Libro en blanco

Se lo contaba a María el otro día en el autobús. Cada año que empieza es un libro con 365 páginas en blanco (éste, 366).

Puedes cerrar el libro y guardarlo en un cajón o bien coger el lápiz y empezar a escribir y dibujar todo cuanto se te ocurra.

 

Personalmente:

  • Espero escribir unas cuantas historias.

 

  • Me gustaría pegar alguna foto con amigos, de las que salen desenfocadas y movidas porque las haces en pleno ataque de risa.

 

  • Desearía que cuando haga algún tachote no se me olvide que sólo se equivocan los que lo intentan.

 

  • Me encantaría encontrarme una letra que no fuera la mía, que me sorprenda y me llene de ilusiones y alegría.

 

  • Y que en la última hoja no eche a nadie de menos.

 

Libro en blanco

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El Elemento

 

Me dejo llevar por la marea, mecido en un vaivén interminable. No sé adonde voy ni tampoco me preocupa. Sé que estoy inmerso en un ciclo de cambio. Un ciclo que parece un huracán. Ya he desistido de comprender el sentido de todo esto. Simplemente prefiero ahorrar fuerzas para el momento en que vea la orilla. Entonces nadaré con fuerza y convicción. Lo daré todo y me salvaré. O no será suficiente y me ahogaré. Pero lo habré dado todo.

Cierro los ojos y permito que el mar me cubra de caricias de espuma y que la rompiente me abrace para siempre.

En este estado vital, acepto como normal ir a ver el partido y encontrármela de cara nada más llegar. Sin ni siquiera haberme podido acomodar. Sin que me de tiempo a decirle a Tony que otros se harían un selfie para decir en Facebook que sus vidas de mierda son mejores que la tuya.

No creo en Dios. Pero sé que existen los dioses. Y las diosas. Y sé que algunas de ellas se disfrazan de mujeres y pasean entre nosotros, los mortales. Intentan pasar desapercibidas y casi lo consiguen. Hasta que te miran a los ojos. Hasta que te penetran el alma.

Creo que no es real. Me froto los ojos. Me pellizco los lóbulos de las orejas. Hasta despertarme. Y cuando lo logro, como Monterroso, ella sigue allí, erguida, desafiante y segura de sí misma.

Me mira un par de veces por casualidad. Yo la observo con disimulo (que en mí es imposible, claro). La costumbre le hace no mostrar incomodidad. Cuando ocupa su sitio, en la fila de abajo y un poco a mi derecha, yo ya estoy pensando que debí haber cuidado más mi indumentaria, mi afeitado, mi todo y de paso haber venido con varios años menos y …para, para. Soy yo. Soy esto. Es lo único que importa, que siempre soy yo, que nunca me renuncio.

Claudico y decido no disimular cuando la analizo y reconstruyo a partir de la intuición. Sí, claramente es ella: Artemisa. Siempre sentí fascinación por la diosa de los bosques y las colinas, la arquera, quien fue perseguida por muchos dioses pero a la que ninguno logró robar el corazón. Menos mal que sólo soy un hombre, pienso.

Coincido con su mirada y no nos apartamos. Le abro el alma y le permito leerme porque no tengo nada que ocultar. La estudio con detenimiento y, al final, me susurro las conclusiones sin que me oiga: “Es madura y responsable, tal vez demasiado. Valiente, independiente, orgullosa de sí. De temperamento fuerte. Quizás a ratos insoportable. Provocadora, en  sentido transgresor.  Lo de llamar la atención, ¿será suyo o de la niña mellada con coletas que se asoma tras sus ojos inquietos? Aunque no parece frívola ni superficial, flirtea sutilmente con dar esa imagen. Tal vez en un intento de ocultar un alma más sensible. Intento que es frustrado por un pequeño brillo melancólico en el fondo de la mirada. Una pena oculta. Pero me olvido de lo más importante: transmite alegría y vitalidad. Además es un poco payasa”. Y esto, por cierto, es lo que me conquista definitivamente.

Le enseña con el móvil las fotos de su último viaje a su amiga. Camuflado, las analizo. Deformación profesional. Me prometo que no le diré que, cuando fui hace varios años, ese lago no era tan hermoso. Porque no estaba ella.

