Pardo me aguanta desde hace casi 3. En realidad se llama Sergio. Pero como éramos demasiados para un mismo coche, pues me apropié del nombre. De esa forma, el único que le podía llamar así, sin confusiones, era yo. Sin embargo, evito llamarlo Sergio, por si en lugar de responderme él, me respondo yo.

Pardo es tímido, noble, tímido, cauto, tímido, callado al principio y hablador por los codos cuando bajas la guardia y, sobre todo, es buena persona. Y aunque tal vez no deba mencionarlo, es algo tímido. Su sentido del humor es peculiar. Suelta paridas que sólo le hacen gracia a él y que le dejan algo bloqueado (demasiado poco rato, en ocasiones) cuando los demás no simulamos una risa. Porque los amigos no simulan. Entonces, sin avisar, dispara, en voz baja, sólo para sus oídos, comentarios incisivos, brillantes, hilarantes. Auténticos torpedos a la línea de flotación que si no son amplificados por alguien se pierden en el limbo de la genialidad olvidada.

Lo hablé con Tony antes del viaje. A veces creemos que el destino confabula en torno nuestro, bien sea a favor bien sea en contra. Pero olvidamos que, en ocasiones, somos simples peones de la partida que se juega para otros. Por eso, cuando le dije a Tony que éste era el viaje de Pardo, tuve un sentimiento agridulce. Porque, en el fondo, a todos nos jode ser actores secundarios. Sin embargo, una vez finalizado el viaje, admito mi error. Los cuatros hemos sido actores principales, aunque cada uno de su película. Al mismo tiempo, escenas interpretadas por cada uno de nosotros han completado el rompecabezas de los demás.

En una de las cenas, ya con el capuccino delante, puse cara de sabio muy sabio y agravé el tono de la voz para dar más importancia a lo que iba a revelar. Le conté a Pardo una de mis teorías favoritas. La de que somos nosotros quienes nos ponemos nuestras limitaciones. Sí, la misma frase exacta que días después me escribieron dedicada a mí.

Pienso que, en cierto modo, vallamos nuestras posibilidades. Nos encerramos en nuestras inseguridades y prejuicios y arrojamos la llave bien lejos, para que se hunda en el mar de la falsa seguridad. Pardo, en mi opinión, ha saltado la valla en este viaje. No digo que haya corrido libre por el prado sin volver la vista atrás. Y seguro que volverá al redil, como todos lo hacemos, a esa cómoda habitación gris en la que la rutina nos hace sentirnos a salvo. Pero, al menos, ya es consciente de que se puede saltar la valla sin que se hunda el suelo. Y te digo más, Pardo, abiertamente: de todo lo que has hecho en el viaje, el paso más difícil, fue decidir venir. Lo demás, vino solo. Y en la próxima escapada de tu pequeña celda del falso comfort, no temas. Aunque te cuenten que fuera te espera un laberinto. Incluso si te dicen que al final del laberinto te espera un Minotauro. Porque tal vez pueda aparecer una Ariadna y cederte su ovillo para que encuentres el camino de vuelta.

Tal vez no sea necesario que le cuente esto, porque lo cierto es que ha roto sus cadenas durante este viaje y creo que se ha sorprendido a sí mismo de lo que es capaz de hacer.

Sergio Pardo fotografiando una aurora boreal.

Sergio Pardo fotografiando una aurora boreal.


Cita con el surrealismo.

Una noche más y, tras envolvernos hasta parecer una cebolla The North Face, cargamos con todo el material y nos aventuramos hacia el interior del lago helado. Si despeja y si hacen acto de presencia…nos encontrarán atentos y complacientes como un nuevo amante. Ayer la copiosa nevada nos hizo renunciar. Hoy hace menos frío y las nubes se nos insinúan mostrando claros de luna. El hielo parece resistente. Sin embargo, saber que debajo hay un lago nos hace ser cautos al caminar sobre la llanura de mármol helado. Dicen que un grosor de 5 cm de hielo es suficiente para que no te vayas al fondo…siempre que no coincida con una corriente que pase justo bajo tu zona. Al final supimos que la zona era segura, pero no antes de que dos de nosotros pisáramos agua líquida.

Todo esfuerzo tiene su recompensa. Conducir hasta aquí, el frío, los resbalones, la incomodidad de montar trípodes, cámaras, disparadores…todo esto, en medio de un lago helado de la Laponia finlandesa, te compensa cuando tomas conciencia de dónde estás. Cuando respiras y el vaho dibuja formas fantasmales entre la luna creciente y las estrellas de más allá del Círculo Polar. Y, sobre todo, al sentirte pequeño, diminuto, ínfimo, ante ese silencio blanco que sólo interrumpe la luz llameante de la luna que, colándose entre las nubes, enciende y apaga la alfombra de cristal bajo tus pies. En ese preciso momento, surge la magia y ellas acuden a la cita. El hechizo verde de las auroras se aprecia a lo lejos, sobre la negra silueta de unas montañas al norte. Este momento lo vale todo. Y habría alcanzado el rango de sublime si el surrealismo no me persiguiera hasta el mismísimo culo del mundo. O, al menos, eso pienso cuando observo como aparca el autobús que vomitará cuarenta turistas japoneses sobre “nuestro” lago helado. Detesto a los turistas japoneses. Porque, con tanto lago, siempre tienen que ponerse o delante de tu cámara o entre los pies de tu trípode. No tardo nada en explicárselo. Y no necesito traductor para que lo entiendan. Pero, claro, las auroras se asustan, normal, y se van. Para no volver.


Ojos y botas.

Abandonamos la carretera principal y nos aventuramos por carreteras blancas, sin asfalto, sin quitanieves. Llegamos a la frontera con Rusia. Allí encontramos, tras perdernos y encontrarnos y volvernos a perder, lo que buscamos: una iglesia. No, no es que mi conducción haga que todos sientan esa necesidad espiritual. Es simple interés cultural.

Pardo y yo dedicamos unos minutos a fotografiar el exterior. Tony está sentado en un lateral, agobiado porque se ha metido hasta la cintura en la nieve del cementerio y se le ha mojado la bota. Vicen está dentro. Entonces sale. Y tras ella una guía local que encabeza un grupo de excursionistas. Cierra la puerta. Me dirijo a ella para que me deje entrar. Reparo entonces en que es alta, rubia y llamativa. Se gira y me dice que tiene que llevarse a todo su grupo (que ya va camino abajo) y que, sintiéndolo mucho, no puede dejarnos las llaves, porque tiene que devolverlas. Entonces  me llama mucho la atención algo en ella…sus botas. Son exactamente como las mías, como las mías que me han salido defectuosas y se llenan de agua. Se lo comento. Me mira con incredulidad y adivino sus pensamientos: 1. A mí me la repampinfla lo que le pase a tus botas  2. Devuélvelas o reclama o llora si lo prefieres  y  3. Con lo buenorra que estoy (y lo sé), ¿cómo te atreves a hablarme de tus botas?¿Acaso tengo cara de representante de “Sorel Caribou”?

Pero en lugar de decirme todo eso, resulta que es simpática y me da conversación. Me pregunta sobre qué hemos visto y me explica que ella es de Helsinki aunque lleva años trabajando de guía local en Laponia, por lo que se considera medio lapona. Además, me da las instrucciones para llegar a un lugar que no figura en la Lonely y que resulta ser el sitio más espectacular de toda la zona. Pero esto último, me lo tiene que repetir dos veces, porque durante la primera me he convertido en Homer Simpson al fijarme en ese par de ojazos verdes. O tal vez azules. Pero que con la luz anaranjada del sol ártico lucen de un verde sobrenatural y que destacan, hipnotizantes, sobre el conjunto de rasgos de su  belleza elegante. Porque tal vez los finlandeses no sean (en general) muy cálidos, pero, guapos y guapas, lo son un rato.

Minutos después se marcha. La veo como se aleja por el camino y desaparece de mi realidad.


Red fire en Panimo.

En uno de los varios pueblos que hemos recorrido estos días hay un lugar aceptablemente auténtico. Quiero decir, que van muchos locales y pocos de fuera. El sitio es lo más parecido a un Pub Finlandés. Es en él donde decidimos tomar algo la última noche para celebrar las buenas sensaciones con las que nos despedimos del viaje. El antro se llama “Panimo”.

Es un sitio peculiar, en el que entras y nadie te mira. Ni siquiera el tipo que está fuera del local, en plena nevada a varios-bajo-cero y en manga corta. No te miran aunque tu aspecto difiera en todo con el de los lugareños enfundados en vaqueros. Al entrar, desde detrás de la barra, el dueño te saluda con gesto adusto y pereza indolente, dedicándote algo menos de un segundo antes de volver a sus quehaceres. Que tampoco tiene pinta de que sean muchos porque te toca ir a ti a la barra aunque haya cuatro gatos en el local.