Y así paso media tarde. Viendo el partido y aceptando que no soy su marca de hombre. Hasta que decido que lo haré. Aunque no sé cómo. Porque resulta que ahora no me asusta el fracaso, sólo temo no intentarlo.

Si esto fuera cine americano yo acabaría hablando con ella y quedaríamos otro día. Tendríamos una conversación banal y de risa fácil y, al final de la peli, nos daríamos un beso casto y aburrido. Si se tratara de una película francesa tendríamos una conversación ingeniosa y repleta de conceptos filosóficos y surrealistas. Acabaríamos degustando un  vino elegante y nos besaríamos con pasión desatada.

Pero me temo que esto es la realidad.

Hablé con ella. De la única forma que se me ocurrió. Pidiéndole que nos hiciera una foto a Tony y a mí. Para subirla a Facebook. Sí, patético. No sé si me sentí más ridículo posando o imaginando mientras nos la hacía que igual pensaba que éramos una pareja gay. A continuación le pregunté acerca de las fotos que le había espiado mientras las veía con su amiga. Doblemente patético. Creo que para hacerlo peor solo me faltó vomitarle encima.

Pero, a pesar de todo, salí del partido hablando con ella. No por mérito mío sino porque ella fue, es, educada y agradable, simpática y deliciosa. Y conforme se acababa la cuenta atrás para que saliera de mi vida yo sólo podía pensar que aunque sé que la lotería nunca me toca, todos los años compro un décimo. Y que me gustaría que en esta ocasión me tocara. De una puta vez.

Hablamos unos minutos. Ella lo prolongó más de lo que el protocolo le exigía. Me dijo que era profesora. Y me recomendó un libro, “El elemento”, de autoayuda. Debí captar la indirecta.

Hacia el final, le descubrí un resquicio en la impecable muralla. Una mínima oportunidad. Ella anhelaba en su interior aventuras que tal vez su entorno no le iba a dar. Pero que yo sí llevo de serie.

Intenté, contrarreloj, venderme en un minuto. Pero soy un bosque. Desde fuera los árboles me tapan. Si no entras no me descubres. Y, aunque entres, en un rato no me recorres. Además, nunca me fue bien lo de venderme.

Cuando la llamada de sus amigos la rescató de mí, yo tenía la mirada secuestrada por  sus ojos. Por absurdo que parezca, me vinieron a la mente las palabras del poeta, que nunca hasta ese momento tuvieron un significado tan claro para mí, “Cerré mi boca y te hablé en un centenar de silenciosas maneras”. Asentí con mi sonrisa tímida habitual mientras ella decía, con cortesía, que contactaría. Aunque ambos sabíamos que no. Aunque yo sabía que no y al mismo tiempo deseaba creer que sí. Pero sabía que no. Porque era consciente de que esto es la vida real.

Una vez leí que algunos encuentros son fortuitos, si bien no la mayoría. Todos tenemos un mensaje que transmitir a los otros y un aprendizaje que recibir de los demás. Este pensamiento mágico, que admito que es más que cuestionable, lo aplico desde hace años porque me refuerza interiormente. En parte por esta manera de entender lo que me sucede, he reflexionado sobre nuestro encuentro. ¿Causalidad o casualidad?

Podría engañarme a mí mismo y fantasear con toda esa basura que he contado antes de las pelis francesas y americanas. Pero la realidad es, Artemisa, que creo que tal vez no fueras buena para mí. Y, seguramente, yo no lo fuera para ti. A veces me veo como un vino que no deja impasible a la gente: O siento muy bien o dejo una terrible resaca. Otras veces creo que más que un vino soy el Anís del Mono.

Así que, apartando fantasías adolescentes, intuyo que la realidad de nuestro encuentro es una cuestión de aprendizaje.

Entiendo que el mensaje que yo tenía que recibir era el libro que me recomendó, que ha resultado ser magnífico e inspirador. Aunque admito que me sabe a poco. A poquísimo. Por mi parte, el mensaje que yo debía darle, tal vez no lo pude entregar. Quizás sí.  Sólo puedo especular con lo que yo podía haberle aportado. Tras reflexionar con la mayor objetividad que puedo, que no es mucha, me quedo con  estas dos cosas. Y perdóname, arquera, porque soy bastante peor escribiendo historias que contándolas:

Creo que las cosas que te ocurren en la vida, especialmente las negativas, puedes aceptarlas como tal y agachar las orejas. O bien puedes entenderlas como un toque de atención a que no vas por el camino adecuado. Son, en realidad, puntos de inflexión en tu vida que se presentan en forma de zancadillas que te pone el destino. Sé de lo que hablo. Y hasta aquí puedo leer. Sea como fuere he llegado a mi actual momento vital, a mi aquí y ahora.  Y siento que no me he enterado de nada. Que no he sabido de qué va esto de la vida. No obstante, creo que ahora empiezo a pillarle un poco el truco. Y espero que no sea tarde.

Estoy cansado de vivir la vida que se esperaba de mí y me dispongo a vivir la que realmente me apetezca, le pese a quien le pese. Y resulta que he dejado de ser políticamente correcto. Porque en esta fiesta hay un momento en que te cortan la música de golpe y sin previo aviso. Y como esta canción me gusta…pues voy a salir al centro de la pista a bailarla, dándolo todo. Y quien me acompañe puede bailar junto a mí. O bien hacerse a un lado y dejarme espacio. Resulta que no necesito que nadie me salve, porque mi vida ya tiene suficiente sentido. Y desde luego no estoy aquí para salvar a nadie, porque eso es algo que cada uno debe hacer solito. Y con esto no digo que no acepte a nadie compartiendo mi camino, porque los buenos compañeros de viaje escasean y siempre son bien recibidos. Y los buenos compañeros de vida, ni te cuento.

No sé si este primer mensaje tiene significado para ti. Espero que no. Porque si lo tiene es que estás jodida.

El segundo mensaje no lo doy en abierto. Y puede que ni en privado te lo contara. Ya que se trata del secreto para vivir más. Secreto, que, por supuesto, no descubrí yo. Me lo contaron. Y no, no tiene nada que ver con cuidarse y vivir más años. Resulta que es sencillo y genial. Pero solo se le cuenta a la gente que realmente lo necesita. Debes tener un motivo importante para te sea revelado, porque la gente no valora lo que es gratis.

Me habría tomado un té con ella para contarle esta carta. Una sola vez. Después de ese té, no habría intentado que fuéramos amigos. Porque yo lo quiero todo o no quiero nada.

Cierro los ojos y sigo flotando a la deriva en el dulce mar azul de su cálida mirada. Pensando si tal vez le envío un último mensaje que simplemente diga: “Gracias por un instante de ilusión. Suerte y felicidad en tu vida”.

 

 

La foto de nosotros tres. Tony a mi derecha.  Ella tras la cámara.

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PD 1: Aquí, mi cara cuando poso. Sin comentarios.

PD 2: La camiseta mola, eh? pues también tiene su historia…

PD 3: El tipo de detrás, el que se está invitando a la foto… no sé quién narices es.

 

 

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We Can Remember It for You Wholesale

Qué pena que la gran  importancia que le damos a la imagen que queremos proyectar no se la demos a la que tenemos de nosotros mismos. Qué lástima que no intentemos mejorar ambas imágenes cambiando lo que somos, para acercarnos a lo que simulamos ser.

 

Estoy cenando con Vicen en un restaurante en St Gilles. Estamos rodeados de gente aunque en la mayoría de mesas hay alguien que está sin estar. El móvil les ha secuestrado el alma. Al resto de la mesa no parece importarle mucho, tal vez porque los dan por perdidos. Estoy reflexionando sobre esta situación, tan normal y tan aberrante al mismo tiempo, cuando percibo con el rabillo del ojo un movimiento brusco. Una señora, como de cincuenta y pico, se levanta y tras un gemido de pena infinita vacía la copa de vino en la cara de su acompañante. Como en las películas. Es la segunda vez en la vida que asisto a esta escena (en la primera era yo el que vaciaba el vaso, pero eso es otra historia).