Una vez sentados y despojados capa tras capa de la armadura polar, nos jugamos entre nosotros a ver quién se levanta a pedir. En estas cosas siempre pierdo. Así que, allá voy. Me acerco al ocupadísimo barman con paso firme y seguro. Sondeo acerca de lo que se puede beber. Cerveza. Parece que solo cerveza. Venga, pues cerveza para todos los demás. Porque resulta que a mí no me gusta (lo cual no es tan raro si partimos de la base de que tampoco me gusta la pizza, por ejemplo). Así que pido lo que quiero para mí. Maldito el momento en que nombro la primera de las tres bebidas con alcohol que me gustan: “Piña colada”. El silencio se apodera del lugar. Las miradas me apuntan. La música de fondo se detiene. Un calor abrasador me envuelve y sofoca mi garganta. Al final, resulta que el hombre sí sabe sonreír. Entiendo que esa sonrisa reprimida es el equivalente en un humano a una carcajada de partirse. Tiene narices, que me acerque calzando unas botas prestadas de color verde lima, mis pantalones de esquí catalogados como color “red fire” y nadie se inmute. Y por pedir una piña colada se me partan en la cara. Decido no arriesgar con mi segundo nombre para no agrandar la herida de mi orgullo (…“mojito”) y paso directamente a la tercera bebida de la lista, menos vergonzante (“sidra irlandesa”). De esta sí tienen. Vaya. Es más, incluso tienen sidra finlandesa. Así que ya son cuatro las bebidas que me gustan. Y, desde luego, si alguna vez voy al Caribe, pienso pedirla en primer lugar, sobre todo si llevo puestos unos pantalones color “red fire”.

No la pongo porque sea la foto oficial de grupo. Ni porque se junten dos imposibles en esta época en Laponia: sol y agua líquida. Exacto, la pongo porque me encantan mis pantalones "red fire". A mi izquierda: Tony, Vicen, Pardo.

No la pongo porque sea la foto oficial de grupo. Ni porque se junten dos imposibles en esta época en Laponia: sol y agua líquida. Exacto, la pongo porque me encantan mis pantalones “red fire”. A mi izquierda: Tony, Vicen, Pardo.


Aventura para niños.

ALmuerzo dentro de un "Tipi"

Almuerzo dentro de un “Tipi”

Podría contaros que hemos recorrido casi mil kilómetros por carreteras de hielo y nieve, sin faltar a la verdad. Y que he sentido la emoción de la aventura al conducir contra la nieve y al frenar sobre placas de hielo. Sin embargo, no ha sido tan difícil como pensaba. Diría que ha sido divertido incluso (bolas chinas). Hemos perseguido auroras y, salvo en tres ocasiones, nos han sido esquivas. Pero la sensación que tengo es que nos lo hemos pasado escandalosamente bien, vaciando por completo el cenicero de las colillas de nuestras miserias diarias. Admito que me he divertido como un niño.

De pequeño me marcaron dos escritores. Twain me mostró una visión distinta del destino, que me acompaña todavía hoy, y London me sedujo con los Mares del Sur y, sobre todo, con la fiebre del oro del Klondike. Por eso, por London, me sentía como un aventurero del siglo diecinueve gritando en ese trineo tirado por Huskies, corriendo y empujándolo en las pendientes,  subiendo en marcha y casi volcando en ocasiones (Pardo y Tony sin casi, jajaja). En la motonieve el honor del récord de velocidad se lo llevó la dama. Y si estampé la moto y volcamos en ella, fue, tan solo, para que Tony y Pardo superaran su trauma con el trineo. Las raquetas consiguieron que riéramos el doble que los metros avanzados y que nos cansáramos el triple que culadas nos pegamos con el esquí de fondo. Pensaba en un viaje lleno de tiempos muertos y nos ha faltado tiempo. Fuimos a maravillarnos en la noche estrellada y lo que nos arrancó un ohhh gigante fue ver el extraño sol fantasmagórico sobre Helsinki, que Pardo aceptó como sol, y no como luna, solo porque teníamos la certeza de que estábamos en cuarto creciente. Planificamos un viaje lleno de fotos pero con tanta actividad, la verdad, casi se nos pasa hacer alguna. Pactamos hacer un poco de making of  y se nos olvidó rodar la peli principal. Al final, siento que lo que empezó siendo un viaje fotográfico con amigos, ha acabado siendo un viaje de amigos con fotografías. Y, la verdad, no lo cambio.