En cuanto ella sale de estampida, el hombre, que aparenta unos pocos años más, se tapa los ojos con las manos y medio solloza. Desconozco si a causa del desenlace de la cena o por el sentido del ridículo. Sea como fuere, le veo combatir lo segundo manteniéndose en la mesa con forzada indiferencia. Se seca cara y camisa con la servilleta y espera a que pase la tormenta. Las miradas se van apartando de su mesa, poco a poco, sumergiéndose de nuevo en sus platos, conversaciones y móviles. Sin embargo, yo permanezco hipnotizado intentando descifrar el enigma. Sinceramente, haberle hecho caso al móvil en lugar de a la señora habría justificado una ducha de esas. Pero no creo que sea el caso de esta pareja. Todo apunta a una confesión. El señor mantiene la cabeza alta, medio desafiante, aunque sin enfrentar a nadie con la mirada. Al final, acaba haciendo lo predecible, refugiarse en el celular. ¿Simula que mira algo o está enviando un mensaje del tipo: “se lo he dicho”?

 

 

Me recuerdo hace unos meses en el Museo del Prado, en mi sala preferida, la de El Bosco. No me pasó desapercibida la cola de gente esperando turno para hacerse un selfie con “El Jardín de las Delicias”. Algunos incluso se quedaban a mirar el cuadro, generalmente durante no más de un minuto, para, a continuación, seguir documentando sus vidas de espaldas a otras obras maestras. Porque parece que lo que no subes a Facebook no lo has hecho.

Observo disimuladamente a una veinteañera que comenta la última foto de Instagram que ha subido una amiga que está en la playa y que, probablemente, no se habrá bañado porque había medusas. Eso sí, vientre duro y para dentro, labios para fuera y cara de “recién acabo de tener el mejor orgasmo de mi vida”. Me imagino a la chica preguntándose cómo superar el desafío: “¿Le envío el selfie del cuadro de Velázquez o el del cuadro de Goya?”. Le respondo telepáticamente: “Cualquiera chica, si total no sabe ni quienes son…”

 

 

 

Este jueves fui al teatro. Delante de mí se sentaban dos señoras de sesenta y bastantes. Una de ellas era delatada cada pocos minutos por la iluminación de su pantalla. Se perdió media obra probablemente diciéndole a una amiga lo gran actor que es Darín. Cuando acabó, estuve a punto de preguntarle si realmente su vida de fuera era tan interesante como para perderse una actuación única. Finalmente me contuve y decidí atribuir su comportamiento a un posible enamoramiento adolescente.

Los adolescentes y los niños son, desde luego, el grupo más vulnerable en este tema. Que un cuarentón sedentario se recluya en la PlayStation p​ara vivir la vida de Messi es triste. Pero que lo haga un niño es alarmante.

Los campos de deportes de mi barrio están vacíos de niños, están huérfanos de vida. Porque los niños que hacen deporte ya no juegan, entrenan. Ya no se divierten, ensayan, para cuando sean estrellas.Y ya no copian regates sino que imitan peinados.

Sorprendentemente, todos tienen “algo”, todos son futuros “cracks”. ¿Qué pasa?¿que ya no quedan niños normales?

 

 

 

Philip K. Dick adelantó hace cuarenta años algo parecido a lo que pasa en la actualidad. Predijo una sociedad adoctrinada y manipulada que se conformaría con vivir experiencias implantadas en la memoria, recuerdos a la carta, renunciando a vivir dichas aventuras en primera persona. Porque, ¿quién quiere correr los riesgos y acabar defraudado por las expectativas cuando le pueden implantar un recuerdo perfecto? ¿Quién quiere una pareja real cuando puede aspirar a la ilusión de una relación irrealmente idílica?

 

Bueno, algunos todavía queremos. Porque cada vez que no me salen los planes previstos, que por definición es siempre, la vida me acaba regalando algo inesperado. Porque cada persona que ha aparecido en mi vida me ha deslumbrado con sus luces y también me ha cubierto con sus sombras. Puesto que sin lo uno, lo otro no puede existir. Pero, al final, te das cuenta de que son las imperfecciones las que nos definen y nos hacen únicos y especiales. Por eso me atrae lo imperfecto. Porque escalar una montaña sin desperfectos es una utopía que no merece la pena.

 

PD: Por cierto, es Nacho, a ver qué quiere…

Watts de Nacho

 

 

 

 

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Ninguno

“Ninguno, ni el más macho de los supermachos tiene la valentía de confesar ‘la maté por miedo’, porque al fin y al cabo el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”.

                Eduardo Galeano

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Diez guantazos

En el momento en que el camarero nos trae los cafés comienza a sonar la cancioncita. Hace meses que la dictadura del  marketing me obliga a escucharla en todas partes. Hasta provocarme la nausea. Hasta hacer que me odie por sorprenderme un día tarareándola.

Se lo confieso. Para eso están los amigos. Y, entonces, comparte su teoría conmigo.

– En esta vida –me cuenta– deberíamos llevar de serie la posibilidad de dar diez guantazos bien dados, sin penalización legal ni kármica.– Y se recuesta en la silla de mimbre, plenamente satisfecho de sí mismo.

– Estoy de acuerdo –concedo tras reflexionar un sorbo de café.–  Uno de los míos se lo llevaba el que canta esto.

Me mira con gesto serio y puntualiza: Pues yo le regalaba al menos tres.

Lo cierto es que ha sido una semana más difícil que la media. Vale. Lo acepto. No me ha pasado nada realmente grave. Mi irritación subyacente sería ridículamente inapropiada frente a cualquiera de los dramas que nos rodea en cada instante en cada lugar. Pero permitidme ser un egoísta insensible durante unas pocas líneas.

Me he sentido como corriendo en el desierto, pendiente arriba y con una piedrecita puñetera en la zapatilla. He recurrido a todos mis mantras y sólo el último de ellos ha recuperado mi ánimo. Luego os digo cuál es, por si lo necesitáis alguna vez.

El caso es que en este ambiente de confesiones me decido a contarle uno de los momentos clave de mi vida. Algunos lo pueden considerar un sueño aunque yo sé que fue mucho más.

Sucedió hace años. Y Nunca recordé como empezaba. Pero lo cierto es que, vagando en sueños, acabé frente a una presencia. Un mago. Con su hábito y su báculo. Y por supuesto su sombrero y su barba de hipster.

– Ostras, ¡tú eres Gandalf el Gris!– (nota: Yo ya me había leído el libro, pero como la peli aún no había salido, mi Gandalf era diferente del que hoy imagino).

– ¿Quién?

– El mago, hombre– dije perdiendo entusiasmo.

– Vale chaval (ya he dicho que hacía muchos años), lo que tú quieras. Pero a lo que vamos. Ejemp, ejemp –se aclaró la voz– Soy la respuesta a tus deseos –me dijo con aire solemne.

Lo miré de arriba abajo y constaté que ni de lejos tenía la apariencia objeto de mis más escondidos deseos.

– Mejor te explicas, por favor– le dije empezando a perder la paciencia.

– Ufffff –dijo cogiendo aire y preparándose como si fuera la enésima vez que le tocaba repetir el sermón ante un vulgar humano– ¡Enhorabuena, has sido elegido!– dijo con tono histriónico y un rictus de entusiasmo muy poco creíble.

– ¿Para qué he sido elegido?– dije con la desconfianza de los que jamás nos presentamos voluntarios a nada, ni a lo bueno.

– ¡Para poder escoger tu vida!¿te parece poco?–hizo una estudiada caída de ojos de desprobación y siguió con su rollo de vendedor de biblias– La mayor parte de la gente no puede elegir la vida que quiere tener aunque crea que sí. Pero tú puedes saltarte tu destino. Eres un privilegiado.

– ¿Y por qué yo?

– La vida no es justa o injusta. Simplemente, es. Hoy te toca esto…la próxima ya veremos.

– Y qué opciones tengo para elegir – acepté pasando a modo pragmático.

– Bien, me quedan dos tipos de vida en stock. En la primera, serás una estrella del pop. Es decir, montañas de dinero fácil, éxito, montones de mujeres espectaculares, ser aclamado y deseado. Aunque claro, la contrapartida es que no serás un artista (ni te importará), serás más ignorante que la media y las mujeres que tendrás…en fin, serán adecuadas a tu nivel. Tampoco sabrás valorar lo que significa trabajar para vivir.

– ¿Y la otra opción?

–La otra es una vida en la que tendrás que currártelo todo. Cantando mal y como máximo en el coche. Nunca serás rico. Tendrás pocos amigos, unos muy buenos y alguno que te fallará. Tú también fallarás a algunas personas. Y de cultura, pues lo justo, aunque claro que más que de la otra forma…

–Lo de la cultura no me preocupa mucho en este momento. Chicas. Háblame del tema chicas.

–Pues esta opción incluye pocas mujeres aunque especiales.