Por los bellos parajes del PN Urho Kekkonen.

Por los bellos parajes del PN Urho Kekkonen.

Por los bellos parajes del PN Urho Kekkonen.

Trineo de Huskies por el  PN Urho Kekkonen.

Belleza finlandesa

Belleza finlandesa


Principios.

En este viaje he confirmado que si haces un viaje fotográfico pensando exclusivamente  en hacer fotos, al final, como máximo, obtienes sólo algunas fotos. Por lo que mi próximo viaje no será intencionado. Iré a conocer un sitio con todo lo que me quiera mostrar y no sólo por algo concreto. Y, tal vez, decida aplicar una filosofía parecida a la vida.

Con todo lo muy bueno que me ha pasado estos días, si me tengo que quedar con un momento especial, elijo éste: Un principio. “Estamos esperando en el aeropuerto de Ivalo para recoger el coche de alquiler…”. Lo elijo porque los principios, independientemente de la realidad en la que acaben, son puro potencial que llega envuelto en papel regalo decorado con ilusiones. Por una parte, prefiero no estropear el presente con el prejuicio de las expectativas, que tanto daño hacen al ocultar con la dulce mentira de la fantasía la sorprendente belleza que pueden esconder las realidades. Pero por otra parte, no puedo resistirme a rozar las ilusiones con las yemas del corazón, con los latidos de los dedos. Porque sin ilusiones, la vida sería sólo un simple pasatiempo.

Este vídeo resume mejor que cualquier frase el espíritu de este viaje. El que canta “carros de fuego” es Pardo.

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Travesía de la noche

Arbre sota la via làctea a l'interior de la província de València

Arbre sota la via làctea a l’interior de la província de València

 

“En ciertos pueblos perdidos en las montañas de Guatemala, manos anónimas crean los muñequitos “kitapenas”.

Ellos son un santo remedio contra las preocupaciones: despreocupan a los preocupados y los salvan del insomnio.

Los muñequitos quitapenas no dicen nada. Ellos curan escuchando. Agazapados bajo la almohada, escuchan los pesares y los penares, las dudas y las deudas, tormentos que acosan el dormir humano, y mágicamente se los llevan lejos, muy lejos, al secreto lugar donde ninguna noche es enemiga.”

Eduardo Galeano (“Los hijos de los días”, cuento correspondiente al día 6 de Abril)

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La sonrisa

La luz anaranjada es contaminación lumínica de la ciudad de Tromso.


La luz anaranjada es contaminación lumínica de la ciudad de Tromso.

Cómplice, el Sol me guiña un ojo. Le devuelvo una sonrisa. Quien sonríe, dice Forment, muestra una actitud vital, enseña a los demás su forma de entender el mundo. Cualquiera puede reír, pues no es más que una necesidad de liberar nuestros demonios. Es, hasta cierto punto, un acto egoísta de desinhibición. En ese sentido, mientras la risa es una forma de incomunicación, la sonrisa se acerca más al plano de la sensibilidad y la armonía con lo que nos rodea. Al sonreír a alguien, le estamos hablando de nosotros. Los budistas consideran una falta de madurez mostrar el enfado y la seriedad en el rostro. De un tiempo a esta parte, casi siempre visto una sonrisa, tanto en los buenos como en los malos días.

Hoy, es de los buenos. Bajo la mirada y acelero el ritmo. Siento la textura de la arena bajo los pies. La brisa refresca mi cara, que arde pese a la tibieza del sol de atardecer. Saboreo el mar en los labios. Jugueteo con las olas que me ofrece la marea. Las reto. Las esquivo. Las salto. Las atravieso, chapoteando como un cachorro que acaba de descubrir el mar. Correr tiene un momento mágico. Cuando lo alcanzas, ya no importa nada. Simplemente despegas y, por un instante, eres imparable. En ese momento, todo es perfecto equilibrio. El rompecabezas encaja.

Pasan los minutos y me envuelve la penumbra. El hechizo de la música rescata mi respiración de la monotonía. Me adentro en la noche. Y, entonces, surge la magia. La Luna acude a mi encuentro y me acompaña,  reflejada en el agua, en la arena mojada, en la alfombra de espuma bajo mis pisadas. La veo junto a mí, guiando mi paso, pero siempre un latido por delante. Inalcanzable. Inevitable. La miro y me sonríe, cómplice.

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