Me quedé pensativo. –¿Admites regateo?– probé.

–Ni de broma. Y si te pones exquisito me largo.– respondió frunciendo el ceño.

–¿La gente qué suele elegir?– (Yo todavía era joven e inmaduro y me influía lo que pensaban y hacían los otros. Ahora sólo soy inmaduro).

– Si pueden, escogen la primera. Esta misma mañana la ha elegido Enrique, el hijo de Julio Iglesias.

Y me decidí.

¿Mi mantra infalible? Ver este clásico.

https://youtu.be/exRyDWMuuqY

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La triste sombra del baobab

 

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Desazón.

Una tenaza oprime mi pecho y me asfixia el ánimo conforme el vehículo avanza por la maltrecha carretera de baches, polvo y pobreza. La brisa hostil agita olas de tierra blanca contra los cristales, contra árboles y matorrales camuflados de polvo gris, contra las personas, que, cargadas como animales, caminan infinitas distancias de resignación bajo un sol inclemente, buceando en el polvo y respirando miseria. Esperaba encontrarme con las añoradas playas verde esmeralda del Índico. Quería pasear entre baobabs, la aristocracia africana de los árboles. Y, sin embargo, tengo la sensación de andar descalzo y perdido por la antesala del infierno.

Es el final de un viaje plagado de luces. Que contaré. En su momento. Pero hoy sigo impactado por las sombras. No quiero olvidarme de miradas inocentes de alegría amable, de curiosidad no disimulada. Pero no puedo apartar de mi recuerdo las miradas ancianas en ojos de niños. El peso de la vida. La inminencia de la muerte. Lo que en esencia es la otra África.

Desazón.

Tal vez, probablemente, soy yo. Creo que nunca he logrado tomarle el pulso a este continente. Y Madagascar no es una excepción. Porque esta tierra es África sin edulcorantes.

Los malgaches tienen arraigada la muerte en su cultura. Ellos no conciben la vida sin ella. Puede que acierten entremezclando las dos caras de la moneda. Tal vez por eso, y por la elevada mortandad infantil, no ponen nombre a los niños hasta los tres años. Y, quizá, por ello, celebran la muerte con una explosión de vida. A la que invitan a los vivos. Y al muerto. Literalmente.

Una de las cosas que me gustaría aprender de ellos es la capacidad para festejar. Porque si no has estado en un funeral malgache, no has estado en una fiesta.

Es arriesgado aventurarse a hacer una lectura de una tierra desconocida basándose en la visión superficial de unos pocos viajes. Pero lo que intuyo en este momento es bastante desesperanzador. África es un continente lleno de potencial. Pero ni les dejaremos tener una oportunidad, ni, en caso de tenerla, la aprovecharán.

Desazón.

 

Baobab 01

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Balear

Sa figuera

Para mí Baleares significa Mediterráneo, porque el de mi barrio no es el mismo mar, aunque se llame igual.

“Rebañismo” no tiene nada que ver con volver a bañarse, sino con un grupo de jubilados corriendo a lo Usain Bolt a las siete de la mañana para conquistar un trozo de arena en Benidorm. Se refiere al grupo de domingueros importados que siempre te rebozan en arena, porque ni saben ni les importa lo que es el respeto a los demás. Este pack choni playero es lo que intento evitar cuando me escapo a las Baleares.

Para mí Mediterráneo significa dejarme llevar, flotando, sobre aguas cristalinas turquesas, haciéndome el muerto para volver a la vida. Significa labios de sal, piel erizada por la brisa, caricias cálidas de sol, pies sumergidos en besos fríos de espuma blanca, huellas de arena húmeda dibujando la orilla, acantilados con lametones de azul profundo, sombras verdes en la umbría del monte, el rojo arcilloso de las playas selenitas del norte, la sinfonía rítmica de las olas tranquilas,  el aroma fresco de pino en las noches pintadas de luna, las carreteras que serpentean entre guardianes verdes, entre muros ingleses, entre campos ocres decorados con rulos de paja, salpicados de piedras ancestrales, de caballos retozando libres a su través. Mediterráneo es respirar y llenarte por completo de aire, de vida. Y por encima de todo es el olor a pino tostado por el sol inclemente del mediodía. Porque ese aroma son mis recuerdos. Porque ese aroma es parte de mí.

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